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Aplauso, censura y espera

Resultaba insultante que, por ejemplo, hubiera medios que no dejan de pontificar sobre la violencia machista, sobre la dignidad de la mujer y, al mismo tiempo, tienen ingresos a base de una publicidad tras la cual a nadie se le escapa qué grado de cosificación encierra sobre la mujer

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31 de julio de 2017. 22:58h

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El Parlamento acaba de aprobar las medidas contra la «violencia machista». Cuando digo el Parlamento es porque han sido ambas Cámaras. La semana pasada fue la Comisión de Igualdad del Congreso quien las aprobó tras seis meses de trabajo, en total 212 medidas, y, por su parte, el Senado hizo otro tanto; un informe en el que propone 262 medidas, en buena parte coincidentes con las del Congreso. La noticia estrictamente política fue que Podemos se abstuvo en el Congreso, rompiendo la unanimidad lograda en la subcomisión que las había elaborado. Dejo a un lado lo que haya de tactismo y destaco el pretexto fundamental: entiende todas esas medidas carecen de una visión feminista del problema, justo lo que lo contamina: para esa formación lo importante no es buscar soluciones, sino hacer ideología, aunque eso suponga empeorar las cosas, echar más leña al fuego de un problema no complejo, complejísimo.

Es imposible en estas pocas líneas valorar el trabajo de seis meses y hacer un análisis somero de los trabajos de ambas Cámaras: sería frívolo e injusto despachar así la bondad de todas y cada una de esas medidas, qué suponen respecto de experiencia acumulada al menos desde 2004, es decir, desde la promulgación de la Ley de Violencia contra la Mujer. En especial exige un análisis detallado juzgar si tales medidas van a hacer más eficaz la lucha contra esa violencia o si, como tantas veces se ha dicho en estos años, lejos de atajar el problema acaban produciendo el efecto contrario, precisamente por la carga ideológica que impone el feminismo radical a lo que se unen las posibilidades de abuso que podrían brindar. Pese a tal prevención sí me fijo en tres aspectos, uno para aplaudirlo, otro para censurarlo y un tercero más para echar en falta lo que quizás afecte al meollo del problema.

Aplaudo, por ejemplo, que por fin se haya acordado la prohibición de anuncios de prostitución en los medios de comunicación. Este periódico hace ya años que los suprimió, otros no, a lo que se añaden los anuncios que aparecen no sólo en la prensa escrita tradicional. Resultaba insultante que, por ejemplo, hubiera medios que no dejan de pontificar sobre la violencia machista, sobre la dignidad de la mujer y, al mismo tiempo, tienen ingresos –poco o mucho, es lo de menos– a base de una publicidad tras la cual a nadie se le escapa qué grado de cosificación encierra sobre la mujer, y eso cuando no es una manifestación de fenómeno claramente mafioso. Cabe esperar que el siguiente paso sea la pornografía o al sexismo publicitario.

Censura sin más merece la iniciativa aprobada a instancias del PSOE, y apoyada por Podemos, para que las menores de 18 años víctimas de ese tipo de violencia aborten sin consentimiento paterno. A un mal –la violencia– ven como una de las soluciones añadir otro mal: acabar con la vida de hijo que se engendra, es decir, más violencia. Me gustaría saber qué soluciona matar a ese ser humano, cuándo matar soluciona algo, salvo que se trate de aprovechar la ocasión para emprenderla con una saña ya diabólica contra el no nacido, y eso sin olvidar los intereses de las clínicas abortistas.

Y lo que echo en falta.La hasta hace poco defensora del Pueblo manifestaba: «No sé cómo podemos atajar la violencia de género». Esta es la cuestión: se actúa sobre el problema ya producido, se ingenian medidas de protección o de prevención tuitiva, se añaden más y más beneficios jurídicos y sociales de diferente tipo a las víctimas –con el riesgo de que eso cause un efecto reclamo fraudulento–, pero se advierte que falta una reflexión profunda, sincera y valiente sobre las causas de esa violencia. Y aquí no me valen los tópicos ideologizados que apuestan por cambiar la mentalidad machista o caminar hacia a un mayor igualitarismo. Antes abundaría esa mentalidad pero ahora, cuando se supone que va cambiando, es cuando los asesinatos lejos de disminuir aumentan y sus autores no muestran mucho arrepentimiento: se suicidan o se entregan. Esto exigiría una reflexión inédita sobre temas incómodos: qué ideas imperan sobre familia, matrimonio o pareja, sexualidad o respeto a la vida, etc.

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