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«No nos queda nada, esto es peor que un atentado»

La casa de Loli, en la que han vivido varias generaciones, ha quedado reducida a cenizas. «Cuando lo he visto no he podido contener las lágrimas, ahora sólo nos queda que declaren la zona catastrófica».

  • Loli, ayer, desolada, tras comprobar en Pazos el estado en el que había quedado su casa, en la que han vivido varias generaciones
    Loli, ayer, desolada, tras comprobar en Pazos el estado en el que había quedado su casa, en la que han vivido varias generaciones / Cipriano Pastrano
Pazos (Pontevedra).

Tiempo de lectura 4 min.

17 de octubre de 2017. 01:17h

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Pazos (Pontevedra). 17/10/2017

Loli no habla. No pronuncia palabra. Hay que arrancárselas. Aún no sale de su asombro, no se cree lo que ve. La casa de sus tatarabuelos, de sus bisabuelos, de varias generaciones de su familia se ha reducido a cenizas. Sólo la piedra ha sido capaz de mantenerse en pie. El hórreo por donde ella correteaba cuando era pequeña es lo único que ha sobrevivido intacto a las llamas. «He venido esta mañana y no he podido contener las lágrimas. El fuego se lo ha llevado todo, incluso los recuerdos», cuenta a LA RAZÓN con la mirada triste mientras un grupo de vecinos de Pazos, en Pontevedra, cogen la única manguera disponible e intentar que los pequeños focos de llamas desaparezcan. La parte baja de muchas de sus estructuras son de madera y se han deshecho.

Loli recorre la finca con su hijo. «Hoy no ha habido cole», explica el niño. Se sitúa en la parte baja de Pazos donde las llamas no han tenido compasión. «En segundos las tenías delante de tí», cuenta uno de los vecinos que ayuda a esta familia. «Esto era el establo... allí vivían mis abuelos... y la casa pegada a la carretera era la tienda a donde venían los vecinos de toda la zona a por leche». Dice señalando cada zona. Pero hace tiempo que Loli y su familia se mudaron a un piso en el centro de la ciudad, «justo en frente del Concello. Ellos fueron los primeros en desalojar y nosotros fuimos detrás. Detrás de nuestro edificio está el campo, así que si llegaba al pueblo, nuestra casa era la primera que tocarían las llamas. No dudamos y nos fuimos», recuerda. «Ahora sólo nos queda que declaren la zona catastrófica, para intentar recuperar todo lo perdido. Y ni eso...». «Mira –dice señalando un área de cenizas–, ni ella ha logrado escapar». Una pequeña serpiente se dibuja entre las ramas calcinadas.

A unos kilómetros de la casa de Loli, Juan no quiere entrar en casa. «El humo no termina de irse y nos pican mucho los ojos», explica. Y relata cómo ha sido una de las peores noches de su vida. «No eran sólo las llamas, todos los vecinos cogimos mangueras y cubos para evitar que llegaran a nuestra casa, pero no podíamos respirar y nos tuvimos que tirar al suelo, desde ahí lanzábamos el agua. Fue un acojone. Nuestro paisaje verde, ahora es todo negro».

Los propios vecinos han tenido que poner a salvo sus casas, protegerlas. El número tan elevado de focos ha desbordado a bomberos, brigadistas e, incluso, a la Unidad Militar de Emergencia (UME) que ha desplazado a algo más de 600 efectivos. Sara, de la asociación cultural de Pazos, no se quita la mascarilla. La nube de humo y la reactivación de los focos que ya parecían apagados desconciertan a vecinos y militares. «Es como si vinieran detrás de nosotros con un mechero», cuenta uno de los militares que han movilizado de León y que lleva una semana en diferentes puntos de Galicia. «Los verdaderos héroes son ellos y los chicos del pueblo que ayer por la noche se echaron al monte para ayudarles», cuenta Sara. Ellos están agotados. Llevan más de 24 horas sin dormir. «¿Y qué otra opción teníamos?», pregunta uno de ellos. Lidia, otra conciudadana, mira con respeto como las llamas se acercan a la carretera. «Lo siguiente es mi casa», dice con preocupación. «Ya no queda agua en mis pozos, el río no lleva agua y el embalse está vacío. ¿Cómo puedo proteger a mis ovejas y a mis animales? Llevo dos días sin dormir». No hay respuesta, solo la de otra vecina que se ha convertido en su apoyo durante estas horas críticas. «En Galicia no queda nada», afirma con pesar.

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