
Espacio Misterio
Los científicos siguen sin poder descifrar la misteriosa tablilla del lago Bashplemi
Esta tablilla ha encendido una mecha que une la fascinación y el desconcierto de especialistas de diferentes disciplinas

Casi cinco años después de su hallazgo, persiste el enigma de una pieza arqueológica que apenas supera los 24 por 20 centímetros. Una tablilla de basalto cuya superficie alberga una red de signos minuciosamente grabados hacia el final de la Edad del Bronce o los albores de la Edad del Hierro. La precisión del trazo sugiere destrezas técnicas propias del primer milenio antes de Cristo, difíciles de conciliar con la imagen de una comunidad periférica en las inmediaciones del lago Bashplemi, en la región georgiana de Dmanisi. Y, sin embargo, nadie ha logrado descifrar lo que allí quedó inscrito.
La pieza salió a la luz en 2021, cerca del lago, un enclave ya conocido por su relevancia paleoantropológica. Fueron habitantes de la zona quienes la encontraron antes de que los arqueólogos la examinaran. No era un fragmento cualquiera: se trataba de una losa cuidadosamente trabajada, con siete líneas horizontales que reúnen sesenta signos. Treinta y nueve de ellos no coinciden con ningún sistema de escritura identificado hasta ahora. No hay en esos trazos improvisación ni mero ornamento. Hay regularidad, repetición estructurada y, sobre todo, una evidente voluntad de comunicar.
Los especialistas han cotejado los símbolos con más de una veintena de lenguas y sistemas antiguos del Viejo Mundo —desde el Oriente Próximo hasta el Mediterráneo, de la India a Egipto o la península Ibérica—. Algunas formas evocan rasgos proto-kartvelianos, recuerdan alfabetos caucásicos arcaicos o incluso sistemas semíticos. Pero ninguna comparación ha sido concluyente. No existe un paralelismo que permita traducir el conjunto con seguridad. Los resultados del estudio fueron publicados en la revista Journal of Ancient History and Archaeology, aunque el artículo no resolvió el enigma: lo acentuó.

Hoy la tablilla se conserva en el Museo de Historia de la Medicina Georgiana, en Tiflis. Allí descansa un objeto que contiene 39 caracteres ajenos a cualquier repertorio conocido. No encajan en alfabetos caucásicos antiguos, ni en sistemas anatolios, ni en escrituras semíticas. Tampoco se corresponden con el griego arcaico o las primeras variantes del arameo. Y, sin embargo, cuando los epigrafistas los observan, detectan ecos formales que remiten a distintas tradiciones del Oriente Medio y, de manera sorprendente, a grafías documentadas en regiones tan distantes como la India, Egipto o incluso la Iberia occidental.
¿Es mera convergencia gráfica? ¿O una huella de contactos culturales más amplios de lo que la narrativa histórica suele admitir?
El contexto arqueológico apunta al primer milenio antes de Cristo, basándose en los materiales asociados hallados en el entorno. Pero la piedra en sí no puede fecharse directamente mediante técnicas radiométricas convencionales. Su cronología depende del estrato donde apareció, no de un análisis intrínseco del basalto. Y ahí surge la primera fisura interpretativa: ¿cuán sólida es esa datación? ¿Podría la pieza ser más antigua? ¿O, por el contrario, posterior?

Lo cierto es que la llamada inscripción de Bashplemi no replica ningún sistema identificado. No hay textos paralelos que permitan establecer equivalencias. No existe una “piedra de Rosetta” que funcione como puente lingüístico. Cualquier hipótesis se mueve en terreno incierto. Y aun así, la investigación no puede renunciar a formularlas.
Algunos proponen que podría tratarse de un registro vinculado a un botín militar, práctica documentada en diversas culturas antiguas. Otros sugieren que el texto conmemoraría una obra constructiva relevante: una fortificación, un proyecto colectivo, un gesto político inscrito en piedra. También se ha planteado la posibilidad de una ofrenda ritual, siguiendo la tradición de depositar inscripciones votivas en contextos religiosos.
Todas estas interpretaciones comparten una debilidad evidente: se apoyan en analogías históricas, no en la lectura efectiva del mensaje. Porque el texto, en esencia, permanece en silencio.
Y ese silencio resulta incómodo. La historiografía tradicional sitúa el nacimiento de la escritura en focos bien definidos: Mesopotamia, Egipto, el valle del Indo, China. El Cáucaso rara vez figura en esa cartografía de orígenes. Sin embargo, esta tablilla introduce una duda perturbadora: ¿y si existieron sistemas locales, autónomos, que no prosperaron o cuyos soportes perecederos desaparecieron? ¿Y si nuestro relato sobre el surgimiento de la palabra escrita está incompleto?

La sofisticación técnica del grabado refuerza esa inquietud. Tallar basalto no es un gesto trivial. Exige herramientas adecuadas, planificación y una voluntad clara de permanencia. No parece el capricho de un artesano improvisando símbolos, sino el trabajo consciente de alguien que pretendía que esos signos perduraran. ¿Con qué propósito? ¿Para sus contemporáneos o para quienes vendrían después?
Mientras nuevas técnicas de análisis —desde la microtomografía hasta la inteligencia artificial aplicada al estudio epigráfico— prometen aportar claridad, el enigma sigue intacto. El lago Bashplemi no solo ha preservado un objeto singular: nos obliga a reconsiderar cómo, cuándo y dónde comenzó realmente la historia escrita.
¿Estamos ante una escritura perdida, anterior a los alfabetos clásicos? ¿O ante un sistema simbólico que imita la escritura sin llegar a serlo? ¿Qué relato quiso fijarse en el duro basalto georgiano? ¿Es el vestigio de una cultura olvidada o una pieza destinada a reconfigurar lo que creemos saber sobre los orígenes de la palabra escrita?
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