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"El honor de vivir"

Isleños

«La humanidad adopta demasiadas veces la forma de un vasto archipiélago»

Un anciano sentado frente al mar La RazónLa Razón

Escribía el poeta isabelino John Donne al comienzo de la decimoséptima de sus meditaciones, la más famosa de todas, que ningún hombre es una isla, porque todos estamos unidos, de un modo u otro, a ese continente que es la humanidad. La composición de Donne es, en lo fundamental, un «memento mori», un recordatorio de la fragilidad de nuestra existencia, siempre amenazada por la imprevisible llegada de la muerte, de ahí que el poema concluya con dos versos no menos memorables: «no preguntes por quién/doblan las campanas: lo hacen por ti», los cuales servirían, siglos después, a Ernest Hemingway como título de su conocida novela sobre la Guerra Civil española. Pues bien, desde una perspectiva aparentemente muy diferente, la de las ciencias cognitivas, un reciente artículo publicado en la prestigiosa revista norteamericana «PNAS» reexamina esta propuesta de geografía humana, para concluir que, en contra de lo que sugiere Donne, la humanidad adopta demasiadas veces la forma de un vasto archipiélago, por estar las personas irremisiblemente confinadas dentro de los límites de su propio yo, sustancialmente desconectadas de cuanto sienten, creen y piensan sus semejantes; y que esta insularidad vuelve más difícil la resolución de los problemas que nos aquejan, en tanto que individuos y como sociedad.

El artículo se ocupa de lo que en psicología se conoce como ignorancia de la pluralidad, que no es más que el juicio erróneo que solemos tener de las convicciones o los sentimientos de los demás. Así, por ejemplo, los activistas de cualquier causa tienden a creer que el resto de sus conciudadanos infravalora el asunto que a ellos les quita el sueño o que son reacios a adoptar las medidas que, a su modo de ver, podrían encauzar en la dirección adecuada el problema a cuya resolución dedican su tiempo y su esfuerzo. Supongamos que, imbuidos de ese pensamiento mágico según el cual modificando una lengua se puede cambiar la sociedad que la usa, se hayan embarcado en una cruzada por conseguir que la gente desdoble el género gramatical al hablar, de modo que digan sistemáticamente «ellos y ellas» o «niños y niñas» siempre que haya personas de ambos sexos. Pues bien, debido a esta ignorancia de la pluralidad, tales cruzados pensarán, en general, que la mayoría de quienes los rodean (y especialmente, de quienes siguen diciendo solo «ellos» o «niños») está poco preocupada por problemas como la discriminación laboral que aún sufren algunas mujeres. De igual manera, se sorprenderán cuando las encuestas de opinión les revelen que no es así o cuando adviertan que todos los partidos políticos, sea cual sea su signo, apoyan que se cobre lo mismo por desempeñar un determinado puesto de trabajo con independencia de si uno es hombre o mujer. Sin duda, inferir lo que otro piensa o siente es complicado. En general, porque ese otro puede mentir, disimular o tratar de distraer nuestra atención con objeto de evitar, precisamente, que logremos averiguarlo, lo cual puede deberse, a su vez, a múltiples factores, desde el miedo al mero interés. Así pues, vivir en sociedad entraña siempre un cálculo constante de costes y beneficios: qué daño me puede suponer mostrar (u ocultar) en público lo que siento o pienso y qué puedo conseguir si lo hago (o no lo hago). A nivel social, la ignorancia (o un cálculo errado) de la opinión, los deseos o los sentimientos de los demás suele tener repercusiones negativas. En particular, puede traducirse en que se sigan manteniendo políticas indeseables, si nadie se atreve a levantar la voz contra ellas o por creer erróneamente quienes las promueven que son las deseadas por una mayoría de los ciudadanos. Con el tiempo, tal discordancia puede desembocar en una reacción violenta, como pasa, sin ir más lejos, con las revoluciones. Y a nivel personal, tener una idea equivocada de lo que piensa o quiere el otro no es bueno tampoco, porque puede acabar nutriendo un sentimiento de alienación, por sentirnos ajenos a la sociedad de la que formamos parte. Los autores del artículo desarrollan un modelo matemático que permite testar el efecto que tienen los diversos factores que contribuyen a esta ignorancia de la pluralidad, los cuales difieren de una sociedad a otra. Pero el modelo permite algo con una mayor utilidad potencial, a saber, conocer qué medidas pueden ayudar a reducir dicha ignorancia. Así, los investigadores concluyen que en culturas como las europeas, en las que las personas se adhieren de una manera bastante laxa las convenciones sociales y siguen preferentemente normas propias a la hora de comportarse, el mejor modo de resintonizar nuestras percepciones e ideas sobre los demás con lo que siente y piensa verdaderamente el resto de las personas consiste en facilitar un flujo de información veraz, en particular, sobre los beneficios reales de las diferentes propuestas acerca de cómo mejorar la sociedad. En cambio, en las culturas donde el respeto a las costumbres tradicionales es todavía importante y las personas regulan su comportamiento según normas colectivas, la mejor política en este sentido pasa por dejar de penalizar la libertad de expresión, de manera que la gente pueda compartir con otros sus pensamientos sin miedo a ser castigada.

Dada nuestra ignorancia (o al menos, la visión tan sesgada que tenemos) de lo que son los demás, quizás seamos islas después de todo, fatalmente separados de cuanto nos rodea por nuestros sesgos cognitivos, las ideas heredadas y las normas (auto)impuestas. En realidad, no es por completo así. Necesitamos a los demás para muchas cosas y en nuestras actuales sociedades, para casi todo. El conocimiento, en concreto, se ha vuelto colectivo, de modo que cada uno de nosotros sabe muy poco acerca del entorno en el que transcurre su vida. Creemos que ese carrusel de datos inconexos y anécdotas triviales que gira a toda velocidad en nuestra mente, tanto más rápidamente cuanto más expuestos estamos a algoritmos y redes sociales, equivale a entender cómo es realmente el mundo. Pero nada más lejos de ello. Calentamos la leche del desayuno en microondas cuyos principios físicos desconocemos y que seríamos incapaces de reparar si se estropeasen. Vamos a trabajar o de vacaciones a bordo de trenes o aviones que no lograríamos conducir en caso de necesidad. Enfermamos sin saber qué ocurre exactamente en el interior de nuestro organismo y sanamos ignorándolo todo sobre el principio activo del fármaco que nos ha devuelto la salud.

Hoy en día, la inteligencia artificial puede responder a cualquiera de las cuestiones que nos intriguen, escribir para nosotros el libro que soñemos leer, montar la película perfecta para ocupar la tarde del domingo y hasta redactarnos la carta de amor que conseguirá abrirnos el corazón de la persona que nos atrae. Pero si se interrumpe por un instante nuestra conexión con el resto de la sociedad (y basta para ello con que internet se corte o quedemos aislados en algún lugar), nos transformamos de inmediato en desvalidas criaturas incapaces de sobrevivir. Definitivamente, la humanidad no es un archipiélago. Ahora bien, este fenómeno de la ignorancia de la pluralidad ilustra algo más: que vivimos prestando una constante atención a nuestros semejantes, adecuando nuestro comportamiento no solo al de la mayoría, sino a lo que creemos que el resto del grupo considera la mejor manera de conducirse. Seguir siendo uno mismo en medio de los demás. ¿Cómo lograrlo? Por extraer una última gota de esta metáfora de la insularidad humana, quizás baste con aceptar que la pleamar de la soledad nos separe de vez en cuando del continente y nos conceda, así, el tiempo necesario para recorrer los modestos dominios de nuestro yo y reconciliarnos con lo que somos, antes de que la bajamar de nuestro gregarismo innato vuelva a conectarnos a los demás. Porque como dijo otro gran poeta inglés, John Milton, un siglo después de Donne, un breve retiro siempre procura un dulce retorno.