Naturaleza
Existe un volcán en España donde puedes entrar al cráter: no es el Teide, pero pocos saben que existe
Nació de las erupciones más devastadoras de la historia europea y hoy puede visitarse libremente
Negra, áspera por momentos y casi lunar en algunos tramos. Sin embargo, siempre acogedora. Así es Lanzarote, una isla extraña que esconde uno de los paisajes más recónditos y singulares del planeta. Es en esa mezcla de parajes donde se esconde uno de los lugares más sorprendentes y que incluso asombra a quienes creían haber visto todo en el Archipiélago: caminar dentro de un volcán.
Un cráter abierto
El protagonista es el Volcán del Cuervo. No es el más alto ni el más fotografiado de la Isla, pero tiene sí tiene algo que lo distingue del resto, y es que permite adentrarse en su propio cráter.
Su origen se remonta a las erupciones que sacudieron la Isla en el siglo XVIII, las mismas que dieron forma al cercano Timanfaya. Aquel episodio, iniciado en 1730 y prolongado durante seis años, transformó por completo el paisaje lanzaroteño. El Volcán del Cuervo quedó como una de sus huellas más accesibles.
Con casi 400 metros de altura, se integra en el entorno protegido de La Geria, una zona conocida también por sus viñedos, cultivados sobre ceniza volcánica. Ese contraste -negro sobre verde, o viceversa- acompaña durante todo momento.
El recorrido
Para llegar basta con tomar la carretera que atraviesa La Geria y detenerse en un pequeño aparcamiento. Desde ahí arranca la ruta que dura alrededor de 45 minutos. No hay pérdida. El sendero está bien señalizado y marcado por piedra volcánica, dibujando un círculo en torno al cono. Es un paseo asequible, aunque conviene no confiarse porque el terreno es irregular y el sol, si aprieta, no dará un respito.
La entrada no está en el centro, como cabría esperar, sino en uno de los laterales. Por ahí se cuela el camino hacia el interior. Dentro, no hay ruido, solo silencio y paredes que lo envuelven todo.
Visitar Timanfaya
Mirar algunas fotos de Timanfaya es casi contemplar Marte, y solo el intenso azul del cielo recuerda que es Lanzarote. Los conos de los volcanes y los campos de lava intactos que se extienden por este parque de unas 5.000 hectáreas, justo al borde del litoral occidental, ofrecen un paisaje casi hipnótico, a la vez que inhóspito. La mano del hombre no ha dejado huella. Tampoco la vegetación ni el viento han logrado suavizar la fuerza cruda de esta tierra rojiza y negra, reconocida por la Unesco como Reserva de la Biosfera.
El parque mantiene un equilibrio delicado, existiendo algunas zonas que solo se visitan con entrada, para proteger el terreno. Pero eso no resta magia a lo que se puede hacer. Los niños sienten el calor que todavía emana de la roca volcánica, mientras los más aventureros se suben a un dromedario para recorrer paisajes pintados con un pincel de infinidad de colores. Y para los curiosos, el centro de interpretación de Mancha Blanca es un lugar que despierta la mente, con explicaciones y experimentos que conectan ciencia y volcán.