Viajar Naturaleza
La isla española sin una sola carretera: en primavera es el destino más bonito del país
Ocho kilómetros cuadrados sin asfalto, 700 habitantes y playas que figuran entre las más vírgenes de España
La Graciosa tiene 700 habitantes, ninguna carretera asfaltada y una sola forma de llegar: en ferry desde Orzola, en el norte de Lanzarote. Veinticinco minutos de travesía y el mundo cambia por completo. Lo que aparece al otro lado es una isla de poco más de ocho kilómetros cuadrados dentro del Parque Natural del Archipiélago Chinijo que la mayoría de la gente, incluso la que lleva años visitando Canarias, no ha pisado nunca.
Es precisamente ahora, entre marzo y mayo, cuando esta isla árida y volcánica atraviesa una de sus transformaciones más llamativas. Las lluvias del invierno dejan paso a pequeñas floraciones que salpican los arenales: uvillas de mar, siemprevivas, aulagas, tabaibas y manchas de flores silvestres en amarillo y violeta que brotan entre la tierra negra y la arena dorada. El contraste entre el negro volcánico, el oro de las playas y esos destellos florales tiene una belleza que cuesta describir y que, en cambio, resulta sorprendente cuando se observa por primera vez.
Una isla sin asfalto
La Graciosa es, desde 2018, la única isla habitada de España sin carreteras asfaltadas. Sus pistas de arena conectan el pueblo principal, Caleta de Sebo, con el resto del territorio, y eso lo cambia todo: el ritmo, el sonido, la forma de moverse. Aquí se circula en bicicleta, a pie o en todoterreno, y esa limitación es, en realidad, parte esencial de su carácter.
Caleta de Sebo concentra la casi totalidad de sus algo más de 700 habitantes censados y en primavera ofrece una tranquilidad que en verano resulta más difícil de encontrar.
Las playas, el agua y los atardeceres
Las playas de La Graciosa figuran entre las más preservadas del Archipiélago. La playa de Las Conchas es probablemente la más halagos y fotos se lleve. Una franja de arena clara batida por un oleaje que en ocasiones imposibilita el baño pero que ofrece una estampa difícil de olvidar. La Francesa y la playa de la Cocina son más accesibles y en primavera, con el agua rondando los 20 grados y una afluencia todavía escasa, ofrecen condiciones de baño razonables sin la saturación del verano.
Los atardeceres de la costa oeste y el entorno del volcán Montaña Bermeja concentran algunas de las mejores vistas al ocaso de todo el Archipiélago, con el sol hundiéndose sobre el océano y una luz que en esta época del año tiene una calidad particular, siendo más cálida y menos vertical que en los meses de verano.
Fauna y silencio
La primavera también es buen momento para quienes disfrutan de la observación de aves. El Archipiélago Chinijo alberga colonias reproductoras de charranes y es uno de los enclaves canarios donde el halcón de Eleonora, especie catalogada como vulnerable en algunas poblaciones, puede avistarse con relativa facilidad durante su época de cría. Un aliciente más para un destino que, con temperaturas entre los 20 y los 25 grados y una luz que pocas islas del Atlántico pueden igualar, pide a gritos más reconocimiento del que recibe.