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Solo entra quien sabe el secreto: el bar que no encontrarás en ningún sitio y del que todo el mundo quiere la contraseña

La dirección no está en Google Maps, el nombre no aparece en ninguna red social y la única forma de entrar es que alguien te dé la clave

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Mizu Club lleva meses siendo el secreto mejor guardado de la noche en Las Palmas de Gran Canaria. Un espacio al que solo se accede con contraseña, donde un interfono y una cámara son la única señal exterior de que algo ocurre dentro. Sin la clave, no hay manera de entrar.

En otras ciudades del mundo, la fórmula del club clandestino lleva décadas funcionando. En Canarias, sin embargo, sigue siendo territorio inexplorado. Los que han entrado describen una secuencia casi cinematográfica. El nombre del local aparece iluminado en el suelo del recibidor, un pasillo estrecho estira la anticipación y, al fondo, una sala con barras, mesas y una de las colecciones de destilados más generosas del Archipiélago termina de dar sentido al secretismo de la entrada.

El origen

Detrás de Mizu Club hay una trayectoria vital tan singular como el propio proyecto. Teresa Moon, su impulsora, recorrió medio mundo antes de echar el ancla en Las Palmas de Gran Canaria, donde junto a su pareja abrió El Bento Japonés, un restaurante japonés de apenas cuatro mesas que se ha ganado un hueco en la cocina de excelencia en la Isla. Ese pequeño local fue, sin saberlo, el ensayo general de algo más grande. La idea de los propietarios es construir comunidad desde dentro: los primeros en recibir la clave fueron los clientes habituales de El Bento, con libertad para compartirla con sus allegados, según asegura para Canarias7.

El concepto que hay detrás de Mizu va más allá de la coctelería o la gastronomía. La intención de sus propietarios era crear un espacio donde todo, desde la ambientación hasta la carta, formara parte de una experiencia cohesionada. Para levantar esa comunidad desde los cimientos, decidieron que los primeros depositarios de la clave fueran los comensales de El Bento, quienes podían trasladarla a sus allegados a su criterio.

Un speakeasy

Mizu se inspira directamente en los speakeasies clandetinos de la época de la Ley Seca en Nueva York. No hay señalización, ni perfiles en redes sociales. Solo exclusividad y atmósfera.

El fenómeno de los bares con acceso restringido lleva años consolidándose en ciudades como Londres, Tokio o Nueva York como una reacción a la saturación del ocio convencional. En Las Palmas de Gran Canaria, donde la oferta nocturna es amplia pero bastante homogénea, Mizu ocupa un territorio casi vacío.

Para quienes saben que existe

Lo más curioso de este tipo de locales es su modelo de difusión. Sin publicidad, sin presencia digital ostensible, la reputación circula exclusivamente por recomendaciones. Quienes han estado lo describen como un secreto valioso que no se comparte a la ligera. Y quienes no han llegado hasta el, simplemente ignoran que existe. Esa asimetría es, precisamente, su mayor activo.

La propuesta también interpela a un turismo que llega a las islas buscando algo más allá del sol y las playas. Canarias ha diversificado con fuerza su oferta cultural y gastronómica en los últimos años, y espacios como Mizu encajan en esa tendencia de viajeros que priorizan lo singular frente a lo masivo. Una contraseña, en este caso, no abre solo una puerta física, sino el acceso a una versión de la ciudad que la mayoría no logra llevar a ver.