
Sociedad
El ama de casa que incomoda al progresismo
"La mujer que dirige una empresa, es celebrada con entusiasmo... Pero la mujer que decide quedarse en casa, cuidar de sus hijos, empieza a despertar una mezcla de desconcierto, condescendencia o análisis sociológico"

Pienso que hay figuras sociales que han pasado por una metamorfosis histórica. Sí, pasaron de ser obligatorias a convertirse, de pronto, en sospechosas... Durante siglos el ama de casa fue casi un destino automático; nadie preguntaba si aquello era una elección o una imposición. Simplemente se daba por hecho. Hoy, en cambio, la escena ha girado con tal brusquedad que la mujer que decide dedicar su tiempo al hogar parece necesitar una explicación pública, como si hubiese tomado una decisión escandalosa. ¡Madre mía! ¡Cómo está el patio!
Es una de esas ironías que tanto gustan a la historia: lo que antes era obligación ahora corre el riesgo de convertirse en motivo de reproche. El discurso dominante de nuestra época proclama (y con razón) la libertad de las mujeres para construir su vida sin moldes impuestos. Pero fíjense (sonrío) esa proclamación empieza a mostrar una curiosa grieta cuando esa libertad conduce, por decisión propia, hacia una vida doméstica. La mujer que dirige una empresa, encabeza un proyecto tecnológico o escala posiciones en una jerarquía profesional es celebrada con entusiasmo. ¡Mujeres empoderadas! Está muy de moda decirlo... Pero la mujer que decide quedarse en casa, cuidar de sus hijos o dedicar su tiempo a organizar la vida cotidiana de su familia empieza a despertar una mezcla de desconcierto, condescendencia o análisis sociológico.
—¿Pero tú no trabajas?
La pregunta, formulada con aparente inocencia, encierra una pequeña trampa conceptual: supone que cuidar, organizar, sostener y mantener el funcionamiento de un hogar no es exactamente trabajar, sino algo más cercano a una costumbre doméstica o a un hábito sin importancia económica ni social. Sin embargo, cualquiera que haya convivido con una casa, una familia o incluso con su propio desorden sabe que mantener la vida cotidiana funcionando exige una cantidad notable de tiempo, energía y atención. El hogar no se gobierna solo. La ropa no se dobla por generación espontánea, las comidas no aparecen en la mesa por inspiración divina y los niños (cuando los hay) no crecen mediante un sistema automático de mantenimiento. Hay una economía invisible sosteniendo la vida diaria. ¡Un gran esfuerzo!
Y así aparece una nueva forma de desprecio elegante. Sí, el desprecio progresista. No se condena explícitamente a el ama de casa (sería demasiado grosero) pero se le mira con una mezcla de lástima y sospecha. Algo así como si hubiera renunciado voluntariamente a la verdadera vida... Pero la pregunta incómoda sigue ahí: si la libertad significa algo, debería significar precisamente esto. Que una mujer pueda elegir su vida sin que cada decisión sea sometida al examen ideológico de la época.
Algunas querrán dirigir empresas.
Otras querrán viajar por el mundo.
Otras querrán dedicarse a sus hijos, a su casa o a la vida doméstica.
Y muchas (como ocurre siempre con los seres humanos) mezclarán todas esas cosas de maneras imperfectas.
Lo verdaderamente extraño sería que la emancipación femenina terminara dictando un único modelo de mujer aceptable: independiente, productiva, ambiciosa en términos profesionales y permanentemente orientada hacia el éxito público.
Eso no sería libertad.
Sería simplemente cambiar el uniforme.
El ama de casa, observada sin prejuicios, representa algo bastante sencillo y profundamente humano: la decisión de dedicar el propio tiempo al cuidado de un pequeño territorio vital donde transcurre la vida cotidiana. No es una vida menor ni una vida desperdiciada. Es, de hecho, la vida que sostiene silenciosamente todas las demás.
Tal vez la modernidad tenga todavía que aprender una lección bastante elemental: la dignidad de una elección no depende de lo bien que encaje en el discurso de moda. Depende de que haya sido, sencillamente, una elección.
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