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Sociedad

La casa que detuvo el tiempo en el siglo XIX desde el corazón rural de Palencia

Un vecino de Cevico de la Torre convierte una vivienda familiar en una experiencia viva para recordar cómo vivían nuestros antepasados, en un proyecto que emociona a mayores y sorprende a jóvenes

Casa del Abuelo en Cevico de la Torre(Palencia), casa del siglo XIX donde se muestra se muestra el ambiente de una casa de agricultores con sus muebles y objetos de uso diario, en la imagen Juan Carlos García BrágimoIcal

En Cevico de la Torre, un pequeño municipio de la provincia de Palencia, donde el ritmo de vida discurre tranquilo y las historias se transmiten de generación en generación, existe un lugar capaz de transportar al visitante más de 150 años atrás y sin la necesidad de una máquina del tiempo. No se trata de un museo convencional, ni de una recreación artificial pensada para turistas. Es, en esencia, una casa. Una casa real, con historia, con memoria y con alma.

Ese lugar es conocido como ‘La Casa del Abuelo’, una iniciativa impulsada por Juan Carlos García, un vecino que, movido por la nostalgia y el amor por las tradiciones, decidió rescatar del olvido la forma de vida de sus antepasados. “Empecé todo porque la historia de antes me gustaba mucho”, explica con naturalidad, mientras recuerda el origen de una idea que hoy emociona a miles de visitantes.

Para entender el valor de esta recreación, conviene situarse en el contexto histórico al que remite: el año 1863. En aquella época, España vivía bajo el reinado de Isabel II, en un periodo marcado por tensiones políticas y cambios sociales que desembocarían pocos años después en la Revolución de 1868. Mientras tanto, en el mundo, se desarrollaban acontecimientos clave como la Guerra de Secesión en Estados Unidos, o la expansión del ferrocarril en Europa. En ese mismo año se inauguraba en Londres el primer metro del mundo. Frente a esos grandes avances, la vida en los pueblos españoles transcurría con otro ritmo, mucho más pausado. “Quiero que los jóvenes vean cómo vivían sus abuelos”, resume Juan Carlos, dando sentido a su proyecto.

La historia de este proyecto no se entiende sin remontarse a la infancia de su creador. Juan Carlos creció escuchando relatos sobre sus abuelos y generaciones anteriores. “Mis tías me contaban cosas de mis abuelos y a mí esas cosas me encantaban”, recuerda a la Agencia Ical.

Aquellas historias no fueron pasajeras. Se quedaron en él como una inquietud constante. No era solo curiosidad por los objetos, sino por la vida que había detrás de ellos: las costumbres, los hábitos, la forma de entender el mundo.

El punto de inflexión llegó cuando una antigua vivienda perteneciente a la familia de su mujer quedó desocupada. Era una casa con historia, pero muy deteriorada. “Primero me dijo que se me iba a caer la casa encima”, reconoce entre risas al recordar la reacción inicial de su mujer.

Sin embargo, lejos de echarse atrás, decidió apostar por su intuición. Durante más de un año trabajó en su recuperación. “Estuve un año y medio ganándola”, explica, utilizando esa expresión tan suya que refleja el esfuerzo invertido. Su objetivo no era modernizarla, sino todo lo contrario, conservarla fiel a su origen.

El proceso de rehabilitación estuvo marcado por el respeto absoluto a la autenticidad. “La casa era la verdadera”, afirma. Las paredes se encalaron como antaño, las vigas se recuperaron una a una y los espacios se mantuvieron prácticamente intactos. Incluso elementos estructurales dañados por el paso del tiempo fueron restaurados con paciencia: “Las vigas las he estado recuperando, aunque me costó un poco”, reconoce a Ical.

El resultado es una vivienda que parece detenida en el tiempo, una cápsula que conserva intacta la esencia del siglo XIX.

Uno de los grandes atractivos de La Casa del Abuelo es su colección de objetos, que ronda los 400 elementos. “Ahí metí un poco de todo. Todo que me han dado la gente lo he ido añadiendo”, explica. Muchos de estos objetos han sido donados por vecinos, otros pertenecían a la propia casa y algunos fueron adquiridos por el propio Juan Carlos. Pero todos comparten algo, que todos cuentan una historia. Entre ellos, destaca uno muy especial para él: “A mí me gusta más el calentador de camas, porque era de mi bisabuela, le tengo con cariño”.

Las visitas a la casa no son convencionales. Es el propio Juan Carlos quien guía a los visitantes y explica cada rincón con detalle. “Yo hago como guía para explicar las cosas que me han contado la gente mayor del pueblo”, señala. Cada estancia tiene su historia, y cada objeto su explicación. “Voy contando un poco lo que hacían, cómo vivían”, añade.

El recorrido no es rígido. Depende de las preguntas, del interés del grupo, de la conversación, pero suele ser de algo más de una hora. Aunque reconoce que en ocasiones se alarga mucho más. “Se me ha dado una vez de casi tres horas y la gente me dice que se le hace corto”.

El papel del pueblo

El proyecto no habría sido posible sin la colaboración de los vecinos. “Muchas veces los vecinos del pueblo me han ayudado”, afirma. Pero no solo han aportado objetos. También han compartido recuerdos, historias y anécdotas que han permitido reconstruir con mayor fidelidad la vida de la época. Ese conocimiento colectivo es el que da sentido a la experiencia.

La reacción de los visitantes es uno de los aspectos más gratificantes para Juan Carlos. “Se emocionan mucho, sobre todo los mayores”, explica. Muchos reviven su infancia al reconocer objetos y espacios familiares. “Esa emoción que transmiten me contagia y acabo emocionándome yo también”, confiesa.

En el caso de los más jóvenes, la reacción es distinta pero igual de intensa. “Se quedan asombrados cuando ven las cosas que tenemos”, relata. La falta de tecnología, la simplicidad de la vida cotidiana o el uso de utensilios desconocidos generan sorpresa e incredulidad.

Uno de los aspectos más singulares de La Casa del Abuelo es su carácter altruista. No hay entrada fija. “Es gratuito, el que quiera echar algo lo echa”, explica. Algunos visitantes dejan pequeñas aportaciones voluntarias. “Echan dos euros, tres euros… lo que sea”, comenta, aunque deja claro que ese nunca ha sido el objetivo. “Yo no lo hago por negocio, yo lo hago porque me gusta”, matiza.

Desde su apertura en 2015, el proyecto ha crecido de forma progresiva. “Empezó con cuatro cosillas… y poco a poco empezó a gustar a la gente”, recuerda.

Hoy en día, miles de personas han pasado por la casa. Aunque él resta importancia a las cifras, reconoce que la respuesta ha sido positiva. Las redes sociales han jugado un papel importante en su difusión. “Tengo el Facebook y todo lo que tenemos lo subimos para animar un poco más a la gente a que se acerque”, explica.

La Casa del Abuelo ha contribuido también a dar visibilidad al municipio. “Parece que ya conocen Cevico de la Torre”, comenta con orgullo. Muchos visitantes llegan atraídos por la casa y descubren también el entorno.

Juan Carlos insiste en que su proyecto no debe definirse como museo. Para él, la diferencia es clara. “Los museos son los que cobran, aquí no lo hacemos. Esto es una casa de verdad”, explica. Prefiere definirlo como una “casa etnográfica”, un espacio donde la vida del pasado se presenta de forma natural, sin artificios. “Es como si estuviera congelada en el tiempo”, resume.

En una sociedad cada vez más tecnológica, iniciativas como esta adquieren un valor especial. “Antes no había frigoríficos, había una fresquera donde metían la carne”, explica, ilustrando el contraste con la actualidad. Para muchos jóvenes, estas realidades resultan difíciles de imaginar. Por eso, el proyecto cumple también una función educativa.

Aunque la casa ya cuenta con una colección completa, Juan Carlos no cierra la puerta a nuevas aportaciones. “Si alguien tiene algo siempre será bien recibido”, comenta. Sin embargo, su principal objetivo sigue siendo el mismo, mantener viva la memoria.

La Casa del Abuelo es mucho más que una vivienda antigua. Es una experiencia, un relato, una forma de conectar con el pasado.