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Opinión
El celibato ha vuelto
"Y no ha regresado por la puerta de la religión sino que ha sido por la del cansancio y no de una generación puritana sino de una escéptica"

Durante siglos, el celibato fue una palabra asociada al altar, a los monasterios, a un voto pronunciado frente a Dios y a una renuncia que parecía casi antinatural. El imaginario colectivo lo vinculaba a sotanas, sacrificio y disciplina espiritual. Pero algo curioso está ocurriendo: el celibato ha vuelto. Y no ha regresado por la puerta de la religión... Creo que ha sido por la del cansancio.
Es curioso, sí, cada vez más personas (especialmente jóvenes) hablan abiertamente de vivir sin sexo o sin relaciones afectivas. Al observar uno se da cuenta que no lo ven como una tragedia y mucho menos como fracaso. Para ellos (lo dicen abiertamente) es una elección. ¡Por lo tanto la diferencia es radical! ya no es una renuncia moral, sino una retirada estrategica.
Creo que algo se ha roto en el mercado emocional contemporáneo y el resultado es un ecosistema afectivo donde todo parece disponible y, sin embargo, nada parece valioso... Visto así en ese contexto, pienso que el celibato deja de ser privación y empieza a parecer descanso.
¿Es exactamente castidad? Yo diría que es fatiga. Sí, fatiga de conversaciones que no llevan a ninguna parte. Fatiga de aplicaciones y citas rápidas.
Fatiga de una intimidad que muchas veces llega demasiado rápido y significa demasiado poco.
El sexo, que durante décadas se presentó como la cima de la liberación personal, empieza a sentirse (para algunos) como una obligación social más. Vamos a recapitular (sonrío) tener vida sexual activa, tener pareja, tener experiencias. Tener, tener, tener. Como si el deseo tuviera que producir resultados medibles.
Y en ese escenario aparece un gesto que parece casi subversivo: no participar.
El nuevo celibato no es moralista; es pragmático. No se basa en la pureza, sino en la economía emocional. Muchas personas han hecho un cálculo silencioso: el coste psicológico de ciertas dinámicas afectivas supera el beneficio. Demasiada energía para demasiado poco sentido. Cuando todo está permitido, cuando todo es inmediato y cuando todo es negociable, el deseo pierde algo esencial: su misterio. La abundancia erosiona el valor. Y cuando el valor se diluye, aparece la retirada.
No es una generación puritana. Más bien pienso que es una generación escéptica.
Pensándolo bien ellos (los jóvenes) han crecido viendo divorcios, relaciones frágiles, vínculos líquidos y una industria entera dedicada a optimizar el deseo. Han aprendido que el amor puede ser intenso y efímero, y que la intimidad puede convertirse en entretenimiento. Y ante ese panorama, algunos optan por lo que podríamos llamar minimalismo emocional.
Menos vínculos. Menos desgaste. Menos ruido.
Desde fuera puede parecer tristeza. Desde dentro, muchas veces se vive como claridad. El verdadero cambio no es el celibato en sí, sino la pregunta que lo acompaña: ¿qué estamos haciendo con el deseo en una cultura que lo ha convertido en consumo? Durante mucho tiempo pensamos que la libertad consistía en poder hacerlo todo. Quizá ahora empezamos a descubrir otra forma de libertad: elegir no hacerlo.
El celibato contemporáneo no es un regreso al pasado. Es una reacción al exceso del presente.
Y como todas las reacciones culturales, dice algo incómodo sobre nuestra época: quizá nunca habíamos tenido tantas oportunidades de intimidad… y nunca habíamos estado tan poco convencidos de que merezcan la pena.
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