Cargando...

Sociedad

El pueblo palentino que decidió renacer desde el agua, la memoria y la dignidad

La recuperación de humedales, la implicación vecinal y la mirada artística de nuevos pobladores convierten a Marcilla de Campos en un ejemplo de resistencia frente a la despoblación rural

El profesor jubilado, Fernando Estébanez, había dedicado buena parte de su carrera a acercar a sus alumnos al medio rural, a enseñarles no solo desde los libros, en la imagen explicando un reloj de sol analemático BrágimoIcal

En el mapa de la España rural, donde tantos puntos parecen difuminarse con el paso del tiempo, existen lugares que, lejos de resignarse al silencio, han decidido reinventarse. Marcilla de Campos, en la provincia de Palencia, es uno de ellos.

No lo hace desde grandes infraestructuras ni promesas grandilocuentes, sino desde algo mucho más esencial: la memoria, la naturaleza y el compromiso de su gente. En el corazón de este impulso se encuentra la asociación ‘Marcilla Viva’, una iniciativa que en apenas dos años ha logrado transformar la mirada sobre el pueblo y proyectarlo hacia el futuro sin perder de vista sus raíces.

El nombre de Marcilla ya contiene, en sí mismo, una pista sobre su identidad. Probablemente procede de la raíz árabe ‘mary’, que hace referencia a un prado o llanura encharcada. No es un detalle menor.

Es, en realidad, la clave de un paisaje que durante generaciones estuvo marcado por la presencia del agua con lagunas, manantiales, fuentes y pequeños humedales que daban forma a un ecosistema rico y diverso. Lugares como Las Lagunillas, La Laguna Redonda, La Nava o El Hoyal no eran solo topónimos, eran escenarios de vida.

Sin embargo, como ha ocurrido en tantas zonas rurales, la modernización agrícola y la transformación del territorio acabaron por borrar gran parte de ese legado natural. Las charcas desaparecieron, los humedales se secaron y con ellos se fue también una biodiversidad que había convivido durante siglos con los habitantes del lugar. Donde antes había ranas, insectos y plantas autóctonas, comenzaron a imponerse el abandono y las especies invasoras.

Frente a esa pérdida, Marcilla Viva surge como una respuesta. No como una protesta, sino como una acción. Como explica su presidente, Fernando Estébanez Gil, la asociación no nace de la nada, sino que es la evolución natural de un trabajo previo, de una inquietud que llevaba años gestándose. “La asociación ha sido dar forma, de manera institucional, a un proyecto que ya venía funcionando”, explica Fernando.

Maestro de profesión, Estébanez había dedicado buena parte de su carrera a acercar a sus alumnos al medio rural, a enseñarles no solo desde los libros, sino desde la experiencia directa.

“Durante muchos años he traído a mis alumnos para poner en práctica lo que trabajaban en el colegio”, recuerda a Ical. Esa conexión entre educación y territorio fue el germen de algo mayor. Cuando llegó la jubilación, lejos de abandonar esa labor, decidió ampliarla. “Intento transmitir a los niños y al público en general lo que era la vida rural y compararlo con la situación actual”.

Así nació Marcilla Viva, con el objetivo claro de poner en valor el patrimonio natural, cultural y arquitectónico del pueblo. Y dentro de ese patrimonio, el agua ocupa un lugar central. La laguna, situada junto al casco urbano, ha sido históricamente el corazón de la vida en Marcilla. “Siempre ha sido el centro neurálgico del pueblo”, explica Estébanez, mientras recuerda que allí se concentraban actividades como la pesca, el lavado de ropa o incluso celebraciones populares.

“El agua corriente llegó al pueblo en los años 80, antes nuestras madres iban a lavar a lavaderos y había que sacar el agua”, recuerda nuestro protagonista.

Hoy, la asociación trabaja para devolverle parte de ese protagonismo. Pero no se trata solo de restaurar un paisaje, sino de recuperar su significado. De entender que esos espacios no son meros elementos decorativos, sino sistemas vivos que sostienen biodiversidad y memoria.

Uno de los ejemplos más significativos de este trabajo es la recuperación de enclaves como Pozocuende y Pozonuevo. Lugares que, en palabras de Estébanez, él mismo había conocido “llenos de vida” y que con el tiempo quedaron completamente degradados. “Estaba totalmente muerto”, recuerda con crudeza. “No había ni agua ni vida prácticamente”.

La intervención, realizada en gran parte mediante voluntariado ambiental, ha comenzado a dar resultados visibles. Donde antes había sequedad y abandono, empiezan a aparecer de nuevo plantas autóctonas. El agua vuelve a fluir en algunos puntos. Y lo más simbólico de todo, se vuelve a escuchar el canto de las ranas. “Escuchar otra vez las ranas es algo muy significativo”, reconoce, como quien sabe que ese sonido encierra mucho más que una simple anécdota.

Este proceso no ha estado exento de dificultades. Uno de los principales problemas a los que se enfrentan es la presencia de especies invasoras, como el cangrejo americano, que ha alterado gravemente el equilibrio de la laguna. “Es una especie exótica que ha hecho muchísimo daño”, lamenta, consciente de que la recuperación total será un proceso largo.

A pesar de ello, el trabajo continúa. Y lo hace apoyado en una red de colaboración con distintas entidades. “Global Nature nos asesora, la Junta y la Diputación también nos echan una mano”, explica. Pero si hay un elemento que define el proyecto es la participación ciudadana. En un pueblo donde apenas una treintena de personas reside de forma permanente, lograr movilizar a más de 150 socios no es un dato menor.

La clave está en la implicación colectiva. Durante el verano, cuando el pueblo recupera parte de su población, se organizan jornadas de voluntariado. “Aprovechamos cuando viene gente joven en las fiestas para implicarles”, cuenta. Son momentos en los que el trabajo se convierte también en convivencia, en reencuentro con el lugar de origen.

A ese tejido humano se suma un fenómeno interesante, el interés de personas ajenas al pueblo. “Ayer mismo me llamó un italiano que había hecho el Camino de Santiago y quería hacerse socio”, relata con sorpresa y satisfacción. Historias que evidencian el alcance del proyecto más allá de sus límites geográficos.

Y es que la comunicación juega un papel clave. La asociación ha sabido utilizar las redes sociales para visibilizar su trabajo. “Tenemos un canal de YouTube donde vamos mostrando todo lo que hacemos”, explica. Un escaparate que no solo informa, sino que conecta.

En ese contexto, resulta especialmente interesante la presencia en el pueblo de una pareja de artistas digitales conocidos como Nastplas, también activos bajo el nombre de Nastphy. Su trabajo, que combina creación digital y cerámica artística, aporta una dimensión contemporánea al entorno rural. Son ejemplo de cómo nuevas formas de vida y de creación pueden encontrar su espacio en pueblos pequeños.

La asociación también impulsa actividades culturales y festivas. Eventos como el Día de Vino y Ovino o el Día de Sol a Sol buscan dinamizar el pueblo y generar comunidad. Pero el próximo gran reto tiene una dimensión especial como es la organización de una jornada en torno al eclipse del 12 de agosto.

“Estamos preparando actividades durante todo el día”, explica Estébanez. El escenario principal será la Atalaya de Campos, un mirador construido con materiales reciclados. “Está hecho con palés, hierros viejos… reutilizando lo que tenemos”, detalla, mientras subraya esa filosofía de aprovechar los recursos disponibles.

La previsión es ambiciosa. “Esperamos mucha afluencia, aunque también nos asusta un poco”, admite. Y no es para menos ya que este tipo de fenómenos suele atraer a miles de personas. Aun así, el enfoque es claro, ofrecer una experiencia cuidada, cercana, coherente con el espíritu del proyecto.

Más allá de los eventos, hay una cuestión de fondo que atraviesa todo el trabajo de Marcilla Viva como es la despoblación. “Sabemos que es un problema complicado”, reconoce Estébanez. Pero lejos de caer en el pesimismo, apunta a soluciones concretas. “Aquí se puede vivir tranquilo y encontrar vivienda a un precio razonable”.

La llegada reciente de nuevas familias refuerza esa idea. “Han venido dos familias con niños”, cuenta, como quien ve en ello un pequeño pero significativo cambio de tendencia. Porque al final, como él mismo resume, “aportamos nuestro granito de arena en lo que podemos”.

Ese “granito de arena” se traduce también en la creación de experiencias para visitantes. Rutas señalizadas, códigos QR, visitas guiadas… “Cualquier persona puede venir con su móvil y recorrer el pueblo”, explica. Una forma de hacer accesible el patrimonio incluso sin necesidad de guía presencial.

El proyecto seguirá creciendo. Próximamente, la asociación lanzará una página web que incluirá, entre otras cosas, un rincón literario. “Hemos recopilado leyendas, poemas…”, adelanta. Una muestra más de que la recuperación no es solo física, sino también cultural.

Al final, lo que ocurre en Marcilla de Campos es una historia de voluntad. De personas que, como Fernando Estébanez, han decidido no resignarse. “Nadie nos paga ni nos manda, lo hacemos porque nos apetece”, afirma.

Y en esa frase se condensa el verdadero motor del proyecto. Porque más allá de cifras, ayudas o eventos, Marcilla Viva es, sobre todo, una forma de entender el mundo rural como un espacio vivo, en transformación, capaz de generar futuro sin renunciar a su pasado.