
Sociedad
¿Qué hacemos?
"Para empezar, acabar con la guerra, respetar la diferencia y terminar con la codicia desmedida"

La capacidad humana para materializar audaces avances tecnológicos, o para progresar científicamente, contrasta con la fragilidad y la falta de determinación para construir un mundo más vividero.
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¿Qué hacemos? Para empezar, acabar con la guerra, respetar la diferencia y terminar con la codicia desmedida. Las cosas serían más fáciles, si lográramos estas metas. En momentos de confrontación bélica, como el actual, la única alternativa pasa por el desarme y el diálogo.
Cambiaría todo, si acabáramos con el derroche de recursos que se destinan al campo de batalla y los empleáramos en la promoción de la vida, del medio ambiente y del desarrollo humano a escala planetaria. Porque todo esto es posible. Que callen las armas, no es una quimera.
Lo primero que tenemos que entender es que, las guerras no son justas, solo la paz es justa. "Una paz estable y duradera, no construida sobre el equilibrio tambaleante de la disuasión, sino sobre la fraternidad", como aseguraba el Papa Francisco. Es la ausencia de distribución de la riqueza, la que provoca tensiones y discordias, que acaban en enfrentamientos.
Si de verdad queremos un entendimiento duradero, hay que combatir la miseria y la corrupción. Imposible avanzar hacia un escenario de paz, sin justicia social, en un contexto en el que cuentan más las conquistas individuales que las colectivas.
Los mandamás del mundo hablan de paz, pero sólo de puertas afuera; rara vez hacen propuestas convincentes. La pregunta es: ¿se puede revertir el clima de enemistad que hay ahora mismo en el mundo? Se puede, si cambiamos la forma de relacionarnos entre naciones, para que los imperialismos, la usura y la ruindad, junto a los fabricantes de armas, se hagan a un lado y abramos paso al diálogo y la convivencia.
Entiendo que este relato puede sonar ilusorio. Pero, si queremos evitar la autodestrucción, debemos frenar ya la carrera de armamentos. "La paz no es un sueño, no es una utopía: la paz es posible", aseguraba el Papa Benedicto. Hemos llegado a un momento en el que, o la humanidad pone fin a la guerra, o la guerra pondrá fin a la humanidad. No hay más; es hora de tomar conciencia de que las armas pueden provocar el suicidio colectivo de la humanidad.
Nuestros mandamás tienen que trabajar más y mejor por una relación sana, que frene el derroche destinado a destruirnos los unos a los otros. Si fuéramos capaces de dedicar todo eso a la promoción de la vida, al cuidado del medioambiente y el desarrollo humano, a escala planetaria, terminaría la carnicería a la que asistimos.
Hay algo ciertamente errático en la forma en que vivimos. "En las últimas décadas hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material, hasta tal punto, que es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo", asegura Tony Judt, el historiador británico, que mejor ha planteado nuestra responsabilidad -la tuya y la mía, amable lector- sobre el mundo que hemos construido y el estilo egoísta de vida que llevamos
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