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Opinión

La desposesión del conocimiento

Me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones acerca de la irrupción de la IA en el mundo educativo

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Me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones acerca de la irrupción de la IA en el mundo educativo. Esta primera entrega se entretiene en considerar el problema de la desposesión del conocimiento. La cuestión se podría enunciar de la siguiente manera: ¿cómo conseguir que los alumnos, en todas las etapas académicas, incluida por supuesto la etapa universitaria y los másteres, no sean meros bypass de contenidos de información, y sean poseedores de sus respuestas?

John R. Searle, en un artículo emblemático publicado en la revista Behavioral and Brain Sciences en el ya lejano 1980, se esforzaba por hacernos comprender que una computadora, una máquina de IA, no es una mente porque no es capaz de comprehender: esto es, de poseer el conocimiento que genera. Con este propósito generó un experimento mental al que denomina The Chinese Room. Imagínense una máquina capaz de traducir del chino al inglés. Por complejo que sea el algoritmo que soporta la máquina, esta no deja de ser un manipulador de una serie de órdenes con un montón de instrucciones para que, dada una pregunta, se proponga en la salida una determinada respuesta. Incluso cuando no hay errores y la respuesta es correcta, la máquina no posee su conocimiento, no comprende su propia respuesta; no sabe chino aunque dé el pego. Para Searle esto es lo que hace imposible sostener que se diga de ella que es una mente. Por extraño que parezca, un navegador GPS no sabe quién es, no sabe dónde está. Es una herramienta que da soluciones a mentes que se proponen un problema y que utilizan la máquina para orientarse. Tanto la pregunta de a dónde quiere ir, como la respuesta, el cómo llegar, son inteligibles por una mente que tiene sus propios fines y posee conocimientos, intereses, experiencia del error y de la falibilidad propia.

La cuestión es que, en el mundo educativo, a todos los niveles, se empieza a observar cómo se esta produciendo un fenómeno de desposesión del conocimiento a través del uso de la IA. La cosa se podría exponer de la siguiente manera: el profesorado formula una pregunta en forma de trabajo, los alumnos se lo preguntan a la IA, la IA les proporciona una respuesta que dan por válida porque no entienden demasiado ni la pregunta ni el resultado; se la entregan al profesor que les ha pedido en fecha y hora una respuesta, el profesor descubre virtudes y defectos en el trabajo, corrige y da su esperado feedback. El alumno recibe su nota: si aprueba se hace poseedor de su nota; si suspende hace responsable al profesor que ha sido tan inútil de suspender a la IA. El alumno pasará de curso, sea del nivel que sea, y la sociedad confiará en sus conocimientos. Pero, la verdad, es que no podrá disimular la ignorancia sin continuar usando de la IA para sus cuestiones profesionales. Durante años ha sido un mero bypass de una información que apenas modula con seguridad. Pero, claro, descubierta su arma, él se ha vuelto totalmente prescindible porque es incapaz de aportar nada que la máquina no pueda hacer. Ha sido alienado, desposeído, de la esfera del conocer.

La brevedad de estas líneas apenas me permite entrar en un mayor y complejo análisis extrapolable a todo nuestro mundo laboral. Sin embargo, puedo anunciar alguna idea con la que anticipar algunas soluciones. La diferencia entre poseer el conocimiento y ser un mero bypass está en la educación del carácter; aquello que los griegos denominaron ethos, y que tiene que ver con la capacidad de poseer nuestras acciones, que es probablemente la forma primera y esencial de nuestra libertad. En la medida que se manifiesta la vida ética de un ser humano, en esa misma medida es capaz de utilizar herramientas sin volverse esclavo de ellas.

Lamentablemente, una excesiva carrera en la competencia académica ha borrado del mapa educativo la preocupación por la educación del carácter que, vaya por delante, tiene poco que ver con la formación en valores. La educación del carácter propio de cada persona no se puede reducir a la enseñanza de unos determinados contenidos o valores; no se puede pensar como una asignatura más, a las reflexiones de una tutoría grupal. Los griegos lo sabían. Nosotros lo hemos olvidado. Pero, nos va a hacer falta enfrentarnos a esta cuestión.