Opinión
La guerra la primavera altera
Martius, de donde viene su nombre castellano, era el mes consagrado a Marte, el dios de la guerra
La primavera, que vino en 2020 sin que, por el confinamiento, pudiéramos salir a recibirla, se anuncia también este año con los nubarrones más oscuros. Y lo mismo que en 2022 con la invasión de Ucrania, otra vez ha vuelto a entrar al son de las trompetas de la guerra.
Será a lo mejor que el mes de marzo, el primero del año para los romanos, está marcado por la etimología que lleva a cuestas, pues Martius, de donde viene su nombre castellano, era el mes consagrado a Marte, el dios de la guerra. Y por ese motivo, marzo era también el mes en que se iniciaban las campañas militares. Coincidencia o no, de nuevo una guerra nueva, y fríamente calculada y proyectada, viene por estas fechas a descomponer y trastornar el mundo. (Curiosamente, guerra no es palabra latina, sino germánica, “werra”, que dio en inglés “war”, “guerre” en francés y “guerra” en castellano, italiano, portugués, catalán y gallego: la palabra latina para la guerra era “bellum”, de donde, en castellano, bélico, belicoso, beligerante…).
Sí, ya sé que es una ingenuidad, pero en el principio de todas las guerras, aparte de los motivos económicos y las razones geopolíticas como dicen ahora, está el odio. Y si las semillas del odio germinan y brotan, y si, peor aún, a esos brotes se les deja crecer y se les cultiva, esto es lo que, cuando ya es demasiado tarde, se cosecha.
Al respecto, nueve de cada diez ciudadanos (el 89,8% de los encuestados) perciben que los conflictos sociales (violencia, polarización, enfrentamientos) van en aumento en nuestro país, según un estudio del CIS recientemente publicado. Y precisamente en relación con el odio, el presidente del Gobierno ha anunciado días atrás el lanzamiento de la herramienta “HODIO: Huella del Odio y la Polarización”, que servirá, dice textualmente, “para medir la presencia, evolución y alcance del discurso de odio en las plataformas digitales”. Que está bien, y ojalá no pase de ser una ocurrencia más, pero, en lugar de campañas, tantas veces mera propaganda y escaparate, mejor empezar por aplicarse uno el cuento y predicar con el ejemplo.
Y así, ingenuo de mí, se me ocurren algunas preguntas: ¿Por qué, en el lenguaje y la actuación de la política, el otro, el que no piensa como yo, el que como mucho podía ser un adversario, un rival, un oponente, ha pasado a ser un enemigo? ¿Por qué la discrepancia, la desavenencia, la controversia, la disputa, la discusión, la contienda y el combate (dialécticos) han dado paso a la trifulca, al altercado permanente, a la pelea barriobajera? ¿Por qué en las sesiones parlamentarias ha desaparecido la argumentación y se ha instalado el insulto? ¿Por qué esa predisposición –y no de otra manera cabe interpretar lo de Sumar rescatando y registrando la marca, o el fantasma, de Frente Popular– a levantar el muro cainita de las dos Españas?