Cambio climático

Alertan de mayores sequías, aún en lugares con más lluvias

“El calentamiento del aire hace que el agua desaparezca del suelo más rápido de lo que la lluvia puede reponerla”, señalan los autores del estudio.

Un labrador muestra los efectos devastadores que la sequía y el calor producen sobre su plantación de cereal.
Un labrador muestra los efectos devastadores que la sequía y el calor producen sobre su plantación de cereal.MORELLAgencia EFE

Durante décadas, la idea de sequía en Europa y Norteamérica estuvo asociada a la ausencia de lluvia. Menos nubes, menos agua, campos agrietados. Sin embargo, los registros climáticos de los últimos cincuenta años dibujan una paradoja inquietante. En amplias zonas de Europa occidental y del oeste de Norteamérica, la cantidad total de lluvia anual no ha disminuido de forma clara y en algunos casos incluso ha aumentado. Y aun así, las sequías son hoy más frecuentes, más intensas y dañinas para la agricultura que a finales del siglo XX.

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El contraste se vuelve evidente al mirar atrás. Episodios como la gran sequía europea de 2003, la de 2010 o la de 2018 no fueron simples accidentes meteorológicos, sino señales tempranas de un cambio más profundo. No se trató únicamente de que lloviera poco, sino de cuándo y cómo se secó la tierra. Algo estaba ocurriendo bajo la superficie.

Ese “algo” es el suelo, de acuerdo con un estudio publicado en Nature Geoscience por un equipo de científicos de la Universidad de Reading. Su conclusión principal puede parecer contraintuitiva: el calentamiento global está provocando sequías agrícolas, incluso en regiones donde las lluvias anuales aumentan. La razón es que el aumento de temperatura acelera la evaporación hasta un punto en el que la lluvia adicional ya no logra compensar la pérdida de humedad del suelo.

La clave está en las estaciones. La mayoría de los estudios anteriores se habían centrado en promedios anuales de precipitación o de humedad del suelo, una mirada demasiado amplia para entender lo que ocurre en los campos. Este nuevo trabajo se centra en los periodos de crecimiento de los cultivos, los momentos del año en los que las plantas necesitan agua de forma crítica. Y ahí aparece el problema.

La primavera se está volviendo cada vez más seca desde el punto de vista del suelo, incluso cuando las lluvias primaverales no disminuyen. El aire más cálido extrae agua del terreno y de las plantas con mayor eficacia, como una esponja cada vez más sedienta. Cuando el suelo llega al inicio de la temporada de crecimiento con menos humedad de la habitual, el riesgo de sequía en verano se dispara. Ese déficit inicial no se corrige fácilmente y acompaña a los cultivos durante meses.

Según los modelos climáticos analizados en el estudio, Europa occidental, Europa central y el oeste de Norteamérica figuran entre las regiones más expuestas a este tipo de sequía agrícola. Son, no por casualidad, zonas clave para la producción mundial de alimentos. También aparecen como puntos calientes el norte de Sudamérica y el sur de África.

La climatóloga Emily Black, líder del estudio, lo resume con una frase que desmonta la intuición clásica: “el calentamiento del aire hace que el agua desaparezca del suelo más rápido de lo que la lluvia puede reponerla. A medida que el planeta continúa calentándose, las sequías agrícolas podrían volverse mucho más comunes este siglo en las regiones que producen gran parte de los alimentos del mundo. Los agricultores necesitarán cultivos que puedan sobrevivir a la sequía y mejores métodos para gestionar el suministro de agua”.

El estudio también explica por qué muchas de las grandes sequías recientes en Europa no surgieron de la nada en pleno verano, sino que se gestaron meses antes, tras primaveras inusualmente secas en términos de humedad del suelo. El verano no hizo más que amplificar un problema ya instalado.

Ni siquiera los escenarios climáticos más optimistas, con fuertes reducciones de emisiones, eliminan por completo este riesgo. Reducen su intensidad y frecuencia, pero no lo hacen desaparecer. En un planeta más cálido, la gestión del agua y la adaptación de los cultivos se vuelven inevitables. Variedades más resistentes a la sequía, suelos mejor protegidos y estrategias de riego más eficientes dejarán de ser opciones para convertirse en necesidad.