
Frío
La ciencia lo confirma: por qué con el paso del tiempo nos volvemos más sensibles al frío
El envejecimiento modifica la forma en la que el cuerpo regula la temperatura, un cambio silencioso que puede tener consecuencias importantes para la salud

Con la llegada del invierno, es habitual escuchar que las personas mayores “siempre tienen frío”. Sin embargo, detrás de esa percepción cotidiana existe un proceso biológico mucho más complejo que no siempre se manifiesta como una simple sensación térmica. A medida que cumplimos años, el organismo cambia su manera de adaptarse al entorno, y el frío se convierte en un factor que exige mayor atención, incluso cuando no se percibe de forma consciente.
La relación entre edad y sensibilidad al frío no responde a una única causa. Los expertos coinciden en que el envejecimiento afecta progresivamente a los mecanismos que mantienen estable la temperatura corporal, pero también influyen la aparición de enfermedades, el uso de determinados medicamentos y el propio estilo de vida. El resultado es una mayor vulnerabilidad frente a las bajas temperaturas, especialmente en los meses más fríos.
¿Por qué las personas mayores toleran peor el frío?
Con el paso del tiempo, la termogénesis, el proceso mediante el cual el cuerpo produce calor para mantener su temperatura interna, se vuelve menos eficaz. Esto significa que el organismo tiene más dificultades para generar y conservar calor cuando el ambiente es frío. Aunque este deterioro forma parte del envejecimiento normal, su impacto varía mucho de una persona a otra.
Incluso en ausencia de enfermedades, una persona mayor puede tardar más en reaccionar ante el frío ambiental. La reducción progresiva de masa muscular, clave para la producción de calor, y los cambios en la circulación sanguínea contribuyen a que el cuerpo pierda temperatura con mayor facilidad.
Más allá de la edad en sí, existen factores que agravan notablemente esta dificultad para regular la temperatura. Las enfermedades neurológicas, como el Alzheimer, pueden alterar los mecanismos que permiten reconocer el frío y responder adecuadamente a él. También los trastornos metabólicos o endocrinos afectan a los procesos internos encargados de mantener el equilibrio térmico.
A esto se suma el efecto de ciertos medicamentos. Los fármacos que actúan sobre el sistema nervioso central, como ansiolíticos, benzodiazepinas o neurolépticos, pueden interferir en la regulación de la temperatura corporal. En estos casos, el riesgo no siempre es “sentir más frío”, sino no reaccionar a tiempo ante una bajada peligrosa de la temperatura corporal.
Uno de los aspectos más relevantes que señalan los especialistas es la diferencia entre la sensación subjetiva de frío y los efectos objetivos que este tiene sobre el cuerpo. No todas las personas mayores sienten el frío con mayor intensidad; de hecho, algunas pueden percibirlo menos que una persona joven y sana.
Esta falta de percepción aumenta el riesgo, ya que el cuerpo puede enfriarse sin que la persona sea plenamente consciente. En situaciones prolongadas de bajas temperaturas, esta desconexión entre sensación y realidad puede derivar en problemas graves, especialmente si no se adoptan medidas de protección adecuadas.
El riesgo más serio asociado al frío es la hipotermia, que se produce cuando la temperatura corporal desciende por debajo de los 35 grados. Aunque suele relacionarse con exposiciones extremas al aire libre, también puede darse en interiores mal climatizados o en personas especialmente vulnerables.
Las consecuencias de la hipotermia pueden ser graves, en particular para el sistema cardiovascular. Por este motivo, los expertos advierten de la importancia de vigilar a los colectivos más expuestos, como personas mayores que viven solas, en situación de dependencia o con problemas cognitivos.
El frío no solo se combate con abrigo. Factores como la desnutrición, el sedentarismo o la pobreza energética agravan la vulnerabilidad frente a las bajas temperaturas. La pérdida de peso y masa muscular reduce aún más la capacidad de generar calor, mientras que la falta de actividad física limita las respuestas naturales del cuerpo.
En el ámbito doméstico, mantener una temperatura adecuada es clave. Los especialistas recomiendan que las viviendas no bajen de los 17 o 18 grados, ya que el frío persistente en el hogar puede tener efectos negativos incluso sin llegar a situaciones extremas.
El aumento de la sensibilidad al frío con la edad no siempre se manifiesta de forma evidente, pero sí representa un reto importante para la salud pública. Identificar a las personas más vulnerables, prestar atención a su entorno y no confiar únicamente en la sensación subjetiva de frío son pasos fundamentales para prevenir riesgos mayores durante los meses de invierno.
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