'Amalgama'
Elena Ksanti, la artista que "pinta con espejos": "Nuestra época está llegando a su fin"
La creadora inaugura en Madrid 'Amalgama', una muestra a partir de metal líquido que también cuenta su propia transformación
La amalgama es una sustancia capaz de reflejar sin ser en sí misma reflejo. Una unión química donde elementos incompatibles, como el mercurio y la plata, forman una conexión frágil "pero poderosa", apunta Elena Ksanti. Como en la alquimia, donde se creía en la transmutación de la materia y del espíritu, en los trabajos de esta artista "el reflejo se convierte en síntoma de un proceso interior", explica. Tendente más a la especulación que a la reproducción, asegura que sus piezas "no imitan el mundo exterior", sino que "lo disuelven para volver a plantear la pregunta por la subjetividad".
De este modo, presenta una exposición que puede percibirse "como una alegoría de un proceso vital en el que el oro del sujeto se extrae del recorrido de la experiencia. Los alquimistas creían que el camino hacia la perfección pasaba por la fase de 'nigredo': la oscuridad y la descomposición". Ksanti reflexiona así sobre su lugar en todo ese trayecto, "reinventando mi arte y a mí misma dentro de él". Con estas palabras define la artista su nuevo proyecto, 'Amalgama', que ayer inauguraba en bulthaup claudio coello (Madrid); una muestra que se entiende como la crónica con metal líquido de su propia transformación.
–El poeta Iósif Brodski hablaba del "fin de una bella época". ¿Estamos ante el final de un tiempo?
–Sí, estoy convencida de que nuestra época está llegando a su fin.
"No se trata de escapismo social, sino de una actitud filosófica ante la realidad", asegura
–¿Y qué época se avecina?
–Sin duda, la era de la inteligencia artificial. Es posible que los artistas –como muchas otras profesiones– desaparezcan o se transformen profundamente.
–Continúo con Brodsky: él hablaba de una "época de hazañas". ¿Qué significan esas "hazañas" en 2026?
–La mía es más una respuesta, no como artista, sino como mujer que creció en una época en la que la "victoria de los espejos" sustituyó a la "victoria de la verdad" y el reflejo se convirtió en la forma dominante de experiencia. Cada persona tiene sus propias hazañas. Para mí, consisten en ir más allá de la forma, del reflejo y del control. Es una declaración intuitiva y alquímica sobre transformación, autoconocimiento y destrucción de ilusiones. No comunico una verdad sobre el mundo; a través de mis obras construyo condiciones que nos obliguen a volver a experimentar qué significan "yo", "mirada" y "experiencia".
–¿Qué le sugirió este poema para crear una exposición a partir de él?
–De ahí surge el epígrafe de la exposición, tomado del poema "Fin de una bella época", del gran poeta ruso del siglo XX Brodsky (1940-1996), donde el autor no dedica palabras amables ni al tiempo ni al lugar que le tocó vivir: "Vivir en una época de logros, teniendo una naturaleza elevada, es difícil". Para Brodsky –y también para mí– no se trata de escapismo social, sino de una actitud filosófica ante la realidad. En una época en la que el reflejo ha sustituido a la verdad, el espejo en mi obra es profundamente desestabilizador. Pierde el foco y niega al espectador el control habitual. La visión deja de ser poder: se vuelve una mirada dispersa, temblorosa, errante, que pierde apoyo y, como escribió Jacques Rancière, ya no fija la verdad, sino que participa en la fragmentación de lo visible. ¿No es esa la condición del mundo contemporáneo, donde los juegos políticos, las noticias falsas y las redes sociales diluyen la realidad? Mis paneles metálicos también pierden perspectiva y límites, absorben la luz y la devuelven fragmentada, convirtiendo al espectador en un cómplice disuelto que, como yo, pierde apoyo al mirarse a sí mismo.
–¿Podemos llamarla una "alquimista" del arte?
–Sin duda. La alquimia es búsqueda. La búsqueda es una parte inseparable de mi camino, tanto en la vida como en la pintura.
–¿Limitar el arte al lienzo es cerrarse puertas?
–Sí. El arte está en todas partes; no puede definirse únicamente por el lienzo.
–¿Por qué eligió esta técnica, que de entrada resulta inusual?
–Es una técnica compleja y relativamente nueva. Siempre me ha atraído el metal; es un material fascinante para mí. Cuando descubrí la posibilidad de aplicar metal líquido mediante pulverización sobre tablero y transformarlo químicamente, surgió un nuevo objetivo: dominar ese lenguaje.
–En la presentación del proyecto el metal se describe como un "material filosófico". ¿Qué aporta a su práctica?
–Elegí el metal no por su efecto decorativo –aunque lo posee–, sino como material filosófico: literalmente "pinto con espejo". Pero es un espejo velado, cercano al "sfumato", donde apenas se distinguen contornos. Esto es esencial para mí: las obras abstractas no manifiestan contenido, sino que funcionan como escenarios de descomposición de la mirada y de la identidad. El material se convierte en estrategia: una forma de negar la estabilidad de la forma y de entender la “no-pintura” como práctica de metamorfosis.
–¿Es el arte su refugio? ¿Qué papel tienen los reflejos del espectador y de la luz en su trabajo?
–Mi trayectoria vital es inseparable del lenguaje visual de estas obras. Durante décadas viví según reglas ajenas –religiosas, culturales, de género– y mis decisiones respondían más a expectativas externas que a mi identidad. Intento encontrarme a través del arte y construir subjetividad. «Amalgama» es la crónica de esa transformación. No hay narrativa ni argumento, y eso es importante. Aunque conectada con mi historia, la obra rechaza etiquetas y lecturas biográficas reductoras. Más que un proyecto artístico, es un gesto de renuncia: a los roles normativos, a los relatos impuestos, a la representación como forma de poder. Incluso la figura de la artista feminista, se vuelve aquí objeto de duda. No interpreto un papel; experimento una liberación de todos ellos. El metal líquido revela la inestabilidad de la imagen y su dependencia del contexto, del movimiento y de la mirada. Mis abstracciones no dicen qué ver, sino cómo mirar. Es una pintura interesada no en la forma, sino en su disolución; una metamorfosis que abre la posibilidad de libertad en el tránsito.
–Usted ha mencionado que durante años luchó contra expectativas externas. ¿El autoconocimiento es infinito?
–Sin duda, es un proceso infinito. Sigo intentando encontrarme a través del arte. «Amalgama» narra esa transformación sin necesidad de biografía ni etiquetas. Es un rechazo de identidades impuestas y una afirmación del movimiento continuo. Mi práctica nace de la negación de lo fijo. Utilizando metal líquido, cuestiono la estabilidad de la imagen y desplazo la atención hacia el acto de mirar. No es solo deconstrucción, sino una metamorfosis que quizá no conduzca a una identidad estable, pero sí a la libertad de existir en transición.