Historia de un tesoro
Este es el misterioso espejo que hechizó Carlos II y al que nadie quiere acercarse en Madrid
Entre las miles de piezas que llenan el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, destaca una joya azteca que pasa inadvertida para la gran mayoría; una que el escritor Reynaldo Sietecase recogió en 'La Rey'. "Un tesoro", dicen, que custodia y conoce como nadie el librero de la casa
En 'La Rey' hay un personaje fundamental de la trama: Américo Cerqueira. Un tipo de carne y hueso que Reynaldo Sietecase llevó de la realidad a las páginas de su última novela (hasta la fecha); un hombre rodeado de libros, animales y minerales con el que se puede encontrar todo el que visite el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid (MNCN). Allí está desde hace más de tres décadas a cargo de la tienda del centro "y, con los años, se fue transformando en una suerte de gurú bibliográfico para muchos investigadores", firmaba el autor argentino. Y es que el librero y naturalista fue el culpable de poner a Sietecase sobre la pista de "un tesoro" de la sala de Minerales, Fósiles y Evolución Humana: un espejo de obsidiana envuelto por un halo de misterios y "al que aquí no se le da demasiada importancia", denuncia un Cerqueira que, en su encuentro con LA RAZÓN, demuestra ser esa enciclopedia con patas de la que hablaba el escritor.
"Tu cabeza tiene memoria absoluta", le apunta en 'La Rey' otro de los personajes, el profesor Salvador Merino, muy interesado también en esta "joya" de obsidiana, material duro y quebradizo fundamental en la cultura mesoamericana. Una roca ígnea, un vidrio amorfo que se forma en la última etapa de las erupciones volcánicas a partir de la lava enfriada; y cuando se fractura tiene bordes afilados: "Corta que te cagas", añade el "guardián" de los secretos del MNCN.
Pasear por el museo de la colina de las ciencias al lado de Cerqueira es hacerlo con un cicerone de lujo. Pocos llevan en la casa más que él y, con toda seguridad, nadie le supera en conocimiento. Si hace falta, contradice hasta a los conservadores. En cada rincón tiene una anécdota. Cada pieza guarda una historia que este naturalista conoce: el Plano de Teixeira, "una joya que tenían del revés donde dejaban los abrigos y las batas", explica; las esmeraldas de valor "incalculable": "1.602 kilates"; los cristales de azufre "más grandes que hay ahora mismo en Europa, de Conil, de la época de Carlos III –cuenta–, y que fue arrancando un bedel para venderlos por ahí en la época en la que se hacía lo que se quería"; o algo más mundano, como que "aquí en verano se alcanzan los 40 y pico grados. El techo es de chapa y pega tanto el calor que a veces tenemos que evacuar a la gente cuando no funciona el aire acondicionado. Las señoras se caen y hay que darles aire con los abanicos"...
Va encadenando "minilecciones" con todo el desparpajo del mundo hasta que llega al que se podría considerar su ojito derecho de la colección, el espejo de obsidiana. Casi se cuadra al ponerse frente a la vitrina. "Es bonito". Saca el móvil del bolsillo y dice señalándolo con la otra mano: "No me dirás que no es igual". Y no le falta razón. La pantalla del teléfono parece forjada en la misma sierra mexicana de Pachuca de la que proviene la obsidiana azteca. "Fíjate, no tiene ni una puñetera raya ni una mancha. La única falla es de cuando se le hizo el agujero ese, que saltó una esquirla". No se conoce ninguno más grande que este. "Es casi imposible encontrar una obsidiana mayor sin un rayajo o una beta verde".
La legión que no conoce el valor incalculable de la obsidiana
Entre las miles de piezas del MNCN, esta es una más para el común de los mortales. Pero no para él. "Cientos de turistas pasaban de largo cada día. Eran legión los que no sabían que en ese piso se exhibía un objeto de incalculable valor arqueológico (...) Un espejo circular de obsidiana con un marco de madera, pulido en ambos lados, de treinta centímetros de diámetro", describe el comienzo de la novela.
"Siempre invito a la gente a mirarlo de frente. No aguantan lo que ven", ríe Américo Cerqueira
Cerqueira tiene hasta bromas para el lugar: "Siempre invito a la gente a mirar el espejo de frente. No aguantan lo que ven". Ha probado incluso con el director del museo, Rafael Zardoya San Sebastián, del que recrea aquel encuentro ante el "tesoro":
–Rafa, tú no crees en la magia, ¿verdad? Ni en el demonio, ¿verdad?
"Imagínatelo, las luces apagadas. El guarda de seguridad, un rumano gigante, aquí detrás. Empieza a crujir el suelo por las diferencias de temperatura entre el día y la noche. El olor a azufre por el calor...", explica.
–¿A qué huele el demonio? A azufre –insiste el librero junto a los cristales de Conil–.
–¡Hostias! –responde el director–.
–No pasa nada, hombre. Es solo un trozo de piedra...
–No. Déjalo, Américo. Vámonos.
–Pero mírate..., pídele un deseo. No tenemos nada que perder. Es solo un espejo...
–Américo, no tientes a la suerte.
"¡Ay, la sugestión!", ríe el librero apoyado en los mitos que rodean al objeto. En particular, al del robo que se produjo de este espejo de medio kilo en el verano de 1925, cuando estaba en boga la profanación de tumbas y cuando "un gorrilla" vio en la pared la silueta dejada por el marco. La dirección de entonces decide poner una nota de prensa en la que ruega a la ciudadanía información de "un raro espejo inca"... ("los incas no tenían espejos ni trabajaban la obsidiana", puntualiza el experto).
La sugestión de don Ramón y Cajal
"A los 20 días aparece en la cartería del museo sin nombre y envuelto en papel de estraza, sin descripción y en mitad de una época en la que se profanaban muchas lápidas en el cementerio de la Almudena", presenta Cerqueira antes de centrarse en la figura de Ramón y Cajal, muy ligado a un museo al que iba todos los jueves para ver a su amigo Eduardo Hernández-Pacheco, geólogo y teósofo: "Jugaban a la ouija sobre un ataúd que he visto yo en el cuarto de las escobas antes de la reforma. ¿Creía Santiago Ramón y Cajal en el espiritismo? No. Estaba buscando la sugestión. ¿Qué es lo que hace un hombre culto, formado, como Hernández-Pacheco crea que puede hablar con los espíritus? Pues la respuesta es que ha sido la Primera Guerra Mundial y en Europa se ha puesto de moda ese fenómeno porque ha muerto tanta gente que las madres quieren hablar con sus hijos; y los charlatanes lo hacían si les dabas pasta. De hecho, hay una baronesa milanesa que habla con Cajal y le dice que ella es capaz de hablar con el Más Allá. ¿No tendrá que ver eso con el robo del espejo?...", se pregunta Cerqueira dejando claro que las soluciones a esa pregunta solo son "especulaciones".
Donde no hay palabrería es en los orígenes del espejo de obsidiana del MNCN, uno de los 16 que hay documentados en todo el planeta, "aunque en trece de ellos no hay información fiable sobre su procedencia", explica el centro. El tamaño y forma de estos símbolos de poder azteca parecen estar reglados: circulares y con un diámetro que oscila entre los 18 y los 30 centímetros; y casi todos están perforados para que los sacerdotes se los colgasen en el pecho como ornamentos. Son una pieza indispensable de las representaciones que existen de Tezcatlipoca (traducido del náhuatl como "espejo humeante"), el dios al que se le rendía culto a través de estos "portales" –como los denomina el librero– de obsidiana.
Gran parte de lo que hoy se conoce de la época se debe al misionero franciscano Bernardino de Sahagún (1499-1590), quien escribió una obra catedralicia en la que recopilaba costumbres, mitos y leyendas a partir de sus interacciones con los locales. Elaboró un cuestionario, seleccionó a sus informadores y les pidió que escribiesen los testimonios en el idioma náhuatl, traduciéndolos después al castellano. Utilizó la lengua nativa para predicar y describió las antiguas costumbres para corregir la falsa opinión de que los indígenas poseían un bajo nivel cultural antes de la llegada de los españoles. "Madrid era un charco asqueroso a su lado, pero la codicia les volvió locos y el imperio colapsó", apunta Américo Cerqueira. Aunque Sahagún gozó en un principio del apoyo de la Orden para poder llevar a cabo su ambicioso proyecto, la Iglesia confiscó finalmente su obra porque consideraba que se oponía a la labor misionera.
El franciscano describió a Tezcatlipoca como un dios "omnipresente": capaz de estar en cielo, tierra e infierno al mismo tiempo. Su aspecto era oscuro y se asociaba a la noche. Igualmente, era el dios de la justicia, castigaba. Existían tantas maneras de dirigirse a Tezcatlipoca como días del año. Y con él se "hablaba" a través de un "portal" que no era sencillo de fabricar, como cuenta el librero a partir de lo descrito por Sahagún: "Se cogía un bloque perfecto y 40 o 50 artesanos de la clase más elevada, hombres pudientes. Ponían la roca y la rociaban con arenas del Yucatán. De más gruesa a más fina. Aceite, guano de murciélago, que es muy abrasivo. Y frotaban una y otra vez. Un año, dos, tres... Es duro como su puñetera madre. Y si lo haces mal, casca. Córtalo en redondo con un compás. ¿Con qué lo marcas? ¿Diamante? No tenían los aztecas. Pues un punzón: una nariguera de cobre con la que se atravesaban las narices. Otra vez: arena, grasa... Paciencia. Mil, dos mil, tres mil... Hasta que consigues un agujero –desarrolla–. Metes una trenza de algas marina, algas de vidriero, las mismas que usaban aquí los alemanes para pulir los espejos... ¿Cuánto tardarían en cortar la circunferencia? ¿Cinco años? ¿Seis? ¿Diez? Muy sagrado tenía que ser. Una vez me carteé con un profesor de la Universidad de Alabama y me decía que calculaba que tardaban 25 años...".
Entre los detalles que hacen este objeto tan excepcional está el mucho tiempo que tardó en crearse: tal vez, 25 años
Solo ese laboriosísimo esfuerzo justificaría la unión del espejo de obsidiana a un dios al que siempre aparece pegado. Ya sea reemplazando uno de sus pies (el de madera) o apoyado en él. "No se puede separar porque si Tezcatlipoca se libera se desata el caos". A través de él conocían su destino. Se dejaba caer la sangre del corazón todavía caliente de los sacrificados sobre el espejo y el sumo sacerdote interpretaba. Generaba guerras y dispensaba y arrebataba prosperidad a su antojo, por lo que lo temían y reverenciaban a partes iguales; causaba enfermedades y las curaba.
Todas esas historias cruzaron el Atlántico en barco hasta llegar "probablemente" –advierte Cerqueira– al puerto de Sevilla. Allí, los cronistas del siglo XVII recogen la llegada de unos "mármoles negros malditos" que el archidiácono de la catedral de la ciudad, Justino de Neve, los recoge para hacer orfebrería. Un punto de la historia en el que aparece el artista local Murillo, que se atrevió a decorar alguna de estas piezas invitado por el religioso. "Estaba de moda pintar sobre vidrio o cobre porque daba sensaciones de profundidad", comenta el naturalista, aunque ese es otro capítulo.
De una u otra forma, se cree que la pieza del MNCN tuvo un paso previo por el Real Alcázar de Madrid, donde la realeza adornaba sus aposentos con multitud de espejos. También uno "redondo", como recogen los escritos y recuerda el librero, que captaba la atención de Carlos II "el Hechizado": "El niño se paseaba y se quedaba babeando delante de los espejos de palacio. Concretamente delante de uno redondo...". El Alcázar se quemó, el rey falleció, pero el espejo de obsidiana ha perdurado hasta nuestros días.