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Carla de La Lá: «El feminismo se ha llenado de actitudes inquisitivas, puritanas»
En el ensayo «Feminismo irreverente», la periodista lanza un manifiesto contra el dogma y la victimización que sufre el feminismo actual
El idioma nativo de la sociedad es el machismo, por lo que el feminismo hay que estudiarlo, reflexionarlo, cultivarlo e incentivarlo. No basta con simularlo. «Educar en feminismo no significa llevar a los niños a manifestaciones, es enseñar a detectar las trampas de la desigualdad disfrazada de costumbre», expresa Carla de La Lá, poniendo como ejemplo «por qué las mujeres abandonan sus carreras para cuidar, por qué el masculino se vuelve universal en el lenguaje o por qué seguimos dando el apellido del padre a los hijos gestados y paridos por nosotras, ¡es el mayor robo de derechos intelectuales de la historia!». La periodista, novelista y tertuliana sostiene que «la igualdad no puede darse por sabida» y, apenas días antes de la celebración del Día Internacional de la Mujer, cada 8 de marzo, habla con este diario sobre «Feminismo irreverente» (Esfera de los libros), ensayo que publica y que funciona, reza su subtítulo, como «un manifiesto liberal contra el victimismo y el dogma».
En este libro no escribe De La Lá contra el feminismo. «Soy feminista, y escribo contra su conversión en doctrina religiosa», matiza. Es una suerte de reacción ante la necesidad de sacarlo a tomar el aire, de ventilarlo, pues «el feminismo ha sido uno de los movimientos más luminosos de la modernidad, y en los últimos años se ha llenado de argumentos y actitudes simplones, inquisitivos, puritanos y, algo peor, aburridos. Debemos devolverle la sofisticación intelectual: inteligencia, ironía y libertad». Y el humor. Un ingrediente estrella en el escrito de la periodista, pues considera que sin él «no hay feminismo. Es la línea que separa la lucidez de la amargura. No me refiero a hacer chistes, sino a tener capacidad de sospechar de una misma, no sólo de los demás. El humor desdramatiza y nos recuerda que el mundo es complejo», sostiene.
La autora anima a buscar un feminismo «adulto». Pero, hablando del movimiento de Virginia Woolf y Simone de Beauvoir, o de la España que edificaron Campoamor o Lejárraga, ¿sigue siendo un concepto prematuro? ¿cuándo se ha perdido la madurez? «Cuando se convierte en industria y gobierno», responde, «si el feminismo está más interesado en su propia subsistencia como empresa que en la de liberar o empoderar a las mujeres, empieza a tratarnos como menores, como víctimas». A diferencia de aquel feminismo del pasado siglo, hoy lo observa De La Lá como un movimiento «muy autoritario en el sentido político, y también muy doctrinario. Temo que si fuera por Irene Montero e Ione Belarra, entre otras, montarían un cadalso y ajusticiarían con juicios sumarios a todo el que ponga en duda sus asertos religiosos y su dirección ultra agresiva. Cuando un movimiento empieza a dividir el mundo entre discursos legítimos y prohibidos, deja de ser emancipador».
Grilletes y cansancio
No trata la periodista, asegura, «de llevar la contraria por deporte, pero ocurre que ‘‘pensar’’ y disentir en el mundo de hoy, generar criterio, es irreverente, desvergonzado, insolente». Algo contradictorio pues, explica, «a lo largo de la historia muchas de las mujeres que hicieron avanzar fueron consideradas incómodas, desobedientes o peligrosas. Si el feminismo significa algo, debería ser precisamente el derecho a no obedecer». Y por tanto distaría completamente de un patriarcado que, describe, «es un sistema operativo invisible que corre debajo de todas nuestras decisiones. El problema no es la falta de derechos, sino el adoctrinamiento del deseo y el gusto, la programación y el software: grilletes blandos pero infalibles». No es ningún antídoto para este sistema un feminismo dentro del que «hay una enorme presión para repetir ciertos marcos ideológicos: cómo hay que hablar, qué posiciones son aceptables, qué dudas están prohibidas... La irreverencia consiste en no aceptar esa catequesis».
Existe, además, un «cansancio feminista», ante todo por parte del centro derecha. En esta posición política, tanto hombres como mujeres son, explica De La Lá, «totalmente refractarios a las ideas feministas, porque solo las identifican con asertos tendenciosos. Hay que explicarles, sin ofender, con sentido común y humor, que el feminismo es necesario, que es una fiesta en la que todos estamos invitados». No se trata de que el 8-M haya que sumarse a ningún bando, pues sólo debería existir uno. «El feminismo no debería ser una guerra contra los hombres, sino contra un sistema injusto y obsoleto. Una oportunidad para que ambos sexos se liberen de roles absurdos», concluye.