
Entrevista
María Ferreira: "El miedo a fracasar y decepcionar es la vulnerabilidad más universal"
La escritora publica "Un mapa de los lugares en los que caemos", mezcla de diario íntimo, libro de viajes y relato de personajes en crisis en busca de redención

María Ferreira es colaboradora habitual de Médicos Sin Fronteras y su trabajo se orienta al análisis de conflictos y asesoramiento en misiones médicas y humanitarias. Todo ello le ha llevado a lugares como Cisjordania, Somalia, Nairobi, Dubai o Pakistán, donde ha trabajado sobre el terreno realizando informes técnicos. Pero su nuevo libro, "Un mapa de los lugares donde caemos" (editorial Viajes al Pasado) no tiene nada de análisis científico y sí mucho de diario en el que se mezclan crónica de viajes y "pornografía emocional" -como lo define ella- en una sucesión de encuentros con personajes en crisis, amigos ocasionales, migrantes, vecinos y seres marginales que dan pie a revelaciones inconfesables y descarnadas que no dejan indiferentes al lector.
María Ferreira conoce a un cocinero de sushi uzbeko con una enfermedad terminal que busca en Tinder la receta para aliviar la soledad. Nos presenta a un ex piloto de guerra israelí que carga con la culpa de haber matado a inocentes y que ahora trata de reconciliarse interpretando en el teatro "Esperando a Godot". Entra en las casas de la gente y nos cuenta historias como la de Kevin, que comió un perro por "justicia social"; Ben, cuya esposa intentó asesinarle; y Frau H, la vecina gruñona de María que cuyo deseo antes de morir es que la autora le prepare unos boquerones en vinagre. Algunos personajes y escenas quedan a poca distancia del realismo mágico, pero es solo la realidad contada por alguien que ve más allá de las apariencias. Desde Heidelberg (Alemania) nos atiende por teléfono para hablar del libro, el primero del relanzamiento de la editorial Viajes al Pasado.
Tu libro no tiene nada que ver con tu trabajo de asesora en misiones médicas. Más bien parece la otra cara de ese trabajo desarrollado en países y zonas en conflicto. ¿Cómo lo definirías?
Es más bien un registro de lo humano que ocurre alrededor de todas esas cosas centrales. El libro no intenta explicar los lugares ni los conflictos políticos.
Hay una mirada muy particular, llena de ternura. ¿La ternura y la empatía son fundamentales para conocer a las personas?
A mí la ternura me parece brutal, pero alejada de ese concepto blandito que se tiene de ella. Ser capaz de empatizar a un nivel muy profundo con alguien es también un peligro, porque por ahí puede entrar mucha violencia y agresión. La empatía te permite entender, pero también te permite perderte. Y sí, el libro está muy sesgado por la ternura, por el miedo, por todo ese revoltijo de emociones.
En el libro describes escenas insólitas y momentos extremos, ¿crees que esos momentos revelan mejor quiénes somos que la vida cotidiana?
En realidad me da miedo romantizar los extremos. Creo que la vida muchas veces también pasa cuando no pasa nada, en esos días en los que todo se mueve despacio y no tenemos ningún propósito noble. Ahí sí que mostramos quiénes somos: cuando estamos aburridos por ejemplo. Porque en una situación extrema tienes que ser lo mejor que puedas ser, o lo peor, pero no eliges tú. En cambio, se conoce mejor a las personas un domingo aburrido, a las tres de la tarde, en plena digestión.
La manera de mirar a la personas con las que te encuentras parece una reivindicación de la fragilidad. ¿Lo ves también así?
Este libro es pornografía emocional, así de claro. Y ya que sentimos, ¿por qué no explorarlo un poco más allá? La fragilidad es esa idea de los momentos en los que parece que todo puede cambiar en un instante, como cuando te asomas al precipicio. Y luego todo sigue su curso. El saber que todo se puede romper en cualquier momento es parte de nuestra existencia. Y ahora, con el acceso a la información que tenemos, somos más conscientes que nunca de lo frágiles que somos, en todos los niveles: físicamente, emocionalmente, psicológicamente.
¿Esa consciencia de la fragilidad te hace más fuerte?
No sé si me definiría como fuerte. Me gusta definirme como "consciente". Me gusta mucho ser consciente de cuándo me caigo, de cuándo estoy bien, de cuándo se están rompiendo las cosas y de mi propia incapacidad. Creo que eso es lo más importante: saber cuándo yo no puedo hacer nada en una situación. No sé si eso me hace fuerte, pero consciente, sí.
En el libro hay una mirada muy sutil a los pequeños detalles, los gestos, los silencios. ¿La literatura empieza cuando uno aprende a mirar despacio?
Sí, por supuesto. La vida pasa en los márgenes, en las miradas de reojo, en las dudas, en el subcontexto. A mí me parece que eso da muchísima información, casi más que las palabras a veces.
¿Qué escritores te han marcado?
Un escritor del que he aprendido muchísimo es Ngũgĩ wa Thiong'o, es kikuyu de Kenia. Lo recomiendo enormemente. Hace una literatura muy descolonial y se empeñó en escribir en kikuyu hasta el final de sus días. Sus libros han sido traducidos y son maravillosos. Me gusta mucho Hannah Arendt, me ha inspirado desde pequeña. Últimamente estoy leyendo muchísimos autores africanos y mucha poesía árabe. Y si hablamos de autores españoles, me gusta mucho la valentía de Luna Miguel, creo que estamos en la misma generación. Y también Alicia Valdés, con un libro que se llama "Política del malestar", que me pareció muy interesante.
¿Y en tu manera de escribir, a quién reconoces como influencia?
Alguien que me ha inspirado muchísimo es Ignacio García May, que fue mi profesor de escritura de teatro. Mi escritura tiene mucho de fragmentario, de teatro, en ese sentido. Él me enseñó a mirar el mundo de una forma muy particular.
Referencias a lo cotidiano, incluso a lo banal, aparecen para describir situaciones muy intensas. ¿Por qué te gusta ese juego de contrastes?
Es que las cosas pasan mientras estamos haciendo cosas. Los momentos más duros que he vivido me cogieron haciendo algo. Pienso en una ruptura: a lo mejor te pilla cuando estás comiendo, cuando estás fregando los platos, y de pronto alguien te deja y se te rompe el corazón ahí, en la cocina. No es el sitio ideal, pero es que pasa. No podemos sublimar el amor o el dolor y ponerlos en un vacío. Pasan mientras estamos siendo humanos.
Haber vivido en países y culturas muy distintas, ¿ha construido tu identidad o la ha fragmentado?
Sé muy bien de dónde soy. Observar no es lo mismo que absorber. Puedes estar observando, aprendiendo muy intensamente, pero tú integras lo que te sirve. No necesitas irte muy lejos para tener estas experiencias; basta con tener un vecino de otra cultura con el que tengas una relación maravillosa. Al final somos quienes somos. Hay gente que viaja porque está descontenta con lo que es y quiere convertirse en alguien diferente. Eso no es algo que me haya atraído personalmente.
¿Crees en la capacidad de redención de las personas?
En la redención personal, sí. Dudo más de la capacidad de redención social, de si la sociedad es capaz de perdonar quién fuiste. Pero sí, creo en que las personas pueden cambiar, para bien y para mal, constantemente, en las dos direcciones. Y creo que esa es, en este mundo tan catastrófico, una pequeña luz.
En el libro cuentas la historia de redención de Eli, que había sido piloto de avión de guerra, alguien que había matado a muchos palestinos inocentes. ¿Puedes contar un poco más de su historia?
Sí. Eli era una persona que creció queriendo ser un héroe, quería servir a su país sin haber tenido la posibilidad de pensárselo mucho. Cuando estalló la guerra ingresó en la Fuerza de Defensa de Israel, hasta que -como les ha pasado a muchos soldados israelíes- se dio cuenta de que quizá estaba tenía objetivos que no estaban justificados dentro del derecho internacional humanitario. Así que comenzó a cuestionarse por qué era necesario y si eso era realmente lo que quería. Y en su caso la respuesta fue no. A mí me parece fascinante que una persona de un bando se pase al otro en una situación de guerra. Me interesa el trabajo de destrucción de identidad que hay detrás de eso. Por eso lo conté.
¿Cuál es la vulnerabilidad más universal que te has encontrado en la gente a la que has conocido?
El miedo a fracasar, a decepcionar. Eso es muy universal, da igual qué ideología tengas. El pensar que puedes dañar a los tuyos por algo que has hecho.
¿Y qué hacemos para evitarlo?
Es inevitable. Vamos a decepcionar. Si somos verdaderamente quienes somos, vamos a decepcionar a alguien, porque en la vida llega un momento en que tienes que elegir: o vives por ti y por quién eres, o vives para complacer a otro. Intentar hacer el menor daño posible. Pero la complacencia como motor me parece peligrosa.
¿Sigues creyendo en el sistema de ayuda internacional?
En absoluto. Estamos viendo cómo las instituciones no han podido ayudar en casos muy extremos: Sudán, Gaza, Ucrania, Somalia. De Somalia no se habla, pero lleva décadas en un estado de sufrimiento crónico. Algo falla en el sistema. Y además no paran de proliferar organizaciones con un tinte muy neocolonial. El "salvador blanco" sigue apareciendo, hay estructuras que se basan en eso, en "vamos a salvar a los niñitos negros". Quizá estamos imponiendo una estructura vertical cuando la ayuda debería ser horizontal. Yo soy parte del mundo humanitario y sé que hace falta mucha valentía para frenar antes de seguir moviendo un mecanismo que, al final, creo que lo que hace es alimentar más a la economía y a ciertos poderes que a lo que importa, que es la gente.
¿Hay racismo en cómo las grandes instituciones internacionales de ayuda seleccionan sus misiones en los conflictos?
Si hablamos de instituciones, creo que todo responde más a razones políticas y económicas que al racismo en sí. Y luego está lo otro: como sociedad, cuando tenemos cerca un desastre, nos vemos reflejados en la posibilidad de que fuésemos nosotros. Ucrania estaba cerca, las noticias se leían una detrás de otra. Y al mismo tiempo pasaba cualquier cosa en África y no interesaba. Ahora mismo me cuesta encontrar noticias de Gaza, pero en Gaza sigue muriendo gente, el alto el fuego está siendo violado una y otra vez. Y el silencio mediático lo ha tapado todo para centrarse en lo que nos da más miedo: cómo nos va a afectar Irán.
La maternidad también aparece en el libro. ¿Qué ha cambiado en ti?
La forma de entender el amor. Saber que el amor es la generosidad de querer que una persona sea libre. Yo sé que voy a querer siempre a mi hija, pero sé también que va a tomar decisiones con las que no voy a estar de acuerdo, y voy a tener que respetarlo y quererla igualmente. Eso me ha hecho quizá amar mejor en un plano general: saber que también puedes amar a la gente que se va, porque se va porque quiere. Amar más desde la generosidad.
¿Algún día darás el salto a la ficción?
No lo sé. Me gustaría como reto, sí. Pero de momento mi objetivo es terminar mi tesis, publicarla y doctorarme. Si después de eso puedo intentar la ficción, que me parece algo dificilísimo y fascinante, ¿por qué no? Como escritora dejo esa puerta abierta, no como algo inmediato, pero sí como un "ya veremos".
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