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Escenarios

Crítica de 'El jardín de los cerezos': Chéjov y la pereza existencial

Juan Carlos Pérez de la Fuente firma la dirección de una versión de Chéjov que corre a cargo de Ignacio García May

Carmen Conesa, en el centro, es una de las protagonistas de esta versión de 'El jardín de los cerezos'
Carmen Conesa, en el centro, es una de las protagonistas de esta versión de 'El jardín de los cerezos'Luiscar Cuevas

Autoría: Antón Chéjov. Versión: Ignacio García May. Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente. Intérpretes: Juanma Cifuentes, Carmen Conesa, Helena Ezquerro, Chema León, Manuel Maciá, Borja Maestre, Cristina Marcos, Markos Marín, Noelia Marló, Chema de Miguel, José Gonçalo Pais, Marta Poveda y Jesús Torres. Teatro Fernán Gómez, Madrid. Hasta el 12 de abril.

Bajo la aparente sencillez de su lenguaje y sus tramas, Chéjov es un autor endiabladamente complicado de llevar a escena. Lo es porque los conflictos que atraviesan sus obras están siempre larvados, semiocultos en la nadería espiritual que rige las vidas de los personajes, en el clima de frívola ociosidad que los envuelve y los determina. Sus textos, en este sentido, encierran una gran paradoja difícil de abordar desde la dirección y la interpretación: ¿cómo mostrar en escena, para que resulte reveladora a los ojos del espectador, una realidad dramática que es tanto más poderosa cuanto más latente se intuye y cuanto mayor es la incompetencia de los personajes para encararla?

Sé que no estoy descubriendo nada: se trata solo del dichoso subtexto, tan comentado y tenido en cuenta por teóricos y directores desde que Stanislavski profundizara en él. Pero es que en Chéjov ese subtexto no solo está por debajo de lo que los personajes expresan, sino también, muchas veces, de lo que son capaces de sentir, de hacer y de saber. No es solo que rehúyan nombrar algo, sino que en ocasiones evitan incluso identificarlo. Por eso, no hay personaje suyo que no se conduzca de manera errática, o incluso absurda en determinadas situaciones; sin embargo, todos, con ese poético barniz de estupidez y de ternura que el autor ruso les da, nos resultan descaradamente humanos, reales y reconocibles en su lánguida inoperancia o en su desesperante inacción.

Estos rasgos, comunes a sus obras de teatro más conocidas, están más marcados, si cabe, en ‘El jardín de los cerezos’, lo que hace que sea, bajo mi punto de vista, la más difícil de montar de las cuatro que siempre se montan: ‘Tío Vania’, ‘La gaviota’, ‘Tres hermanas’ y esta. Por fortuna, creo que no hay nada que estimule creativamente más a Juan Carlos Pérez de la Fuente que la dificultad. Pocos directores habrá tan atrevidos, flexibles e impredecibles a la hora de decantarse por un título para llevarlo a escena. Si le interesa un texto y cree que también puede y debe interesarle al público..., ¡allá que va!, con toda su disposición, bagaje y entusiasmo, que son inmensurables. Y así es como ha abordado esta producción, imponente en muchos de sus aspectos artísticos.

El argumento de ‘El jardín de los cerezos’ está estrechamente ligado -como ocurre en casi todas las obras del autor- al cambio de paradigma social y económico a finales del siglo XIX, con una superficial y decadente nobleza que está perdiendo patrimonio y privilegios, sin saber ni querer adaptarse a los nuevos tiempos, mientras la burguesía, falta de escrúpulos y en plena ascensión, ha empezado a dominar los negocios y a controlar el dinero.

Después de estar algunos años en París, la aristócrata Liuba Andreyevna regresa a su finca rural en Rusia para decidir qué hacer con ella. La negligente gestión de la propiedad ha granjeado importantes deudas y urge tomar una decisión para salvar lo que se pueda de la hacienda, tal y como aconseja Lopajin, hijo de un antiguo sirviente de la casa que ahora ha prosperado comerciando. Sin embargo, casi todos en la familia, y también en el servicio, parecen sumidos en una irritante abulia alimentada por el recuerdo de un mundo dorado ya extinto, y no hacen otra cosa que ver pasar el tiempo sin afrontar la situación.

A partir de una versión de Ignacio García May clara y directa, tanto en la expresión como en el propio desarrollo dramático, Pérez de la Fuente aquilata bien el meollo conflictual en una propuesta de gran belleza plástica, como es habitual en sus trabajos, que hace olvidar incluso algunos de los inconvenientes espaciales que presenta, por su particular arquitectura, el Teatro Fernán Gómez. Además de la escenografía, diseñada por el propio director en colaboración con Isi Ponce, contribuyen de manera notable a esa potente estética del montaje el vestuario de Rosa García Andújar, la iluminación de José Manuel Guerra y las proyecciones de Violeta Némec.

Apoyado en un reparto bastante ecléctico en cuanto a escuelas y estilos -algo asimismo frecuente en su manera de trabajar-, Pérez de la Fuente consigue hacer patente y teatral, en algunas escenas muy bellas, esa intangible desidia que se erige en protagonista de la trama. Desde luego, como explicaba al principio, es sumamente complicado dar con el ritmo dramático y con el aliento interpretativo que necesitan este texto y estos personajes para que se perciba bien, sobre el escenario, sin que la función se caiga, esa indolencia de los caracteres y esa calma tensa que resultará fatal para todos ellos. Y es cierto que el día del estreno había a este respecto algunos desajustes, comprensibles por la complejidad del proyecto, que seguramente se habrán corregido ya cuando salga publicada esta crítica. En el capítulo actoral, cabe destacar a Carmen Conesa (Liuba Andreyevna), Markos Marín (Leonid Andreyevich), Marta Poveda (Varya) y Noelia Marló (Dunyasha).

  • Lo mejor: Es una propuesta de gran belleza con excelentes profesionales.
  • Lo peor: La dificultad que entraña dar ritmo y continuidad a una obra cuyo motor interno se ubica precisamente en la inacción de sus personajes.