Ciclismo

Tadej Pogacar tritura a sus rivales en el Tour de Flandes

El ciclista esloveno volvió a dar otra lección de ciclismo en una de las grandes clásicas. Sólo Van der Poel intentó aguantarle, pero fue imposible

OUDENAARDE (Belgium), 05/04/2026.- Slovenian rider Tadej Pogacar of UAE Team Emirates XRG wins the 164,1 kilometres Tour of Flanders one-day cycling race from Oudenaarde to Oudenaarde, in Oudenaarde, Belgium, 05 April 2026. (Ciclismo, Bélgica) EFE/EPA/OLIVIER MATTHYS
Tadej Pogacar, ganador del Tour de FlandesOLIVIER MATTHYSAgencia EFE

No hay nadie como Tadej Pogacar y empieza a dudarse si ha habido alguna vez alguien como el esloveno. Eddy Merckx era un caníbal, pero es que Pogacar no deja restos, se come hasta los huesos, gana en cualquier terreno, competición, rival o estación del año. No hay matices para él, pues su vida consiste en ganar y después, volver a ganar, como ha hecho en Flandes, como todos sabíamos que iba a hacer en Flandes.

La mítica carrera belga se convirtió una vez más en el escenario de la nueva exhibición del ciclista esloveno. En un despliegue de poderío y estrategia, Pogacar se erigió como el indiscutible dominador, dejando una estela de rivales impotentes a su paso. La victoria, la tercera en su palmarés en las clásicas de pavé, se gestó a fuego lento, pero con un desenlace predecible para quienes siguen de cerca la trayectoria de este portento.

Una escapa sin futuro

La jornada comenzó con la habitual fuga del día, una treintena de hombres valientes que buscaban inscribir su nombre en los anales de la historia, aunque sabían que la gloria reservada estaba mucho más arriba. Entre ellos, dos ciclistas del modesto Burgos Burpellet se dejaban ver, demostrando que la pasión por el ciclismo no entiende de presupuestos. El pelotón, como era de esperar, les concedió un margen, un respiro efímero antes de que el destino de la carrera tomara rumbos más serios.

Un paso de tren, decisivo

La carrera no tardó en presentar sus primeros giros de guion. En el kilómetro 60, un paso a nivel mal calculado por parte de algunos corredores se convirtió en un punto de inflexión inesperado. Un sector del pelotón se vio obligado a detenerse bruscamente, atrapado por el paso de un tren. Pogacar y Remco Evenepoel, dos de los grandes favoritos, lograron pasar de largo, anticipándose al peligro o simplemente disfrutando de una fortuna que a otros les fue esquiva. En el lado opuesto de la fortuna se encontraron Mathieu van der Poel y Wout van Aert, quienes quedaron detenidos, esperando la señal verde del semáforo ferroviario, mientras el resto de la carrera continuaba su curso.

A partir del kilómetro 109, el recorrido se puso verdaderamente serio. Los adoquines, la esencia misma de Flandes, comenzaron a aparecer en forma de tramos en ascenso, poniendo a prueba la fortaleza y la pericia de los ciclistas. Fue entonces cuando el equipo de Pogacar, el UAE Team Emirates, tomó las riendas de la carrera. Bjerg, uno de sus gregarios, se encargó de imprimir un ritmo endiablado, provocando las primeras roturas en el pelotón y seleccionando el grupo de aspirantes.

En medio de este selectivo escenario, Sainbayar, del Burgos Burpellet, demostró que no estaba allí solo de paseo. Coronó en cabeza el Viejo Oude Kwaremont, uno de los tramos adoquinados más icónicos, dejando una imagen para la historia personal. Pero la verdadera acción, la que dictaría sentencia, estaba por venir.

Pogacar pasa a la acción

Fue en el kilómetro 77 de meta, en Berg Ten Houte, donde Pogacar comenzó a desplegar su estrategia. Un ataque sutil, un aumento de ritmo que tensó la cuerda y seleccionó un grupo de unos veinte ciclistas, los que aún aspiraban a discutirle la victoria. Entre ellos, los nombres de los grandes favoritos. El primer latigazo de entidad, una demostración de su potencia, llegó en el segundo paso por el Viejo Kwaremont. A su rueda, los más fuertes: Van der Poel, Van Aert, Evenepoel y Pedersen.

Pero Pogacar no se conformó. Apenas unos kilómetros después, lanzó otro hachazo en el desafiante Paterberg. Asumió el mando de las operaciones sin la menor intención de pedir relevos. La dureza del ataque pasó factura a sus perseguidores. Pedersen, Van Aert y Evenepoel comenzaron a descolgarse, incapaces de mantener la estela del esloveno. En la cima de la ascensión, solo quedaban dos hombres en cabeza: Pogacar y Van der Poel.

Ambos ciclistas, conscientes de la amenaza que suponía dejar huecos, comenzaron a colaborar. Se dieron relevos, un pacto tácito para evitar que los perseguidores, especialmente un combativo Evenepoel, pudieran enlazar de nuevo. La carrera se había convertido en un duelo anticipado, una lucha que prometía emociones fuertes hasta la línea de meta.

A 30 kilómetros de meta, en el Viejo Kuisberg, Pogacar volvió a tensar el ritmo. Van der Poel, aunque mostrando signos de fatiga, resistió, pero la impresión era clara: el neerlandés iba más justo de fuerzas. A 25 kilómetros de Oudenaarde, la victoria ya era cosa de dos. La brecha con Evenepoel era insalvable, el belga no podía enlazar con la dupla de fugados.

El ataque definitivo

La sentencia definitiva llegó en el tercer paso por el Viejo Kwaremont. Pogacar lanzó un ataque con una virulencia que dejó sin respuesta a Van der Poel. El neerlandés sufrió para no despedirse de sus opciones, pero la diferencia se incrementó. En el Paterberg, Pogacar aumentó ligeramente la diferencia, una pequeña brecha que se antojaba ya insalvable. Con la mirada fija en la meta, el esloveno se dirigió imparable hacia la victoria.

Pogacar cruzó la línea de meta en solitario, proclamándose vencedor de su tercer Tour de Flandes. Un triunfo incontestable que reafirma su dominio en las clásicas y su estatus como uno de los ciclistas más grandes de la historia. Quizá, y sin quizá, el más grande.