Fútbol

Así ha sido el desesperado grito de Álvaro Odriozola al lesionarse en su primera jugada del Real Sociedad - Oviedo

El lateral derecho del equipo vasco acababa de salir al campo y en su primera disputa por la pelota se ha caído al suelo lesionado

SAN SEBASTIÁN, 21/02/2026.- El defensa de la Real Sociedad Álvaro Odriozola (c) reacciona al lesionarse durante el partido de liga que enfrentó a la Real Sociedad y el Real Oviedo en el estadio Anoeta, este sábado. EFE/Juan Herrero
Odriozola, lesionado en el Real Sociedad - Oviedo de LaLigaJuan HerreroAgencia EFE

Álvaro Odriozola gritó con desesperación, lesionado, en el Real Sociedad-Oviedo (3-3) de la jornada 26 de LaLiga. Era su primera acción en el campo tras sustituir a Aramburu en el lateral derecho del equipo realista. Peleaba la pelota con Fede Viñas, el jugador del Oviedo, que la protegía bien y, de repente, Odriozola se fue al suelo y supo, por su grito y dolor, que estaba lesionado de nuevo.

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Así, con la crueldad que solo el fútbol sabe fabricar en cuestión de segundos, se interrumpió el regreso de uno de los laterales más castigados por la mala suerte en los últimos años. Álvaro Odriozola había superado un largo periodo de problemas físicos y había conseguido volver a la dinámica del equipo.

Odriozola, suplente

El partido entre la Real Sociedad y el Oviedo arrancó con el donostiarra en el banquillo. Pellegrino Matarazzo apostó por Jon Mikel Aramburu en el lateral derecho desde el inicio, una elección conservadora ante un Oviedo que visitaba Anoeta con la solidez característica de los equipos en problemas. La primera mitad no fue generosa con los txuri-urdin. Les costó generar peligro, encontrar espacios y sostener el ritmo que exige jugar en casa. El Oviedo, compacto y bien ordenado, les negó la profundidad y llegó al descanso con la sensación de haber controlado el encuentro sin demasiados sobresaltos.

En ese contexto, Matarazzo movió el tablero en el intermedio. El técnico introdujo a Yangel Herrera por Beñat Turrientes para ganar presencia en el centro del campo, y también dio entrada a Orri Óskarsson para aportar verticalidad en ataque. La otra pieza del rompecabezas era Odriozola: entró por Aramburu con la misión de dar mayor profundidad ofensiva por la banda derecha. El perfil del lateral donostiarra, más lanzado hacia adelante que su compañero, encajaba con la necesidad del equipo de romper la muralla asturiana.

La mala suerte de Odriozola

El plan tenía lógica. Duró exactamente lo que tardó Odriozola en participar por primera vez en el juego. Fue con Fede Viñas en una disputa por el balón en la que el jugador del Oviedo, más espigado y físico, protegió bien la pelota. En el forcejeo, Odriozola realizó un gesto brusco con la rodilla izquierda. El grito que siguió heló el ambiente en las gradas. No era el quejido de un golpe pasajero. Era algo más serio, y todos lo entendieron enseguida.

El historial de Odriozola convierte cualquier caída suya en motivo de alarma. Sus lesiones han interrumpido su carrera demasiadas veces. Cuando cayó al césped de Anoeta, la memoria colectiva de quienes siguen a la Real Sociedad viajó de inmediato a todas las recaídas anteriores, a todos los plazos incumplidos, a todas las recuperaciones que terminaron en nuevas bajas. El movimiento en la rodilla encendió esas alarmas con una intensidad que la imagen transmitía sin necesidad de explicación alguna.

Los jugadores de ambos equipos se acercaron a interesarse por su estado. No es un gesto habitual cuando el golpe parece leve. Es la respuesta instintiva del fútbol ante algo que intuye grave. Desde el banquillo visitante también hubo atención. Santi Cazorla salió del banquillo del Oviedo para comprobar lo que estaba ocurriendo en el césped. La imagen del mediapunta asturiano pendiente de la situación subrayó la dimensión del momento.

La imagen más dolorosa

El propio Odriozola fue el primero en entender que no podía continuar. Sin intentar ponerse en pie por sus propios medios, sin tentar la suerte, hizo un gesto claro al banquillo: el cambio era necesario e inmediato. No podía apoyar el pie de la pierna lesionada. Aritz Elustondo ocupó su lugar en el campo mientras los servicios médicos del club asistían al lateral para retirarlo del terreno de juego. Odriozola salió cojeando, con el rostro desencajado, incapaz de disimular el dolor ni la frustración de quien ve cómo se repite, una vez más, el mismo guión.

Lo que más duele en la historia de Odriozola no es una lesión concreta. Es la acumulación. Es la sensación de que el cuerpo le niega la continuidad que su fútbol merece cuando está sano. Cada vez que parece haber encontrado el camino de regreso, algo se tuerce. Esta vez ni siquiera hubo tiempo de demostrar que la recuperación había funcionado. Una sola acción, un solo gesto en falso, y de nuevo a empezar.

El partido en Anoeta siguió su curso sin él, hubo seis goles, pero la tarde quedó marcada por ese grito inicial, por esa imagen del lateral donostiarra en el suelo con la mano en la rodilla izquierda y la certeza en el rostro de quien ya conoce demasiado bien ese dolor.