Hípica
"Gato" y "Mancha", un siglo de la epopeya criolla que atravesó América a caballo
Desde Buenos Aires a Nueva York recorrieron con el profesor suizo Aimé Félix Tschiffely 21.000 kilómetros, 20 naciones y 504 etapas en tres años, cuatro meses y 149 días. El viaje simbolizó la unión entre las naciones americanas
En la primavera austral de 1925, sin más infraestructura que la voluntad y dos monturas rústicas, comenzó una de las mayores hazañas de la historia ecuestre: desde el predio de la Sociedad Rural Argentina, en Buenos Aires, partieron "Gato" y "Mancha", dos caballos criollos, junto al profesor suizo Aimé Félix Tschiffely. El destino era Nueva York. El trayecto, incierto. En juego no estaba una travesía de largo aliento, sino la reputación de una raza forjada en la intemperie.
En aquella época, el caballo criollo cargaba con prejuicios. Se le reconocía rusticidad, pero no grandeza. Emilio Solanet, hacendado y firme defensor de la cría organizada en Argentina, sostenía lo contrario. Había adquirido a "Gato" y a "Mancha" años antes al cacique tehuelche Liempichún, en la Patagonia, y conocía su resistencia. Ambos habían crecido en campos abiertos, sometidos a inviernos duros, pastos escasos y aguas de calidad irregular. No eran ejemplares de exposición. Eran caballos hechos para sobrevivir.
Cuando inició la expedición, "Mancha" tenía 15 años y lucía un pelaje overo rosado; Gato, de capa bayo gateado, contaba 16. Para muchos, edades impropias para semejante proeza. Tschiffely, convencido de que la fortaleza no dependía de la juventud sino del temple, buscó a Solanet y expuso su plan: unir Buenos Aires con Nueva York a caballo. El criador no solo aceptó la idea, sino que le confió gratuitamente los dos animales. Durante semanas, jinete y monturas se adaptaron el uno al otro antes de emprender camino.
La marcha se prolongó durante tres años, cuatro meses y 149 días. Fueron 504 etapas, con una media cercana a los 46 kilómetros diarios. El itinerario atravesó más de trece países y superó los 21.000 kilómetros. En amplias zonas no había caminos definidos. El avance dependía de guías locales, referencias imprecisas y una capacidad constante de adaptación.
La cordillera de los Andes representó una de las pruebas más severas. En varias ocasiones debieron superar pasos de gran altitud, con temperaturas que descendían hasta los 18 bajo cero y una atmósfera enrarecida. El récord se alcanzó en el Paso El Cóndor, entre Potosí y Challapata, en Bolivia, a 5.900 metros sobre el nivel del mar. La resistencia fisiológica de los criollos, acostumbrados a cambios bruscos de clima y terreno, resultó decisiva.
El desierto peruano ofreció otro escenario extremo. Entre Huarmey y Casma se registraron 52 grados a la sombra. No había agua corriente ni forraje disponible. La arena ardía y los cascos se hundían hasta cuarenta centímetros. El guía contratado para ese tramo abandonó, incapaz de soportar las condiciones. "Gato" y "Mancha", tras encontrar un punto de agua donde revolcarse y beber, recuperaron el apetito y continuaron. La supervivencia, en su caso, no era un acto excepcional, sino una rutina aprendida en la Patagonia.
En las selvas de Panamá y Colombia, la amenaza dejó de ser térmica para volverse biológica. La humedad permanente, los insectos y las enfermedades tropicales pusieron en riesgo al trío. Tschiffely contrajo malaria y perdió la audición en un oído. Aun debilitado, protegió a sus caballos de parásitos y de animales salvajes que merodeaban en la espesura. La carga que transportaban era mínima; ni siquiera llevaba carpa, pues el peso adicional podía comprometer el avance.
Los caballos no compartían carácter. "Mancha" era vigilante, desconfiado con los extraños y celoso de su jinete. "Gato" mostraba una disposición más serena. Aceptó la disciplina del viaje y asumió el ritmo impuesto por la empresa. Tschiffely dejó constancia del vínculo que los unía: no necesitaba atarlos por la noche. Aunque durmiera en una choza aislada, los animales permanecían cerca y lo aguardaban al amanecer.
La prensa siguió el recorrido con creciente interés. El diario "La Nación" informó periódicamente sobre el avance y las dificultades. En México, la llegada fue celebrada con escoltas de charros y homenajes públicos en el Zócalo capitalino. La expedición comenzó a adquirir dimensión continental. Más que un desafío deportivo se interpretó como un puente simbólico entre naciones americanas.
El 20 de septiembre de 1928, Aimé Félix Tschiffely entró en la Quinta Avenida de Nueva York montando a "Mancha", escoltado por la policía local. "Gato", herido meses antes por la coz de una mula en Ciudad de México, no pudo cubrir montado los últimos tramos, aunque llegó a destino. La imagen de un caballo criollo avanzando por el corazón de Manhattan sintetizaba tres años de esfuerzo sostenido y 20 naciones atravesadas de sur a norte.
En Washington D. C., el presidente Calvin Coolidge recibió al jinete y destacó el valor de la gesta como símbolo de entendimiento entre pueblos del continente. Los caballos fueron exhibidos en el Madison Square Garden, no como curiosidad exótica, sino como prueba tangible de una capacidad adaptativa poco reconocida hasta entonces.
El regreso a Buenos Aires fue en diciembre de 1928. "Gato" y "Mancha" pasaron el resto de sus días en la estancia El Cardal, en Ayacucho, bajo el cuidado de Juan Dindart y en libertad. Años más tarde, cuando Tschiffely volvió al campo, bastó un silbido para que ambos acudieran al trote.
"Gato" murió en 1944 con 36 años. "Mancha", en 1947 con 40. Muy viejos, viejísimos, confirmando que eran especiales. Sus restos embalsamados se conservan en el Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo, en Luján, donde aún hoy pueden verse los cueros originales. Aimé Félix Tschiffely falleció en 1954; décadas después, sus cenizas fueron trasladadas al campo de Solanet.
En conmemoración de la llegada a Nueva York, el 20 de septiembre fue instituido en Argentina como Día Nacional del Caballo. Actualmente, a nivel mundial, es el día internacional del caballo.