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Golf

Sergio García destroza su palo por la rabia en Augusta y lo que hace después deja a todo el mundo sin palabras

El golfista español, como Jon Rahm, está padeciendo el Masters y no termina de encontrarse

Sergio García en el Masters de Augusta CHRIS TORRESEFE

Sergio García pelea contra sí mismo. El mito del golf español intenta en Augusta recuperarse o encontrarse, pero no termina de conseguir y eso a veces le hace caer en la desesperación. Le ha sucedido con el drive, cuando no le ha salido bien un golpe. Desesperado, ha roto el palo.

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Fue la constatación de una jornada que se prometía larga y penosa para el golfista de Borriol. Tras una primera vuelta con luces tenues, la segunda parecía empeorar el panorama hasta extremos francamente desoladores. El hoyo 5, un par cuatro, se convirtió en el escenario perfecto para ese descalabro: salida a calle y segundo golpe que se perdía pasado el green, obligándole a un approach casi imposible. El intento de buscar el bogey se tornó en una jugada desastrosa, un tercero malísimo que casi se escapaba de nuevo, obligándole a firmar un resultado que emborronaba aún más la tarjeta y la moral. Parecía haberse aliado directamente con el infortunio.

Y justo después, en ese mismo hoyo 5, la vida, o mejor dicho, el destino de un torneo como el Masters, te ofrece una bofetada de realidad. Mientras Sergio luchaba contra sus propios fantasmas y el campo, aparecía la figura de Jon Rahm. El de Barrika, que venía sufriendo su propia montaña rusa de emociones, rubricaba un bogey que, comparado con el desastre de su compatriota, sonaba a victoria pírrica. La diferencia entre ambos en ese instante, un +8 para Sergio y un +4 para Jon, era un reflejo de las trayectorias dispares, de las sensaciones encontradas, de dos españoles en Augusta que compartían recorrido pero no rumbo.

Jon Rahm choca con la realidad

Porque si algo define este Masters, y esta jornada en particular, es la volatilidad, la sorpresa constante que te desarma la estrategia y te obliga a pensar sobre la marcha. Jon Rahm, que arrancaba con un +5 tras el primer hoyo, parecía haber encontrado un resquicio de esperanza con un birdie en el segundo, recuperando terreno y sensaciones. El chip maestro demostraba que, pese a las dificultades, el campeón español aún tenía chispa, esa capacidad de generar oportunidades donde otros ven muros. Sin embargo, el hoyo 3, un par cuatro, volvía a ponerle a prueba. Una salida potentísima, de esas que te ahorran metros y te invitan a soñar, pero que terminaba con un approach lejano, un putt para par que se quedaba en nada, y un nuevo bogey que le devolvía a la cruda realidad.

Sergio García, como un caddie

La jornada transcurría, lenta para algunos, vertiginosa para otros, en ese vaivén que caracteriza los grandes torneos. Sergio, ya había vivido su particular calvario. El hoyo 2, otro par cuatro, veía cómo su salida terminaba en la calle, pero con una distancia considerable hasta el green, obligándole a un segundo golpe que dejaba aún más de 200 metros. La frustration latente, la imagen de la pelea interna, se hacía palpable en cada movimiento. No es de extrañar que, tras un golpe no deseado, la imagen se volviera más gráfica: la del driver golpeando el suelo, un gesto de autodestrucción que, curiosamente, le llevó a coger su bolsa de palos cual caddie improvisado. Un acto que, más allá de la anécdota, reflejaba la profunda incomodidad, la necesidad de desahogar una frustración que parecía no tener fin.

Los minutos pasaban, y con ellos, la certeza de que Augusta es un juez implacable. Un torneo que, para muchos, se convierte en una batalla contra uno mismo, donde los demonios internos suelen ser los rivales más difíciles de batir. Sergio y Jon, cada uno en su particular pugna, se movían por el recorrido, compartiendo ese escenario de gloria y agonía, sabiendo que cada golpe cuenta, que cada fallo se paga caro. Muy, muy caro