
Economía
Impuestos y pobres en la era Trump
Trump acapara toda la atención al mismo tiempo que hace temblar al mundo, y eso relega todo a un segundo plano, incluida la necesaria revisión en profundidad del sistema fiscal español

Jacques Tati (1908-1982), actor y mimo francés, dio con la fórmula de la prosperidad hace años, aunque nadie la ha aplicado: «Habría –aseguraba– una manera de resolver todos los problemas económicos: colocarle impuestos elevados a la vanidad».
En la que se recordará, dure lo que dure, como era Donald Trump, la recaudación con el presidente americano de protagonista sería más que ingente. La vanidad de otros mandatarios, en casi todas partes, también llenaría las arcas públicas con esa fórmula fiscal. Alfonso Guerra siempre comentaba que todo el mundo tiene algún punto débil, pero el único que es común a todos es «la vanidad».
La política trumpista exigirá –ya exige– más gasto en defensa, ahora sí esta claro, por si acaso. Eso significará, en muchos países, más impuestos, algo que aprovecharán los gobiernos, de casi todos los colores, para justificar el exprimir más a los ciudadanos.
En plena era Trump, con Maduro a buen recaudo y que pronto será olvidado, España tiene pendiente una reforma fiscal para la que tampoco habrá acuerdo político y que, de momento, está aparcada. La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, vive feliz en una especie de nirvana recaudatorio, en plena orgía de ingresos, gracias a la evolución de la economía y, sobre todo, a los sucesivos aumentos de impuestos –en buena parte por la puerta de atrás y de forma encubierta– por su negativa a actualizar las tarifas con la inflación.
Fedea, el «think tank» –pensadero– económico más prestigioso de España, que dirige Ángel de la Fuente, promueve una trilogía de trabajos bajo el epígrafe de «Reflexiones sobre el sistema fiscal español». Acaba de aparecer el segundo, elaborado por José Félix Sanz, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de la Universidad de Madrid.
El estudio concluye que el sistema fiscal español no requiere algunos toques de figuras tributarias, sino «una revisión a fondo» que ayuden a resolver «los problemas estructurales del país» en el terreno fiscal.
El diagnóstico es contundente: El deterioro de la posición fiscal española es el resultado de «un patrón sostenido de déficits presupuestarios, una deuda pública persistentemente elevada y una arquitectura institucional incapaz de disciplinar de forma creíble el proceso presupuestario».
Sanz explica que los gobiernos españoles recurren a la deuda para pagar el gasto como «sustituto de la imposición explícita». Describe a un país que soporta la carga fiscal, «propia de una economía rica, y su nivel de renta, propio de una economía media».
Además, constata –como tantos otros expertos– que en las últimas dos décadas –incluye a los Gobiernos de Zapatero, Rajoy y Sánchez– España ha incrementado de forma sostenida su presión fiscal, mientras su capacidad económica se ha reducido en términos relativos.
Los datos son tozudos: los ingresos tributarios han pasado del 33 % del PIB al 37–38 % en 2023, mientras que el PIB per cápita, medido en términos de poder adquisitivo, ha retrocedido desde niveles cercanos a la media de la Unión Europea (UE) de 15 países hasta situarse en el 85 % de la media de la UE de 27 países.
En otras palabras, que no utiliza el informe, los españoles pagan más impuestos pero son más pobres, al menos en proporción a otros ciudadanos comunitarios. Nada nuevo. Churchill (1874-1965) ya decía que «una nación que intente prosperar a base de impuestos es como un hombre con los pies en un cubo tratando de levantarse tirando del asa».
José Félix Sanz defiende que los gravámenes sobre el capital, la inversión y el trabajo generan más distorsiones, sobre todo cuando aplican «tipos marginales elevados y en ocasiones caprichosos y se aplican a bases tributarias estrechas».
No lo explicita, pero se refiere a los impuestos ideados para castigar a los ricos, que gozan de mucha popularidad, pero espantan la inversión y generan pocos ingresos. Para corregir esas «distorsiones», propone reducir las tarifas de ese tipo de impuestos y aumentar las de los que gravan el consumo y el medio ambiente.
Defiende que, en contra de lo que se suele argumentar, «distorsionan» menos que la tributación sobre el trabajo y el capital, y que «no son necesariamente regresivos». Por eso sugiere, para el IRPF un impuesto lineal, con tipo de marginal único y un mínimo exento.
En el caso del impuesto de sociedades también reclama avanzar hacia un tipo nominal único, al margen de su tamaño, y alineado con el del IRPF reformado. En conclusión, «España no necesita mayor presión fiscal, sino un sistema fiscal mejor diseñado, integrado en un marco institucional creíble y orientado al crecimiento». No parece sencillo hacerlo ahora, con la excusa de Trump y su vanidad: sería un chollo fiscal si pagara los impuestos que sugería Tati.
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