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Editorial

Dar la espalda a los aliados pasa factura

El prestigio, la imagen y la seguridad de España no son variables que primen. Tampoco que la tierra de nadie que pisa nuestra diplomacia, la perversa equidistancia, que es hacer el juego a los enemigos terroristas de la libertad, incomode o afecte

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez Europa Press

Es poco probable, por no decir imposible, que el Gobierno se crea su relato sobre el veto a Estados Unidos para utilizar las bases de Morón y Rota en sus operaciones contra la tiranía iraní. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, restó trascendencia al bloqueo, apuntó que no temía consecuencia alguna y apostilló que «no hay nada extraño ni sorprendente», puesto que el ataque de Trump no se enmarca en el convenio bilateral sobre el uso de las dos instalaciones de soberanía española. Como pensamos que el diplomático Albares tiene de ingenuo lo que Putin de guardián de la paz, damos por descontado que Sánchez ha incurrido en una manifiesta deslealtad con nuestro gran socio histórico a sabiendas de que no sería inocua y de que las consecuencias se dejarían sentir más temprano que tarde. De momento, ayer Trump nos tildó de «socio terrible» y anunció que cortará todo el comercio con España. Quedarse al margen de una situación de crisis cuando los tuyos te esperan y necesitan, darles la espalda, es uno de los peores pecados, si no el peor, que se puede cometer entre naciones amigas con vínculos y deberes sellados en compromisos históricos. Quebrar la confianza sostenida en el tiempo ni se olvida ni tampoco se disculpa. Menos todavía cuando se alude al Derecho internacional, pero se omite el principio de la responsabilidad de proteger cuando se producen crímenes de lesa humanidad por regímenes terroristas y genocidas capaces de dotarse del arma nuclear con la determinación de erradicar a un país entero de la faz de la tierra. No escuchamos a Sánchez ni a Albares invocar leyes ni principios mientras la teocracia iraní asesinaba a miles de opositores que salieron a la calle por la democracia. Ni una acción diplomática ni jurídica contra los culpables para conducirlos ante los tribunales internacionales. Nada es nada. No estamos, por tanto, ante un acto de integridad, probidad y humanidad del Gobierno y su presidente con inocentes e indefensos clérigos de por medio. Se ha apadrinado un aislacionismo para nuestro país, que en realidad supone tomar partido, como han agradecido Teherán, los hutíes, Hamás y Hezbolá. Lo ha hecho por la razón que anida en todo movimiento de Sánchez: preservar el poder a cualquier precio. Incluido haber retratado la diplomacia de quien presume de demócrata y leal, pero abandona a los suyos en plena batalla. Es imposible hallar mayor perfidia. Como siempre, Sánchez se maneja en un cortoplacismo que lo distancia de los efectos a medio y largo plazo. El prestigio, la imagen y la seguridad de España no son variables que le interesen. La tierra de nadie que pisa nuestra diplomacia, la perversa equidistancia, que es hacer el juego a los enemigos terroristas de la libertad, ni incomoda ni afecta. El daño está hecho, fuera del eje de las democracias. Inermes y solos. Sabe que cuando España precise de sus socios, él ya no estará al mando.