A Mareas revueltas ganancia del BNG

El efecto Ana Pontón resurge un nacionalismo al borde de la desaparición y arrincona al PSdG al tercer puesto

Abren las urnas en Galicia
Un trabajador de Alcoa vota en un colegio electoral de Burela, Lugo, con un chaleco amarillo pidiendo que no se cierre la empresaEliseo TrigoEFE

La izquierda en Galicia cambia de color. Ni rojo, ni morado, ahora es celeste gracias a las trifulcas aireadas por doquier entre las Mareas y los de Unidas Podemos y al efecto Ana Pontón, la candidata del BNG que cogió un partido nacionalista al borde de la desaparición y lo ha situado en segundo lugar en el Parlamento dando el sorpaso al PSdeG.

Póntón aspiraba a llevar al nacionalismo a lo más alto de la Xunta, y a convertirse en la primera mujer en presidir la institución gallega. Aunque no lo ha conseguido, nadie puede negarle el éxito obtenido en las primeras elecciones de la era covid-19.

En 2016, la primera vez que fue candidata, el BNG acusó con fuerza la presencia de las Mareas que alcanzaron 14 asientos en el Pazo del Hórreo, y la formación nacionalista se quedó solo con seis. Lejos de amedrentarse, Pontón supo moverse entre los jóvenes desencantados de una izquierda ultra dividida en las cuatro provincias gallegas y que además ha protagonizado episodios vergonzosos de descalificaciones de unos a otros en público y con efectos mediáticos.

El ascenso durante la campaña de esta nacionalista de Sarria, Lugo, ha sido meteórítico, superando hasta la época de mayor exito del BNG de José Manuel Beiras, cuando la formación galleguista consiguió 18 representantes en 1997 y logró el sorpaso sobre los socialistas de entonces.

Pero esta victoria no es como la de entonces. Ahora esta joven gallega ha conseguido barrer de un plumazo a la izquierda y situarse de tú a tú enfrente de Feijóo para convertirse en su pesadilla de oposión, aunque sin apenas fuerza gracias a la cuarta mayoría absoluta alcanzada por el candidato popular.

El nacionalismo vive así un resurgir casi de las cenizas, en declive desde los comicios de 2001 donde vivió una época de pactos con el PSdeG en importantes plazas, que acabaron también rotos antes o después.

El partido de Iglesias fio prácticamente el éxito de su campaña a la presencia de su ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, natural de Fene, Coruña, que sin ser candidata ha presidido muchos actos.

El fracaso ha sido tan estrepitoso que en su propio municipio, donde más de 6.500 personas fueron a las urnas, apenas 398 han apoyado a Galicia en Común.

Los morados desaparecen del mapa político gallego y el BNG más que ha triplicado, pasando de seis a 19, pero sin conseguir su objetivo principal: desbancar al Partido Popular de la presidencia de la Xunta de Galicia.

Los socialistas, con Gonzalo Caballero a la cabeza, no han conseguido tampoco los resultados esperados. En la recta final de la campaña se empeñaron en conseguir el voto de un sector de trabajadores dañado por los efectos devastadores en la economía de la pandemia por la Covid-19, y pidieron el apoyo a los gallegos «hartos de manifestarse en las calles» para conseguir cambiar la situación «y dar el protagonismo a los trabajadores».

Su campaña, buscando el voto sindicalista, no les ha aupado a ser alternativa a la Xunta, aunque sí han conseguido mantener sus escaños en el Parlamento, tienen que soportar el sorpaso del BNG, como en 1997, y situarse como tercera fuerza sin ser alternativa de izquierdas, ni mucho menos poder liderar un cambio, como vendieron una y otra vez en todos los mítines que realizaron por los rincones de una comunidad que es fiel al PP, y especialmente desde hace cuatro legislaturas a Feijóo.

Caballero vivió estos comicios como un plebiscito de Madrid y vendió a sus votantes que echar a Feijóo de la Xunta era el primer paso para dar un fuerte varapalo a Casado en Madrid. Pero ni varapalo, ni echar de la Xunta a Feijóo y, por ende, al PP.