Desde la Tribuna
47 muertos después y la culpa no es de nadie
El presidente ha hablado en corto, para acabar diciendo sólo que el Gobierno hizo los deberes.
A Pedro Sánchez hay que reconocerle muchas capacidades para conservar el poder, pero una de las más sorprendentes es su cualidad impermeable. Da igual lo que suceda, a él todo le resbala. La única vez que la hemeroteca recuerda al presidente pidiendo perdón fue cuando salió el informe de la UCO sobre Santos Cerdán. Y hasta ese fue un perdón hipotecado: lo siento porque otros se equivocaron. ¿Asume la responsabilidad? A ver, tampoco hace falta pasarse.
Este miércoles ha vuelto a suceder. Sánchez ha comparecido en el Congreso de los Diputados para hablar de los accidentes ferroviarios de Adamuz y Gelida que se cobraron 47 vidas y no ha asumido ninguna responsabilidad. Ni él, ni en nombre del Ministerio de Transportes donde ha ido colocando a sus más fieles espadas.
El presidente ha expuesto durante su intervención una retahíla de argumentos técnicos para llevar al público a una conclusión que, aunque no se ha atrevido a verbalizar, ha caído por su propio peso: la culpa de los accidentes no es de nadie y el Gobierno hizo bien todo lo que estaba en su mano hacer.
Ha defendido que la infraestructura fue renovada de forma integral, que la renovación se llevó a cabo conforme a "los más altos estándares de calidad" y que es normal que haya incidencias en una red tan extensa, que puesta en línea recta llega del Polo Norte al Polo Sur. Y lo ha hecho en apenas media hora de discurso, él, que suele extenderse durante horas cuando habla de cosas que debe considerar más importantes. Y menos mal, a cinco minutos ha estado de decir que las víctimas de Adamuz es el precio a pagar por tener una red ferroviaria tan grande y tan buena.
Pero una de las buenas cosas que tiene el parlamentarismo es que la versión oficial no tiene por qué ser la única. Segundos después de Sánchez, subió Alberto Núñez Feijóo a la Tribuna y enmendó todo. Le dijo que las víctimas se merecen respeto y que el Gobierno no se lo está brindando: "Hay que estar hecho de otra pasta para hacer este cajón de sastre y que no se le revuelvan las tripas. No ha asumido ni un solo error", ha dicho.
Feijóo ha asegurado que el de Adamuz "era un accidente evitable, no una catástrofe imprevisible y debería haber venido a pedir perdón y a asumir las consecuencias". "Gobernar no es volar en Falcon y gastar el dinero público en lo que quiera, gobernar es desgastarse para que su país no se desgaste", ha subrayado, sin notar esa capacidad resbaladiza que tiene Sánchez en la piel y que hace que la cosa sea justamente al revés.
Y hasta ahí Adamuz. Si por algún casual alguno de los familiares de las 47 víctimas de la crisis ferroviaria ha estado viendo la televisión esta mañana para sacar algo en claro, bien podría haber apagado el dispositivo tras la intervención de Feijóo y dedicar el resto de su mañana a cosas más valiosas. Porque en el resto de intervenciones se habló de trenes como algo circunstancial, la mayoría aprovechó el altavoz del Congreso para colocar otros mensajes que nada tenían que ver con lo sucedido.
Santiago Abascal, a bandazos argumentativos, ha preferido hablar de los problemas que (considera él) genera la migración para los españoles, sobre la presión fiscal, sobre que los españoles quieren trabajar pero no ser esclavos. Ha guardado hasta un recuerdo para Bill Gates y George Soros, cabezas de eso que las teorías de la conspiración llaman "globalismo" y ante lo que la gente normal pone caras raras.
Gabriel Rufián ha parecido, a ratos, un fichaje del PSOE alabando la buena respuesta que dio Óscar Puente ante la tragedia. El independentista catalán que ahora pretende reunificar la izquierda española hasta ha contado en su casa las entrevistas del ministro para demostrar que es verdad lo que dice. La única crítica que le ha hecho ha sido la de "perpetuar un modelo de infraestructuras profundamente clasista". Perpetuar. Es decir, no cambiar un problema que generaron otros.
Sumar ha hablado de vivienda, Junts se ha centrado en que los Rodalies no funcionan bien, la de Bildu ha dicho que al PP no le importan las víctimas de Adamuz, sino que busca equilibrar la mala gestión de Carlos Mazón con la dana, y se ha centrado también en el escudo social y en el cambio climático, cosas que tienen mucho que ver.
Algunos socios, eso sí, han criticado al Gobierno su falta de autocrítica en todo este asunto. Pero han sido críticas de esas que quedan muy bien de cara a la galería, que nadie les pueda decir que hay compadreo, para que mañana todo siga igual.
De hecho, en un momento del debate los cuatro ministros que representan a los socios del PSOE en el Gobierno se han levantado y se han ido. Primero lo han hecho Pablo Bustinduy y Mónica García. Luego, Sira Rego. Más tarde, Ernest Urtasun. Han salido, además, por la puerta alta del hemiciclo, fuera de la vista de los periodistas. ¿Reunión en la cumbre? Lo de Adamuz es importante, pero la izquierda no se va a refundar sola.