Mi perro no ladra
Con ellos mismos ya negocian un nuevo escudo social
PSOE y Sumar han empezado ya a debatir dentro del Gobierno las nuevas ayudas por Irán. El Congreso tumbó dos veces el anterior decreto
Nadie sabe cuánto durará la guerra de Estados Unidos e Israel en Irán. Pero Pedro Sánchez Pérez-Castejón va a «rematar la faena» con ella. Este año ya es el de las bombas en Teherán. Y eso (tristemente) no va a cambiar. El núcleo del Gobierno trabaja con centenares de asesores para salvar al general Sánchez una vez más. Todos creen haber dado con la jugada definitiva. Ya sabe, querido lector, «No a la guerra». Era así de fácil. Solo había que reutilizar una pancarta con 23 años que, como nuestros jóvenes, aún no se ha podido emancipar de Moncloa. Y esperar a que, poco a poco, como si de fichas de dominó trataran, los países europeos cayeran más cerca de Madrid que de Washington para que todos vean que superperro Sánchez tenía razón.
Es verdad que la humanidad no quiere la guerra. Nunca. En «Semillas», el edificio donde se sientan los asesores del presidente, no olvidan que los ciudadanos castigan a sus gobernantes cuando estos van en contra del sentir mayoritario. Pero está por ver que basen su opinión a la hora de votar en un conflicto lejano. La política internacional solo arrastra votos cuando se nacionaliza. Aunque pronto las consecuencias se sentirán cuando vaya a echar gasolina o a encender la calefacción y el aire acondicionado. La guerra ha venido para quedarse en la conversación pública y para producir políticas públicas.
Precisamente ayer, el PSOE y Sumar empezaron a negociar dentro del Ejecutivo el decreto del escudo social que el Congreso ya ha tumbado en dos ocasiones. Pero que ahora, con el pretexto del conflicto, tiene más opciones de salir adelante, según creen en el Gobierno. De hecho, están estudiando qué medidas harán falta para envolverlas en papel de regalo. El objetivo es que el «No a la guerra» sea un «no» a todo lo que provocará y aparecer, una vez más, como un salvador.
Pero en el Gobierno tampoco se llevan a engaño, porque, aunque hayan sabido anticiparse y estar al lado de millones de españoles, el PSOE se seguirá llevando tortazos en las próximas elecciones. Este domingo, se llevará el primero en Castilla y León. Y luego, en Andalucía. Aun así, para el presidente serán pequeñas victorias, porque Vox quedará cerca del 20% del voto. Nada como mezclar en la coctelera dos miedos, a la guerra y a Santiago Abascal, para que el cóctel sepa mejor. Pero la barra libre de Moncloa no se reserva el derecho de admisión. El Gobierno se ha puesto el traje patriota para defender al país de las bravuconadas de Donald Trump.
Incluso el ministro Óscar Puente ha cambiado su foto de perfil en X por una resplandeciente bandera de España. Sánchez ha metido un gol. Pero es difícil que gane el partido. La corrupción sigue ahí. Los escándalos que salpican a su entorno familiar también. Y el juicio a José Luis Ábalos está a punto de arrancar. El 28 de abril se sentará en el Supremo. Seis días antes lo harán el ministro Ángel Víctor Torres y la presidenta del Congreso, Francina Armengol.
Ese calendario no es moco de pavo. En política, los tiempos importan tanto como los hechos. Y esta primavera se perfila como una estación incómoda para el relato de resistencia que Moncloa intenta levantar. Mientras el Gobierno trata de colocar el foco en la geopolítica y en la economía de guerra que se avecina, los tribunales devolverán a la conversación pública una palabra que el Ejecutivo lleva meses intentando apartar del titular: corrupción. En Moncloa confían en que la espuma internacional tape el ruido doméstico. Pero la experiencia demuestra que los casos judiciales tienen una extraña capacidad para sobrevivir a cualquier cortina de humo.
La estrategia, en todo caso, está clara. Si el tablero internacional se convierte en el eje del debate, el presidente jugará la partida como siempre: elevando la política a un plano moral. Guerra o paz. Europa o Trump. Democracia o ultraderecha. No es una fórmula nueva, pero ha demostrado ser eficaz más de una vez. El problema es que, cuando el ruido de las bombas se disipe –porque siempre acaba disipándose–, lo que queda es la política de siempre: la economía, los escándalos y las urnas. Y ahí es donde Sánchez ya no juega solo contra la guerra, sino contra el desgaste de casi una década en el poder. El tiempo que permanecerá al frente le tiene obsesionado.