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Príncipe caído

El purgatorio del expríncipe Andrés: aislamiento, vigilancia y una vida en suspenso tras su arresto

Siete días después de su detención en Sandringham, el hermano de Carlos III vive recluido en Wood Farm bajo control casi constante. Sin agenda, sin vida social y sin margen de maniobra, su futuro se dibuja como un largo limbo

Andrés Mountbatten-Windsor Ap

Ha pasado una semana desde que el 19 de febrero varios agentes de la policía de Thames Valley llamaran a la puerta de Sandringham. Allí fue detenido el expríncipe Andrés, hermano de Carlos III. Tenía 66 años y, según las imágenes captadas durante su traslado a comisaría, el peso del momento se reflejaba en su rostro: desaliñado, visiblemente conmocionado, en estado de shock.

Durante 11 horas fue interrogado en la comisaría de Aylsham, en Norfolk. Desde entonces, su figura -ya erosionada por años de controversias- ha quedado marcada por un nuevo capítulo judicial que redefine por completo su posición dentro y fuera de la familia real británica. La investigación policial en el entorno del Royal Lodge de Windsor ha concluido, pero eso no significa que la tormenta haya amainado. Más bien lo contrario: comienza ahora un tiempo incierto.

Según publica la prensa británica, Andrés vive en Wood Farm bajo un régimen que algunas fuentes describen como un "arresto domiciliario" de facto. No existe una orden judicial que limite formalmente su libertad, pero sí un férreo control de movimientos. "No puede abandonar el recinto sin permiso ni acompañante, y las visitas deben aprobarse previamente", desliza un informante. Incluso sus comunicaciones estarían siendo monitorizadas.

El dispositivo que lo rodea no es menor. Carlos III habría dispuesto un pequeño equipo -cocinero, ama de llaves y un factótum general- para atenderlo. Sin embargo, más que servicio doméstico, el entorno parece funcionar como un anillo de contención. Wood Farm, una residencia de cinco habitaciones dentro de la finca de Sandringham, ha sido reforzada con cámaras de seguridad y una valla perimetral recientemente instalada para blindar la propiedad de miradas indiscretas.

El contraste con su antigua vida es elocuente. Durante dos décadas residió en el Royal Lodge, una mansión de 30 habitaciones en Windsor que compartió con Sarah Ferguson. Allí mantenía una rutina social activa, paseos a caballo y una corte de empleados acorde a su rango. Hoy, su día a día transcurre sin agenda pública, sin apariciones y sin escapatorias ecuestres. Aquellas fotografías trotando sonriente por Windsor, en pleno escándalo por su relación con Jeffrey Epstein, precipitaron -según los tabloides- la decisión del monarca de acelerar su salida.

Se prevé que, tras unas reformas, Andrés se traslade a Marsh Farm, también en Sandringham y aún más modesta. La prensa británica habla de "purgatorio". Aislado, vigilado y convertido en un problema institucional, el antiguo duque de York aguarda su destino en silencio. Sin títulos operativos, sin funciones oficiales y con la reputación herida, su vida ha quedado reducida a un compás de espera que, por ahora, no ofrece redención a la vista.