
Confesión
Mar Flores rompe su silencio sobre su divorcio de Javier Merino
La modelo asegura que "el trauma lo tengo yo cuando tengo que abandonar mi casa cada semana"

En la recta final de DecoMasters, cuando la tensión del concurso alcanza su punto más alto, nadie esperaba que uno de los momentos más memorables no tuviera que ver con telas, colores o presupuestos imposibles, sino con una confesión. La de Mar Flores, que decidió apartar el foco de la decoración para iluminar una parcela de su vida tan discreta como determinante: su separación de Javier Merino.
La escena sucede lejos de las cámaras principales, casi en un aparte. Entre brochas y muebles por restaurar, la modelo comparte con sus compañeras una historia que rehúye el dramatismo fácil. No hay reproches grandilocuentes, pero sí una sinceridad poco habitual. "Yo no me esperaba que me iba a separar. Sabía que las cosas estaban mal, pero pensaba que la situación se iba a reconducir", admite, desmontando la idea de ruptura anunciada.
Distintos momentos vitales
El final de su matrimonio, tras casi dos décadas juntos, no fue un estallido, sino una erosión lenta, marcada por factores externos. La resaca de la crisis de 2008 y la llegada de los mellizos configuraron un escenario emocional complejo. Dos tiempos vitales superpuestos: la fragilidad económica y la intensidad de la maternidad reciente. Un cóctel que, como ella misma reconoce, ninguno de los dos supo gestionar del todo bien.

Y, sin embargo, lo verdaderamente llamativo no es el porqué de la ruptura, sino el cómo. Lejos de repetir errores del pasado -su anterior separación con Carlo Costanzia di Costigliole la describe como "traumática", Flores optó por un enfoque radicalmente distinto. Uno que hoy suena casi utópico: diálogo, respeto y una prioridad clara, sus hijos.
La fórmula, según explica, tiene una condición innegociable: "Yo tengo la custodia compartida, pero eso solo se puede hacer si tienes buen rollo con tu expareja, si no es imposible". No hay lugar para medias tintas. En su caso, ese entendimiento se tradujo en un pacto poco convencional: mantener intacto el hogar familiar y ser los adultos quienes rotan.
Es aquí donde emerge la frase que lo cambia todo, la que revela la cara menos visible del acuerdo: "El trauma lo tengo yo cuando tengo que abandonar mi casa cada semana". Una confesión que despoja de idealismo la narrativa y pone el foco en el coste personal.
El resultado, sin embargo, parece haber valido la pena. Sus hijos —ya adultos o adolescentes— han crecido ajenos al conflicto. Sin disputas legales, sin tensiones económicas, sin escenas que fracturen la estabilidad emocional. "No hubo peleas… mis hijos no han notado que nos hayamos separado", asegura la modelo.
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