Mercedes Basáñez, la hija secreta de Alfonso XII

Según cuentan las crónicas de la época, tenía la misma mirada escrutadora de su padre

«Yo traté muy de cerca –escribía el escritor Ramón J. Sender en su “Álbum de radiografías secretas”– a una hermana natural del rey Alfonso [XIII], casada con el embajador de Chile en Madrid. No es broma. Ella misma me decía que en palacio “no había protocolo para ella” y que se tuteaba con la reina madre a pesar de la diferencia de edad». «Parece ser –agregaba el escritor– que el rey Alfonso XII, padre del que destronamos en 1931, era enamoradizo y que la reina María Cristina (con quien yo hablé una vez sin saber quién era) no tenía celos o que sus celos eran disimulados y discretos... En todo caso parece que hacia 1884, Alfonso XII, sin necesidad de consultar a Sagasta ni a Cánovas, se enamoró de la esposa del embajador uruguayo [era en realidad el primer secretario de la legación, pues el embajador era entonces Enrique Kubly], quien tuvo el diplomático deber de cederle su puesto en el lecho conyugal. La embajadora [esposa del primer secretario] quedó encinta y parió a una criatura de perfiles borbónicos a quien yo conocí cuando ella tenía cuarenta y dos años y estaba todavía de buen ver».

Casi cuatro décadas después de abandonar España con su madre y su padre putativo, rumbo a Montevideo, la hija secreta de Alfonso XII regresó a Madrid convertida en la flamante esposa del embajador de Chile en la corte del rey Alfonso XIII, como acredito en mi libro «Bastardos y Borbones». Mercedes Basáñez era realmente atractiva. Tenía la misma mirada almendrada y escrutadora de su padre. Alta, delgada, con el cabello oscuro y ondulado, y una voz dulce que encandilaba a propios y extraños, Mercedes Basáñez hacía honor a su regia procedencia; aunque ésta fuese, para casi todo el mundo, un insondable secreto.

Nacida en abril de 1885, en la residencia del primer secretario de la Embajada de Uruguay en Madrid, Adolfo Basáñez de la Fuente, Mercedes Basáñez seguía siendo considerada oficialmente, a sus cuarenta años, como hija del cornudo diplomático. Nadie, salvo los cómplices del sigilo, claro está, intuía si quiera que aquella niña nacionalizada uruguaya nada más nacer para no levantar sospechas sobre su españolidad, era fruto de los amores tempestuosos de la irresistible señora Basáñez con el mismísimo rey de España. Sender, como hemos visto, llegó a conocerla en persona cuando ya estaba felizmente casada con el embajador de Chile en Madrid, Emilio Rodríguez Mendoza. Nacido en Valparaíso, el 5 de mayo de 1873, Mendoza era por tanto doce años mayor que su esposa, la cual era a su vez hija de Alfonso XII y hermana de Alfonso XIII.

Tras estudiar en el Instituto Nacional y en el colegio de los Agustinos, Mendoza ingresó en la Administración pública como oficial del Ministerio de la Guerra y fue profesor de Historia del Arte en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile, donde conoció al gran amor de su vida, sin sospechar entonces la regia procedencia de su alumna de dieciocho años.

Mercedes Basáñez residía entonces en Santiago de Chile, donde su padre putativo desempeñaba una misión diplomática ante el Gobierno de Germán Riesco, líder de la Alianza Liberal y artífice de los Pactos de Mayo con Argentina, mediante los cuales pudo limitarse el armamento de ambos países, garantizándose a su vez la neutralidad de Chile en los asuntos atlánticos de Buenos Aires a cambio del mismo compromiso para las cuestiones argentinas en el Pacífico.

Embajador plenipotenciario

En 1905 Mendoza fue nombrado segundo secretario de la Embajada de Chile en Madrid. Veinte años después, retornó a la capital de España, casado ya con Mercedes Basáñez, para tomar posesión de su nuevo cargo de embajador plenipotenciario de Chile. Días después, Mercedes Basáñez palpó con sus finos dedos de artista el escudo en relieve con las armas borbónicas, enmarcado en una orla por el Toisón con un corderito colgado. Era una invitación de la Real Casa para asistir a su primer almuerzo de gala en el regio alcázar, que rezaba así: «El Mayordomo Mayor, por orden de S. M. el Rey, A.Q.D.G., invita al Excmo. Señor Ministro de Chile y señora de Rodríguez Mendoza a la comida en Palacio... Uniforme y condecoraciones».

Aquella tarde, Mercedes Basáñez vio a su regio hermano y saludó a la reina María Cristina, vestida de negro desde la muerte de Alfonso XII. Lucía la soberana una diadema suntuosa en su cabello gris, escotadura muy atenuada y un collar de perlas enormes que le caía sobre la seda oscura del traje.

La dulce “Chata”

La infanta Isabel, «la Chata», tía del rey Alfonso XIII, apreciaba también a esa otra sobrina suya delicada de salud que era Mercedes Basáñez, víctima, desde su juventud, de fuertes dolores reumáticos que la obligaban a permanecer días enteros retorciéndose en la cama. La infanta solía interesarse por su estado, recomendándola «masajes y más masajes». Doña Isabel recibía a los embajadores de Chile en el antiguo palacete de los Cerrajería, en el barrio de Argüelles, donde había establecido su residencia desde 1902. A Mercedes le encantaba franquear las puertas de hierro forjado de aquel palacio construido para el conde de Cerrajería. Alfonso XIII visitó también a su hermana, en el número 25 de la calle Alarcón, residencia de los embajadores de Chile. En las sobremesas, Alfonso XIII hacía gala de su buen humor y del cariño que profesaba a Mercedes, a quien consideraba su hermana de sangre en la intimidad.