
Entrevista
Jeff Krimmel: "Si obligas a la economía mundial a tener menos acceso al petróleo, solo lo podrán pagar los consumidores más ricos"
El experto en mercados energéticos explica a LA RAZÓN el impacto global que puede tener la decisión tomada por Washington que permite la compra del petróleo ruso

Donald Trump ha estado las dos últimas semanas restando dramatismo al encarecimiento del petróleo asegurando que el impacto sería temporal y no había nada de que preocuparse. Sin embargo, esta calma parece menos creíble después de que ayer el mandatario anunciara una exención de 30 días que permite la compra del petróleo ruso que se encuentra ya cargado en buques en alta mar. La medida busca aliviar la presión sobre el suministro mundial de crudo en un omento de máxima tensión energética, pero también supone un balón de oxígeno para el Kremlin ruso a la hora de financiar la guerra contra Ucrania. En este contexto, La Razón ha entrevistado a Jeff Krimmel, analista experto en mercados energéticos y doctor en ingeniería mecánica, pocas horas antes de que se conociera la decisión de Washington sobre las sanciones petroleras rusas.
Parece que desde la Casa Blanca coinciden con el experto que, si la situación se mantiene o empeora, retomar la normalidad no será fácil.
Hemos aprendido en otras situaciones, como cuando organizaciones terroristas han amenazado rutas marítimas, que el tráfico comercial vuelva a niveles normales tras una perturbación de este tipo puede tardar meses, incluso hasta un año. Por lo tanto, habrá dudas sobre el nivel de confianza que tendrán las compañías navieras para enviar sus barcos y, sobre todo, a sus tripulaciones a través del estrecho de Ormuz una vez que cesen las operaciones militares. Además, también llevará tiempo vaciar los depósitos de almacenamiento antes de que los productores recuperen la confianza suficiente para volver a aumentar su producción y regresar a los niveles anteriores.
¿Cuál es el peor escenario al que nos podemos enfrentar?
Si Estados Unidos se retira y el conflicto continúa, si ese conflicto se intensifica y empieza a implicar a más actores de la región, entonces surge otra gran pregunta: ¿Qué será necesario para detenerlo? Y no estoy seguro de que nadie tenga una respuesta. La economía global está diseñada para consumir alrededor de 100 millones de barriles de petróleo al día, y ahora mismo hay interrupciones en el suministro de entre 5 y 10 millones de barriles diarios, quizá incluso más. Si privas a la economía mundial de ese volumen de petróleo durante un periodo indefinido y simplemente la obligas a adaptarse a tener menos acceso al petróleo del que tenía antes, llegas a un punto en el que solo la podrán pagar los consumidores más ricos.
Y ahí es donde, de nuevo, los lugares más deprimidos económicamente se llevarán la peor parte.
Hace poco publiqué un análisis en LinkedIn en el que señalaba que, de los 8.300 millones de habitantes del planeta, el 84% vive en países que son importadores netos de petróleo. Existen poblaciones enormes, especialmente en África y en Asia, que son las más vulnerables porque dependen de importar petróleo. Cuando los precios del petróleo se disparan, los países productores, como Estados Unidos, Rusia o Venezuela, pueden seguir llevando su petróleo al mercado y, de hecho, acaban captando mayores ingresos, pero hay literalmente miles de millones de personas que dependen de la importación y esas son las poblaciones que quedan más expuestas a estas crisis y las que pagan el precio más alto.
Estados Unidos en este sentido está bien cubierto.
Sí, Estados Unidos produce más petróleo del que consume, y, además, tiene una gran capacidad de refinado, lo que significa que puede procesar gran parte del petróleo que necesita para convertirlo en gasolina, diésel o combustible para aviación dentro del propio país. Existen flujos de importación y exportación, pero en términos de volumen Estados Unidos cubre una parte muy importante de sus necesidades energéticas. Pero si de repente empezaran a liberar petróleo sin límites, como acaba de hacer la Agencia Internacional de la Energía, los precios subirían porque los compradores internacionales también pueden acceder a ese petróleo. Todos terminarían pagando un poco más, pero menos de lo que pagarían si ese petróleo no se hubiera liberado en absoluto.
¿Y esto puede afectar a la decisión de la FED sobre mantener o no los tipos de interés?
Ahí es donde aparece esta mágica e incómoda palabra: estanflación. Por un lado, hay inflación, provocada por el encarecimiento de la energía, y por otro, hay estancamiento, porque esos precios altos no se deben a una nueva ola de demanda, sino a una reducción de la oferta. Esto plantea un problema complejo. Cuando hay estancamiento, la respuesta habitual es bajar los tipos de interés para estimular la economía. Pero si los precios de la energía ya están subiendo con fuerza, bajar los tipos puede empujarlos todavía más al alza. Así que los responsables económicos se enfrentan a un dilema: ¿qué problema combaten primero? ¿La falta de demanda o la subida de los precios de la energía? No existe una solución mágica que permita resolver ambos al mismo tiempo. Por eso el debate es que cualquier motivación que hubiera antes para bajar los tipos de interés es ahora más débil. Si estimulas la economía y generas todavía más inflación, luego será mucho más difícil controlarla, por eso la situación es extremadamente delicada.
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