Universidad
Espías, ajedrez y un futuro Papa: así comenzaron los Cursos de Verano de El Escorial
José Antonio Escudero, fundador y director de las prestigiosas jornadas, recuerda en un libro su origen. «Fue una aventura apasionante», afirma
«Oye, José Antonio... ¿te has dado cuenta de que en la terraza hay ahora mismo cinco premios Nobel?». José Antonio Escudero (Barbastro, 1936) era más que consciente de aquella proeza logística. Jurista, político, historiador y catedrático de Historia del Derecho, recibió a finales de los años ochenta una misión: montar los primeros cursos de verano de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Su experiencia en los Cursos de Verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo lo hacía la persona idónea. Sin embargo, las previsiones se desbordaron: casas reales, altos mandatarios, servicios de espionaje, artistas y escritores de repercusión universal, leyendas del deporte... El mundo estaba pendiente de las jornadas estivales de El Escorial. «Fue una aventura apasionante que merece la pena haber vivido», afirma José Antonio Escudero a LA RAZÓN. Ahora, bajo el sello de Ediciones Complutense, el jurista ha publicado el libro «Fundación y primeros Cursos de Verano de El Escorial (1988-1991)». Un repaso al origen de aquella aventura académica de la que Escudero fue fundador y primer director.
Como recuerda, fue el rector de la UCM, Gustavo Villapalos, quien le hizo el encargo. Sobre la mesa, Escudero puso dos condiciones: tener una financiación estable y una autonomía «absoluta» a la hora de organizar los cursos. Lo primero se cumplió, gracias al apoyo del Banco Central. Y lo segundo, también. «No quería montar unos “cursitos” que se le ocurrieran a un vicerrector para aprovechar y dar su asignatura. Quería unos cursos de gran tirón. Traer a los mejores», recuerda.
Ahora bien, ¿por qué en El Escorial? A la manera de los cursos de Santander, se pensó primero en algún lugar de la costa, con playa, que evocara al verano. Sin embargo, la opción de El Escorial ganó peso. «No tenía playa, pero sí unas ventajas enormes», señala Escudero. La principal, las comunicaciones: «Bastaba un conductor que iba continuamente a Barajas o a Atocha para recoger a los ponentes. Además, se trata de un lugar con una gran personalidad histórica gracias a la presencia del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. La conexión entre Madrid y El Escorial podía asemejarse a la de París con Versalles». El Gran Hotel Felipe II sería el epicentro de las jornadas.
Así, el catedrático formó un pequeño equipo de media docena de personas, con Salvador Pons, fundador del segundo canal de TVE, como mano derecha. Contaban con expertos en ciencia, literatura, deportes... «El objetivo era buscar temas muy atractivos, que no fueran tratados habitualmente en la universidad convencional».
Así echó a andar la primera edición, en 1988, publicitada con un cartel diseñado por Rafael Alberti... y con un «accidente imprevisto». Alfonso Guerra, entonces vicepresidente del Gobierno, ofreció una conferencia, moderada por Gregorio Peces-Barba, con motivo del décimo aniversario de la Constitución. «En un turno de preguntas, un joven se levantó y, tras agradecerle a Guerra su conferencia, le echó en cara que había cometido muchas inexactitudes. Guerra se fue crispando y fue muy duro. Se armó tal follón que, al día siguiente, estábamos en todos los periódicos». El «pique» no fue agradable... pero a cambio dio mucha publicidad a los cursos.
La segunda edición, en 1989, fue inaugurada por Mario Vargas Llosa. Además, contó con un invitado de honor: nuestro Nobel de Medicina Severo Ochoa. Fue un año en el que, mientras Mstislav Rostropóvich ofrecía un concierto de violonchelo –en presencia de la Reina Sofía–, Alberti y Benedetti debatían sobre poesía latinoamericana. Ninguno podía saberlo, pero entre los ponentes se encontraba un futuro Papa: Joseph Ratzinger, 17 años antes de pasar a la posteridad como Benedicto XVI. En 1989 estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y, como relata Escudero, ya daba muestras de su profunda formación teológica. «Sus clases y ruedas de prensa se convirtieron en actos multitudinarios».
En su afán por mostrar en los cursos lo que ninguna otra universidad hacía, algunas de las temáticas eran sorprendentes. Fue así como, en 1991, Escudero y su equipo lograron sentar en una misma mesa a agentes de la CIA, el KGB y el Mossad dentro de un «Encuentro sobre espionaje». En una de las mesas participó Christine Keeler, exmodelo que hizo tambalear al Gobierno británico en la década de los sesenta: vivió un sonado «affaire a tres» con el ministro de Defensa, John Profumo, y un agregado militar soviético.
«Me tomé una cerveza con ella y me contó toda su versión del asunto», recuerda Escudero. Y es que las noches en la terraza del Hotel Felipe II daban pie a encuentros únicos. En otra ocasión, charlando con el torero Luis Miguel Dominguín, le habló de sus relaciones con otro mito, Manolete, «y hasta qué punto se consideraba responsable de su muerte, por azuzarle a arriesgar de más». De todas las personalidades con las que tuvo trato cercano, Escudero recuerda con mucho cariño a la estadounidense Aileen Riggin: la primera mujer en ganar el oro en salto de trampolín, en su caso, en los Juegos Olímpicos de Amberes. «Ganó el oro con 14 años y ya superaba los 80. Vino sola desde Hawái, donde residía».
En general, el deporte tuvo grandísimos representantes en las jornadas madrileñas. También de EE UU, los saltadores de longitud Bob Beamon y Dick Fosbury compartieron su experiencia en los Juegos Olímpicos de México 1968, donde revolucionaron el atletismo. Por otro lado, fue muy comentada la presencia de los dos grandes mitos del ajedrez: Karpov y Kasparov, ambos protagonistas no solo de la mayor rivalidad en la historia del ajedrez, sino posiblemente también del deporte. Karpov organizó un curso de ajedrez en 1990, mientras que Kasparov hizo lo propio en 1991. Con este último, Escudero compartió una cena... y con la madre del ajedrecista, que lo acompañaba a todas partes.
Además de la financiación y la autonomía, en los cursos hubo una tercera «pata»: la pluralidad. Era un mandato moral. Si se celebraba una mesa sobre tauromaquia, también había una sobre los derechos de los animales. Uno de los invitados que Escudero no pudo conseguir, y que le habría encantado, fue Monseñor Lefebvre, opuesto al Concilio Vaticano II y excomulgado de la Iglesia. No pudo ser, debido a su precario estado de salud. Pero aún recuerda la llamada del nuncio, pidiéndole que no le invitara. «Juntamos a comunistas, católicos, ateos, liberales... y nunca hubo ningún conflicto», concluye el fundador de aquellos históricos cursos.