Negocio
Frente a la arquitectura del «scroll», ROTO defiende el tiempo
ROTO ESTUDIO, fundado en la capital, apuesta por una arquitectura atemporal y rechaza la presión inmobiliaria y cultura de la imagen
Madrid crece, se densifica y se acelera. Entre la presión inmobiliaria, la transformación del centro y una arquitectura cada vez más condicionada por la imagen, surgen estudios que intentan detener el tiempo sin dejar de ser contemporáneos. Es el caso de ROTO ESTUDIO, fundado en la capital por los arquitectos José María Torralba, Alejandro Ciudad y Carlos Campos, tres socios que han construido su trayectoria en diálogo directo con la ciudad.
ROTO nace en un contexto de fuerte transformación urbana. Ellos mismos lo reconocen: «ROTO nace y crece en una ciudad como Madrid, donde la velocidad, la presión del mercado y la complejidad normativa forman parte del contexto diario». En ese escenario exigente, explican, el reto no ha sido avanzar más rápido que los demás, sino mantener una dirección clara. Por eso, frente a la sobreestimulación visual, las tendencias pasajeras y la obsesión por la rentabilidad inmediata, el estudio ha optado por consolidar una identidad coherente. «La productividad no sustituye al diseño, debe estar a su servicio», subrayan. Una declaración que adquiere especial sentido en una ciudad donde cada nuevo edificio parece competir por atención en redes sociales antes incluso de estar habitado.
Lejos de entender la competencia madrileña como una amenaza, la asumen como motor. «Asumimos el ritmo de Madrid no como una amenaza, sino como un catalizador». Esa presión obliga, dicen, a tomar decisiones contundentes desde el inicio, optimizar procesos y trabajar con sistemas claros. Pero hay una línea roja: el diseño no puede diluirse en la urgencia. En la capital, donde la arquitectura se consume «a golpe de scroll», ROTO lanza una reflexión: «La arquitectura no se valida en la fotografía, sino en el tiempo». No reniegan de la imagen (entienden su valor comunicativo), pero advierten del riesgo de reducir el proyecto a una piel atractiva. «Con frecuencia se invierte más en la piel que en la sección, más en el gesto que en la organización espacial». El resultado, alertan, son edificios eficaces en impacto visual pero frágiles en uso, pues consideran que sobre todo en las grandes ciudades existe siempre el debate entre la espectacularidad y la habitabilidad, y su posición es clara: prefieren «generar fricción con lo pasajero antes que diluirnos en ello». La ambición no es hacer arquitectura viral, sino arquitectura que envejezca con dignidad.
Rehabilitación
Gran parte de su trabajo se centra en la rehabilitación residencial en barrios consolidados como Chamberí o Retiro. Zonas con un enorme valor arquitectónico, pero con distribuciones obsoletas que ya no responden a la forma de vivir actual. «El reto no es ampliar, sino reorganizar con inteligencia», explican. En el Madrid contemporáneo, el habitante no busca necesariamente más metros, sino que los existentes trabajen mejor. Luz natural, ventilación cruzada, fluidez y coherencia espacial pesan más que la superficie acumulada. Para ROTO, la casa del siglo XXI es flexible. «El habitante actual busca flexibilidad real»: viviendas capaces de adaptarse al teletrabajo, a cambios familiares o a usos híbridos. No se trata de actualizar superficialmente, sino de reestructurar: eliminar pasillos innecesarios, agrupar núcleos húmedos, articular espacios en torno a zonas centrales donde cocina, estar y comedor funcionen como sistema continuo. Y en el caso de una ciudad donde el mercado residencial tensiona el centro y empuja hacia modelos estandarizados, reivindican el valor del contexto: «El objetivo es traer el siglo XXI a edificios clásicos sin borrar su carácter».
Oficina tras la pandemia
Si la vivienda ha cambiado, la oficina también. Tras la pandemia, el espacio de trabajo en Madrid ha tenido que redefinirse. En proyectos como LOOM Home, ROTO aborda la oficina como un lugar habitable, casi doméstico.»La oficina ya no se entiende como un lugar al que se acude por obligación, sino como un espacio que debe justificar el desplazamiento». El teletrabajo demostró que muchas tareas pueden hacerse desde casa; la arquitectura debe aportar ahora aquello que la vivienda no ofrece: comunidad, intercambio, identidad compartida. Y la respuesta no pasa por competir con el sofá, sino por integrar cualidades domésticas (calidez material, escala cercana, confort) dentro de un entorno profesional tecnológicamente preparado. «La relación entre trabajo y arquitectura es también emocional». En este sentido, manifiestan que entienden la arquitectura como herramienta de bienestar y no solo como contenedor de actividad.
En el discurso de ROTO hay dos conceptos que se repiten: luz y tiempo. «La luz no acompaña la arquitectura: la construye». En Madrid, donde la luz es seca, intensa y cambiante según la estación, su tratamiento exige precisión. No se trata de abrir huecos indiscriminadamente, sino de filtrar, graduar, dar espesor. Patios, celosías, envolventes que tamizan el sol y generan atmósferas contenidas forman parte de esa estrategia. «Diseñamos entendiendo el tiempo como herramienta». De hecho, defienden que la arquitectura no se agota en el momento de la entrega; empieza realmente cuando es habitada: «No es una respuesta puntual al presente, sino una intervención que condiciona la vida cotidiana durante décadas».
ROTO también introduce una crítica directa al modelo urbano dominante. «Si aceptamos cada encargo como un mero producto financiero, relegamos la calidad espacial, la durabilidad y la coherencia conceptual». En una capital donde la presión inversora es evidente y la vivienda compite con el uso temporal, la pregunta es inevitable: ¿queda margen para cuestionar el modelo? Ellos creen que sí. No desde la confrontación frontal, sino desde la negociación estratégica. La dimensión económica es una variable estructural más (como la normativa o el lugar), pero no puede convertirse en el único criterio. «La buena arquitectura no es la que gasta más, sino la que invierte con criterio». En el debate actual sobre la transformación del centro histórico, el auge del alquiler de corta estancia o la homogeneización comercial, su postura apuesta por la permanencia. Una ciudad con personalidad, sostienen, no surge de edificios intercambiables, sino de una arquitectura comprometida con el lugar.
En plena etapa de expansión, ROTO enfrenta otro reto: crecer sin perder identidad. «Crecer no puede significar desconectarse del núcleo del proyecto». La identidad no está en repetir formas, sino en repetir una lógica o compartir principios claros, cómo entender la experiencia espacial, qué significa calidad o qué permite que el estudio asuma proyectos de mayor tamaño sin fragmentar su discurso.
Mirando a la ciudad dentro de diez años, su deseo es ver una arquitectura más comprometida con el lugar y menos sometida a la urgencia. «No se trata de frenar el cambio, sino de preguntarse para quién y con qué horizonte se construye».