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Escándalo

La líder de las HAM: «Me siento como una leona defendiendo que esto es de Dios»

Marimí, el grupo eclesial intervenido por supuestos abusos, llamó a sus fieles a «protegerse» de las acusaciones

Una monja reza en una iglesia La Razón

Ni una sola mención explícita a Jesús de Nazaret o a Cristo en una hora de charla. Tan solo alguna referencia al «Señor». Eso sí, hasta en una treintena de ocasiones, menciona al «demonio» o al «enemigo». Es así como se vertebra la teología del miedo a la condenación eterna que baña las reflexiones de María Milagrosa Pérez, conocida como Marimí, la defenestrada superiora general de las Hijas del Amor Misericordioso (HAM), asociación pública de fieles intervenida por el cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, por presuntos abusos de poder, conciencia y sexuales.

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En una ponencia a modo de coloquio protagonizada por la lideresa del grupo en otoño de 2024, a la que ha tenido acceso LA RAZÓN, Marimí alerta a los suyos de que «el demonio es como las estalactitas», que actúa «con una gotita, una gotita, una gotita». «El demonio no tarda tanto. A veces con un simple susurro te convence», advierte a sus seguidores entre los que se encuentran más de un centenar de consagradas, cerca de trescientos laicos y una treintena de seminaristas y sacerdotes de la rama masculina: los Hermanos del Amor Misericordioso.

Es a través de esta «pastoral» del pecado y del infierno cómo alecciona a quienes le acompañan en Madrid, Toledo y Sevilla, regiones en las que está presente la asociación. «A mí también el demonio me ataca y a mí el demonio me convence a veces, me convence por mi propia debilidad. A mí el demonio me pone como razón mi debilidad», confiesa en voz alta.

Durante ese encuentro, Marimí se hace eco de las primeras acusaciones de supuesto abusos de conciencia y no duda en tumbar estas quejas. «Se dice que si estamos detrás de los jóvenes, que si obligamos a la gente a tener vocación, que si no sé cuántos que si no sé qué. Si nos preguntáis, ¿respondemos o no? ¿Qué hacemos?», expone. Así, en un momento determinado comparte el proceso vocacional de una de las personas presentes para negar cualquier presión: «¿Te hemos obligado a tener vocación? ¿Cuántos años hemos esperado que tú lo vieras? Ocho años, hermanos».

En paralelo, la superiora general, que ha sido apartada de manera temporal de la comunidad por orden del cardenal Cobo, parece admitir que «hay muchas cosas que se dicen de la comunidad, hay otras cosas que tenemos que corregir». Sin embargo, en paralelo, argumenta que «no significa que no tengamos que cambiar cosas...». «Pero no toquemos la gracia divina que Dios comunica a la Iglesia a través de la comunidad», justifica.

Consciente de los comentarios que empiezan a surgir sobre las prácticas de la comunidad, en un tiempo en el que algunas de las víctimas habían acudido a las ventanillas eclesiásticas de denuncia, Marimí relata: «Va a parecer un poco fuerte lo que voy a decir, pero espero que me entendáis. El Señor dice: “No echéis perlas a los cerros”». «Tenemos que protegernos», señala inmediatamente después, con una consigna: «Para mí es una pena decir esto, porque soy de confiar en todo el mundo, pero llega un límite en el que, si me van a hacer daño y, a lo mejor no es un daño que Dios quiera, a lo mejor me tengo que guardar un poco».

Es más, da un paso al frente a la hora de abanderar lo que considera un «diamante»: «Me siento como una leona defendiendo que esto es de Dios». Desde ahí, alienta a sus interlocutores a no dejarse amedrentar: «Defended lo que tenéis, que no es mío, que no os lo he dado yo, que no lo ha dado ninguna hermana, ningún hermano. Os lo ha dado Dios como camino de santidad».

Con estas coordenadas, Marimí expone en su intervención la importancia de la obediencia a los directores espirituales, un extremo que las víctimas de las HAM consideran el pilar del «control jerárquico mental y afectivo». «La obediencia no es a una persona, la obediencia es a Dios, pero evidentemente, a través de una persona, porque no somos seres espirituales y la vida religiosa y la consagración está determinada por esa dependencia», sostiene la superiora de origen sevillano. Para la responsable de las HAM, «la obediencia es obediencia, es que yo me pongo disponible a Dios a través de un instrumento que creo que está escuchando a Dios y me está transmitiendo lo que el Señor quiere, no se lo está inventando».

«El mensaje implícito es que, estés o no de acuerdo con quien es tu guía, tienes que desnudarte emocionalmente y someterte a pies juntillas porque tu directora sabe perfectamente cuál es el sueño de Dios para ti», apunta una víctima. Esta subordinación iría ligada a otro de los rasgos «carismáticos» de las HAM: la visión sobrenatural y divina. «Lo engloba todo y justifica la obediencia ciega a los superiores, porque implica negar el entendimiento y la voluntad», expone otra de las personas que ha logrado salir del grupo. Esta «visión sobrenatural» formaría parte de un cuarto voto, unido a la pobreza, castidad y obediencia. Según esta víctima implica que «Dios te pueda pedir cosas que, a ti te puedan parecer pecado, convirtiéndose en la puerta de entrada para cualquier tipo de abuso».

s bienes evangélicos por encima de los bienes materiales, por ejemplo, significa vivir la bienaventuranzas, significa vivir por encima de los valores del mundo, incluso los valores religiosos del mundo, significa que vas a vas a preferir llorar y te vas a sentir dichoso y bienaventurado cuando estás llorando. Significa que vas a que ves la pobreza como un bien por encima de la riqueza».

Cambiar de nombre y borrar la identidad

►En algunas congregaciones religiosas, todavía se mantiene la tradición de que las monjas y frailes cambien su nombre civil por un nuevo nombre como consagrados, como signo de la llamada de Dios a una vida nueva. Actualmente se reduce a la clausura o a grupos con reminiscencias preconciliares. Las HAM y los HAM entran en este cupo. Tal y como relata una víctima, se extendería incluso a los laicos. En el caso de los consagrados, es la propia Marimí la que ratifica o lo cambia: «Es un gesto más de control. El “hombre viejo” del que habla san Pablo es tu nombre, de modo que si piensas en no obedecer, se te dice: “Esa que habla es Aurora, no la nueva Teresa”».