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El Madrid donde se enamoró (y sufrió) Eugenia de Montijo
Ana F. Pardo reconstruye en «El hombre que no se quiso casar conmigo» el primer desengaño amoroso de la futura emperatriz en la capital del siglo XIX

El pasado jueves 9 de abril, en el Museo de Historia de Madrid, la escritora Ana Fernández Pardo presentó «El hombre que no se quiso casar conmigo», una novela que rescata un episodio poco conocido de una de las figuras más controvertidas de su momento, Eugenia de Montijo: su juventud sentimental en Madrid, mucho antes de convertirse en emperatriz junto a Napoleón III. La propuesta no es menor. Coincidiendo con el bicentenario de su nacimiento, el libro invita a recorrer un Madrid distinto: el de los carruajes, los bailes de salón y las miradas vigilantes. Pero también el de una adolescente que, como tantas otras, se enamoró, sufrió y se sintió atrapada en un mundo que no le permitía decidir. «Encontré una carta escrita por Eugenia cuando tenía diecisiete años en la que confesaba su intención de quitarse la vida por un amor no correspondido», explica a este periódico la autora. «Esa vulnerabilidad chocaba con la imagen idealizada que tenemos de ella. Ahí supe que quería contar esa historia» asegura la escritora.
Antes de ser emperatriz, Eugenia fue la condesita de Teba. Una joven que vivía en el centro de la ciudad, en torno a la actual Plaza del Ángel, donde se encontraba el palacio de Ariza, residencia de los Montijo. Desde allí se desplegaba su mundo: un circuito perfectamente definido de espacios donde la aristocracia se veía, se observaba y, sobre todo, decidía su futuro. Porque en el Madrid de mediados del siglo XIX, el amor no era solo una cuestión sentimental, era también una cuestión social. La novela reconstruye ese universo a través del primer gran desengaño de Eugenia: su amor por José Osorio y Silva, conocido como Pepe Alcañices. Mientras ella espera una declaración que nunca llega, él se fija en su hermana. La escena, que hoy podría parecer un drama adolescente, tenía entonces consecuencias mucho más profundas. «Las jóvenes aristocráticas no tenían margen de decisión. El objetivo era un buen matrimonio. En ese contexto, enamorarse de la persona equivocada podía ser devastador», explica Fernández Pardo.
Si hay un lugar clave para entender ese Madrid es el Paseo del Prado. Allí, cada tarde, la alta sociedad se reunía para ver y ser vista. Carruajes, vestidos, gestos… todo formaba parte de un lenguaje social perfectamente codificado. «Pasear por el Prado era esencial», señala la autora. «Era la forma de relacionarse fuera de los palacios. No estar allí significaba desaparecer del mapa social». Pero incluso ese espacio tenía reglas. Durante el luto, por ejemplo, estaba prohibido dejarse ver en el Prado. Las familias debían retirarse al Paseo de Recoletos, más discreto, hasta que el duelo terminara. La ciudad, en ese sentido, funcionaba como un tablero. Cada paseo, cada visita, cada baile, tenía un significado. Si el Prado era el escaparate, los salones eran el lugar donde todo se concretaba. Y pocos tan influyentes como el de los Montijo. «El palacio de Ariza llegó a conocerse como ‘el Prado con techo’. Cada domingo se celebraban bailes a los que acudía la élite madrileña». Allí coincidían aristócratas, políticos y artistas. Se organizaban tertulias, juegos y representaciones teatrales. Y, entre conversación y conversación, se tejían alianzas, se medían reputaciones y se decidían matrimonios. No muy lejos, otros espacios completaban ese mapa social: el Palacio de Liria, vinculado a la Casa de Alba; o las residencias familiares en los Carabancheles, donde la aristocracia se retiraba en busca de aire y distancia, como en la Quinta de Miranda, en el actual distrito de Carabanchel.

La novela plantea una idea clara: sin ese Madrid, esta historia no habría ocurrido. «Eugenia vivió aquí su adolescencia, hizo su grupo de amigos, fue presentada en sociedad y se enamoró por primera vez. Su entorno estaba completamente definido por la élite madrileña y su cercanía a la familia real». Ese entorno no solo condiciona toda su historia sentimental. También anticipa a la mujer que llegará a ser. Rebelde, carismática y decidida, Eugenia ya muestra en su juventud rasgos que la acompañarán en su vida pública. «Querer casarse por amor era casi un acto de rebeldía», apunta la autora.
El peso de las normas
Uno de los aspectos más llamativos del libro es la forma en que retrata las normas sociales de la época. Desde la obligación de casarse hasta el control familiar, pasando por los códigos del luto o la importancia de la reputación. En el centro de todo está la figura de la madre, María Manuela Kirkpatrick, condesa viuda de Montijo. Protectora, ambiciosa y consciente de las reglas del juego, representa una mentalidad muy extendida en la élite madrileña. «Buscaba lo mejor para sus hijas, que en ese contexto era un buen matrimonio. Pero eso implicaba tomar decisiones por ellas». El contraste entre las dos hermanas es revelador: Paca, que se casa joven y cumple con las expectativas, frente a Eugenia, que permanece soltera hasta los 27 años. Una edad, por lo demás, demasiado «mayor» para los cánones de la época.
El título del libro no deja lugar a dudas: «El hombre que no se quiso casar conmigo». Una frase que, según recoge la autora, la propia Eugenia utilizaba años después, ya como emperatriz, para referirse a su primer amor. «Creo que nunca lo olvidó. Pero aceptó su destino con madurez». Ese destino la llevaría a Francia, al trono del Imperio y a la historia. Pero el libro propone mirar antes: a la joven que caminaba por Madrid, que esperaba una carta, que sufría por amor. Incluso permite imaginar escenarios alternativos. «Tres años después de que Eugenia se convirtiera en emperatriz, Pepe fue nombrado alcalde de Madrid. Es una fantasía pensar que ella podría haber sido nuestra alcaldesa».
Una ciudad que es emoción
El mayor acierto de la novela es, quizá, convertir Madrid en algo más que un escenario. La ciudad aparece como un sistema que condiciona, limita y moldea las vidas de sus habitantes. Desde la Plaza de Santa Ana hasta el Cementerio de San Lorenzo y San José, donde la familia visitaba a sus muertos. Un lugar que no es baladí, pues en este camposanto era en el que buscaban descanso eterno los aristócratas de la época. Cada espacio tiene un significado emocional. El mapa que acompaña este reportaje no es solo geográfico. Es también un mapa de relaciones, normas y sentimientos. Porque, como sugiere el libro, antes de conquistar toda Europa, Eugenia de Montijo aprendió en Madrid una lección fundamental: que el amor, como el poder, nunca es completamente libre. Y que, a veces, las historias más decisivas empiezan mucho antes de lo que creemos.
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