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Verde

«Los turistas van a la Antártida sin conciencia de estar en un lugar prístino, solo quieren sacarse un selfie»

Federico Bianchini Escritor y periodista

«Se va a la Antártida como se podría ir a Río para sacarse un selfie» Ediciones del K.O.

Antártida. 25 días encerrado en el hielo, de Federico Bianchini, dejó de ser un reportaje sobre ciencia en la base Carlini cuando su autor quedó atrapado en el continente por mal tiempo. Aislado durante días, las largas conversaciones con los investigadores en uno de los territorios más inciertos del planeta se convirtieron en el germen de un relato que, más allá de la divulgación, entrelaza ciencia y crónica personal, sueños de infancia prestados y paisajes de soledad interior, sin olvidar la épica de quienes intentaron alcanzar el Polo Sur.

Según cómo relata su historia y la de los científicos que llegan a la Antártida parece un lugar que primero se sueña…
Hay algo de eso. A mí lo que me pasaba, como cuento en el libro, es que había algo de indescriptible. Un amigo de mi abuelo decía que no podía narrar esos paisajes. Había algo de no poder imaginarme la Antártida: ¿cómo es ese lugar que esta persona no puede describir? Si no me la puedo imaginar porque no tengo elementos para hacerlo, entonces voy a ir. Creo que en el inicio de todo estuvo eso: la intriga que me generaba que el lenguaje, algo para mí tan central, no alcanzara para poder recrear ese lugar. Me parecía totalmente inesperado y muy intrigante. También le pasa a muchos científicos. Yo volví con la constatación de que era así: la idea de escribir el paisaje es un fracaso. Uno puede intentar acercarse, dar pistas, generar en la cabeza del lector esa Antártida mítica que todos imaginamos, porque hay un imaginario previo de lo que es. Pero cuando uno llega ahí, descubre que todo lo que había imaginado estaba muy, muy por debajo de la experiencia real, de su intensidad.

Una vez soñado, ¿cualquiera puede ir a la Antártida?
Cuando yo le preguntaba al psicólogo cómo decidían quién podía ir a la Antártida y quién no, él me decía que se fijaba mucho en la infancia, en el inconsciente. Les preguntaba cosas como: “si se corta la luz o si de repente no hay internet, ¿qué haces?”. Hay gente que no puede estar sin internet, y él decía que ese tipo de personas no es capaz de viajar allí. Tiene que ser gente que, en principio, tenga poca ansiedad. Me decía que cuando alguien está seis o siete meses y el tiempo empieza a hacerse más largo, cambia la percepción de las cosas y hay personas se vuelven más paranoicas. Eso en lo emocional. Pero después está lo físico. El psicólogo decía que no tenía problema con que cualquier persona fuera a la Antártida, pero ponía ejemplos muy concretos. Si un celíaco lleva su comida especial y esa comida se cae del bote, y durante tres meses no tiene forma de comer sin gluten, ¿qué hacemos? O alguien con un problema de espalda que no puede cargar peso. Decía: “yo no tengo problema en que esa persona esté exceptuada del trabajo de fuerza, pero si durante el invierno son cuatro y llega un helicóptero con cemento y hay que bajar bolsas, ¿les puedes explicar a los otros tres que tienen que cargar el triple?”. A la hora de decidir quién va, me decía, tengo que definir con un criterio muy pragmático, porque estamos yendo a una base militar en un lugar muy áspero, que puede traer muchas complicaciones.

Habla mucho en el libro de la sensación de soledad estando rodeado de gente como uno de los aspectos más duros de la experiencia antártica. ¿Lo más gratificante qué fue?
El fuerte sentido de comunidad que se genera. Me puse a hablar con uno de los científicos; el tipo había viajado unas 18 veces a la Antártida y me decía que si después de ese viaje nos volvíamos a ver, nos trataríamos como amigos. En ese momento pensé que estaba diciendo una soberana estupidez, pero años después lo volví a ver y me abrazó sinceramente, y yo lo abracé sinceramente. La intensidad de la experiencia genera vínculos muy particulares, no solo entre personas de la misma lengua o del mismo país, sino también entre gente de otros lugares. La Antártida cuenta con un tratado para que sea un continente de ciencia y paz, y es uno de los pocos lugares donde no existen estos terribles conflictos geopolíticos. La gente entra y sale de otras bases; incluso los refugios no están cerrados, están abiertos. No importa de quién es el refugio o quién lo construyó, lo que importa es que, si alguien tiene un problema, pueda acudir ahí y protegerse.

Dada la situación geopolítica actual y la fuerte presencia argentina en la Antártida, ¿crees que se está despertando un interés territorial mayor?
El interés territorial estuvo siempre. Argentina reclama soberanía sobre una porción de tierra que coincide con la de Chile o Inglaterra, y eso existe pese al Tratado Antártico. Yo cuento el caso de la dictadura argentina enviando a una mujer embarazada de ocho meses para que su hijo naciera en la Antártida y fuera el primer “antártico”. En otro momento, Chile quería hacer una pista de aterrizaje y los militares argentinos se adelantaron y pusieron un refugio para impedirlo. Si ya estamos así, ¿qué va a pasar después de 2048, cuando haya que prorrogar el tratado? Es una incertidumbre. Ojalá se mantenga el clima que se vive hoy en las bases.

El libro ha recibido muchos premios en Argentina, se ha convertido en obra de teatro y ahora llega a España. ¿Se esperaba todo esto?
No, para nada. En principio porque mi intención inicial era conocer ese lugar. Pero el hecho de no poder volver, de que esos diez días se convirtieran primero en doce y después en veinticinco, sin saber cuándo regresaría, hizo que recopilara mucha información y realizara entrevistas. Cuando volví tenía 48 horas de grabación. Después me fui a cubrir el Mundial y esas grabaciones quedaron guardadas. Lo de la obra de teatro también fue totalmente inesperado, y al final terminé actuando. Más tarde me invitaron a un congreso de periodismo científico en Barcelona sobre nuevas formas de narrar la ciencia. Para esta edición que publica ahora Ediciones del KO hicimos varias cosas: actualizamos los datos sobre cambio climático, que habían cambiado mucho; incorporamos más historia de la Antártida y de la carrera hacia el Polo Sur. Se hizo una edición íntegra: se quitaron partes, se añadieron otras. Fue un trabajo muy profundo.

¿WUé dice la Antártida de 2014 y la de ahora?
Todas las investigaciones que se hacen allí buscan medir los efectos del cambio climático, aunque cada científico estudia una parte muy pequeña del conjunto. Por ejemplo, un investigador me explicaba que los pingüinos necesitan una determinada densidad de hielo para desovar. Con el deshielo, tienen que nadar mucho más para llegar a esos lugares, y en ese trayecto muchos se quedan sin fuerzas y mueren. En ese momento se intuía que el calentamiento global estaba detrás de esto, pero no se podía afirmar con rotundidad. Hoy sí se afirma. Hay una conciencia mucho más clara de la urgencia de las medidas que hay que tomar, de lo irreversible de la situación si no se actúa, y de que el problema es mucho más acuciante.

Sin embargo, la política va en otra dirección...
Sí, también pasa eso. Las redes sociales permitieron la idealización de discursos anticientíficos absurdos, terraplanistas, que en otro momento no habrían prosperado. Es como si ya no diera vergüenza la ignorancia. Hoy cualquiera puede decir cualquier estupidez, incluso desde lugares de poder, algo impensable hace cuarenta o cincuenta años, incluso en un presidente.

Habla de una científica que estudia el impacto humano en misiones en el continente. ¿Qué opina del aumento de los cruceros?
Hay algo importante: no es un turismo con conciencia. Mucha gente va a la Antártida en crucero como podría ir a Río de Janeiro o Punta del Este. No va con la idea de estar entrando en un lugar prístino que debe cuidarse, sino a sacarse una selfie, como en cualquier otro destino.

Solo una pregunta más: ¿te gustaría volver?
Sí. Fue curioso porque cuando estaba terminando el libro me invitaron a volver a la misma base, en la misma época del año. Me di cuenta de que, si iba, ya no sería por una razón periodística, sino casi turística, y yo necesitaba terminar de escribir. Por eso prioricé quedarme. Hay algo que dicen los antárticos: que quien va, generalmente vuelve. Por el impacto, por la maravilla que produce. Y sí, es un lugar al que me gustaría volver.