«De Bellum luce»
Ardor orgiástico en la izquierda con su nuevo icono feminista
Tampoco me gusta este nuevo feminismo de escaparate que está más preocupado de construir marca que de cambiar de verdad estructuras
El feminismo histórico, de Simone De Beauvoir a Carmen Martín Gaite, de Betty Friedman a Amelia Valcárcel, ha defendido siempre tres objetivos claros, la igualdad jurídica, la emancipación intelectual y la autonomía personal. Es ese feminismo que aspira a que la mujer deje de ser objeto para convertirse en sujeto. Tomando como referencia este marco, se me hace difícil entender el fenómeno de algunas figuras mediáticas convertidas en iconos feministas de la izquierda, y que funcionan exactamente al revés de este principio básico del feminismo tradicional porque su notoriedad no proviene del pensamiento, la trayectoria o el debate intelectual, sino del impacto estético, la provocación constante y la viralidad.
El resultado de este modelo es una curiosa inversión de los papeles porque el feminismo que quería liberar a la mujer de su reducción a espectáculo termina produciendo figuras cuya visibilidad depende solo del espectáculo.
Que se aplauda con ardor orgiástico, como icono de la izquierda feminista, a quien ha construido su personaje viral sobre la identidad performativa, un lenguaje visual y una marca ideológica profundamente sectaria, y odiadora, me resulta seriamente incomprensible. Que se convierta en icono a quien no tiene más mérito que la pancarta patrocinada, la consigna y una superioridad moral de cartón, tutelada, además, por los amos de las siglas a las que sirve, es nauseabundo. Y que, además, vaya señalando vicios en el bando contrario sobre los que es pionera en el suyo, es impresentable.
No me gusta la política que hoy tenemos. No me gusta la posibilidad de que pasemos del desgobierno del PSOE con la izquierda radical e independentista al desgobierno de un PP que dependa de las imposiciones de Vox. Y me preocupa qué nos vendrá cuando los ciudadanos comprueben que Vox también les fallará como solución a su cabreo, igual que les falló el falso milagro asambleario del “coletas”.
Como tampoco me gusta este nuevo feminismo de escaparate que está más preocupado de construir marca que de cambiar de verdad estructuras. Un feminismo que funciona desde una tentación inquisitorial contra el que no sigue las consignas a las que obedece, y que denuncia cosificación mientras capitaliza su propia imagen ante los focos.
La rebelión convertida en estética, y disfrazada de activismo como si este fuera una profesión recién añadida a las carreras de viejo cuño, puede funcionar un tiempo. Pero este altar del progresismo de salón merece tan mal final como el de los que desde el otro lado llevan meses inventándose entierros de ministros por supuestas corrupciones.