V de Viernes

Borrasca sobre borrasca

Cuando el “chorro polar” pierde intensidad, sus corrientes descienden a latitudes bajas llegando a la Península Ibérica las tormentas del Caribe

Llevamos ya un carrusel de ocho borrascas que azotan la península desde hace semanas con consecuencias drásticas en muchos puntos de la península. Dicen algunos expertos que todo es consecuencia del cambio climático, y lo explican mirando al denominado “chorro polar”, una corriente de fuertes vientos ubicada a nueve kilómetros de altitud en latitudes norte, cercanas al polo. Este chorro mantiene por lo general el aire frío en latitudes altas, al norte de Europa, pero cuando pierde intensidad baja a latitudes bajas, llegando como ahora a la Península Ibérica, permitiendo que entren las borrascas desde el Caribe. Parece como si esto un hubiera ocurrido nunca, pero no es así. Ahora a se achaca al cambio climático cualquier incidencia meteorológica, explicando por sí mismo tanto la Dana de Valencia como estas tormentas sucesivas, pasando por el accidente de Adamuz y el de las “rodalías” de Barcelona. Cómo sí nunca se hubieran producido incidencias meteorológicas durante el invierno. El barranco del Poyo, por ejemplo, ha sufrido un total de 67 riadas, siendo la primera con decenas de víctimas mortales en 1795. ¿Igual empezó entonces el cambio climático? Tal vez empezó en a mediados del siglo XVIII, cuando un denominado “diluvio sobrenatural”, entre 1434 y 1435, dejo a la ciudad de Madrid prácticamente destruida: las murallas se deshicieron, el Manzanares se llevó por delante los puentes, barrios enteros quedaron sumergidos y se derrumbaron cientos de casas. Los muertos se contaron por centenares. Cuentan las crónicas que empezó a llover el 29 de octubre de 1434 y no dio tregua. Llegaron las Navidades y del cielo continuaban cayendo chuzos. Pero es que ya el siglo XV fue pródigo en tempestades en el centro de España, con nevadas horribles, sequías bíblicas, heladas polares, lluvias incesantes, desplazamientos de población, hambrunas y epidemias. De manera que ni Filomena fue la primera nevada catastrófica sufrida por Madrid, ni tampoco este carrusel de tormentas es el primero que se produce en la historia. En 1954 cayó en Málaga capital una “gran nevada”, que dejó estampas históricas en la Catedral y hasta en la playa. Recordamos algunos como de pequeños teníamos que permanecer en casa durante semanas casi sin salir porque no paraba de llover. Y Martina Calvo, que murió con 104 años, contaba a su nieta como una riada horrible se llevó dos barriadas enteras de su pueblo después de que se viniera abajo una montaña.

La realidad de nuestro país es que está sometido a un clima cambiante extremo, con sequias brutales y riadas habituales. ¿Más ahora que antes? No hay manera de comparar. Al Gore predijo que en 2016 habrían desaparecido las nieves del Kilimanjaro, pero en 2018 registró las nevadas más intensas de su historia, y por supuesto aún sigue con nieve. Ninguna de sus predicciones se ha cumplido. Eso sí, le dieron el Premio Nobel y se hizo mil millonario con “Una Verdad Incómoda”.