
Sin Perdón
La descomposición del sanchismo en diferido
«Durante los próximos meses seguiremos viviendo conflictos entre el PSOE y Sumar mientras el centro-derecha gana elección tras elección hasta la victoria final en las próximas generales»
La crisis que se vivió en el Gobierno socialista-comunista este viernes es una nueva confirmación de la descomposición del sanchismo. Estamos asistiendo a un proceso irreversible en diferido, como se ha visto en las tres últimas elecciones, del sanchismo. El siguiente desastre será en las elecciones andaluzas. Todo indica que el PP logrará una nueva victoria, donde la única duda será comprobar si mantiene o no la mayoría absoluta, aunque con la impagable ayuda del inútil de Óscar Puente y el desprecio gubernamental por Andalucía, como se está viendo con la crisis de los ferrocarriles, parece bastante probable que se mantenga. No hay más que constatar el trato privilegiado que ha recibido Cataluña, una vez más, con la red de Cercanías, donde incluso se produjeron dimisiones, y que nadie haya asumido ninguna responsabilidad con la catástrofe de Adamuz y el consiguiente caos que vivimos desde entonces los usuarios de ferrocarriles. Es cierto que una de las características del sanchismo es que nadie asume ninguna responsabilidad. No importa lo que suceda. La resistencia no es más que una total carencia de principios, porque el único objetivo es la supervivencia a cualquier precio.
Esto explica el espectáculo que ofreció Sumar con su pulso a Sánchez. Necesitaba un gesto para que pareciera que pinta algo en el Gobierno de coalición, cuando todo el mundo sabe muy bien que son meros figurantes que cobran un buen sueldo, que no tendrían fuera de la política, y gozan de grandes privilegios. No hay más que ver las carteras irrelevantes que ostentan, ya que Sánchez ya se preocupó de que todos los ministerios importantes estuvieran en manos de políticos socialistas. Es la diferencia importante en las negociaciones entre el PP y Vox para formar los gobiernos de Extremadura, Aragón y Castilla y León. Lo que se pone sobre la mesa es un programa de legislatura, a diferencia de Sánchez, que no solo no lo tiene, sino que el Congreso de los Diputados y el Senado son de centro-derecha. Es cierto que compró la presidencia del Gobierno con una amnistía que era inconstitucional, pero tenía al fiel Cándido Conde-Pumpido para que cometiera una de las mayores tropelías de la Historia del Derecho Español. No recuerdo ningún precedente similar, porque la indignidad de un magistrado consiguió que se aprobara una sentencia inconsistente que le consagró como el peor presidente que ha tenido el Tribunal Constitucional.
Todo indica que, para disgusto de La Moncloa, se alcanzará un acuerdo de gobernabilidad entre PP y Vox. Han tardado, pero ha sido algo razonable en las circunstancias actuales. Es bueno recordar que las tres elecciones han sido un éxito espectacular para el centro-derecha, que ha superado el 55 % de los votos. En cambio, el fracaso para el sanchismo ha sido espectacular. España vive un cambio de ciclo que es coherente, además, con el cansancio ante las mentiras del líder, la ineficacia de su Administración y los escándalos sexuales y de corrupción que han afectado a su partido y su Gobierno. Ni siquiera la ficción de que la economía española va bien es consistente, porque es un falso espejismo. Es una consecuencia del esfuerzo de los empresarios y los trabajadores, así como de un endeudamiento disparatado que sirve para mantener las políticas de un equipo económico formado por políticos inexpertos e intervencionistas. El PP se encontrará, como sucedió en 1996 y 2011, con una situación desastrosa. La ineficacia socialista en este terreno es una constante. Es cierto, también, que cada vez es peor. Aznar y Rajoy tuvieron que asumir endeudamiento, déficit público, facturas impagadas y un fuerte paro. No importa que la izquierda política y mediática lo intente esconder.
Sánchez comentaba cuando llegó al Gobierno que, mientras la derecha estuviera dividida, estaría mucho tiempo en La Moncloa. Lo único que le preocupaba era una grave crisis económica, como la de 2008, o una catástrofe medioambiental. Esto llegó con la pandemia y las crisis que hemos vivido desde entonces, pero se le acabó la suerte. Al final, se ha encontrado con que el espacio de centro-derecha se ha unificado en dos formaciones, la peor de las noticias, y las banderas de la lucha contra la corrupción y el feminismo han quedado trituradas. Ábalos, Koldo, Aldama y Santos Cerdán superan, con creces, cualquiera de los escándalos que se han vivido desde la Transición. En el terreno del feminismo, no hay más que recordar los prostíbulos y saunas de la familia Gómez, así como la afición por las prostitutas de algunos dirigentes socialistas.
El miedo a Vox no funciona como elemento para movilizar a la izquierda y el no a la guerra ha sido un fracaso. El 55% que obtiene el centro-derecha, con el partido de Abascal alrededor del 18%, es la mejor respuesta ante el relato de la izquierda política y mediática. Por supuesto, este partido es mejor que los aliados de Sánchez. Es decir, los comunistas, los independentistas y los antiguos dirigentes del aparato político y militar de ETA. Es bueno que Feijóo, que le ha ganado todas las elecciones al sanchismo, tenga muy presente que para los votantes lo más importante es la ideología y derogar todas las leyes que conforman el siniestro cuerpo doctrinal del Frente Popular que lidera el presidente del Gobierno. España no quiere seguir la senda de la izquierda populista y sectaria iberoamericana que ha abrazado Sánchez con gran fervor. Durante los próximos meses seguiremos viviendo conflictos entre el PSOE y Sumar mientras el centro-derecha gana elección tras elección hasta la victoria final en las próximas generales. Podrán seguir con el miedo a Vox, el sueño de que formen gobiernos inestables y la estrategia de ir contra Trump y la fantasía de luchar contra la ultraderecha, pero es bueno que recuerden que los españoles no somos tontos.
Francisco Marhuenda. De la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España. Catedrático de Derecho Público e Historia de las Instituciones (UNIE)
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