A pesar del...

Hoyo y libertad

Aunque cabe detectar un fondo liberal, el mundo que muestra Galder Gaztelu-Urrutia parece ser justo lo contrario

Fue llamada la película de la pandemia. No vi entonces «El hoyo», pero la he vista ahora, por sabia recomendación de mi amigo y compañero, Fran Pomares, gerente de Comunicación de Atresmedia Radio.

Aunque cabe detectar un fondo liberal, el mundo que muestra Galder Gaztelu-Urrutia parece ser justo lo contrario. Es un mundo de infelices encerrados, por la fuerza o voluntariamente, en celdas de una prisión vertical, cuyos 333 niveles –demonio demediado, vamos– están unidos por una plataforma cargada de alimentos que son consumidos por los habitantes de cada piso. Obviamente, los de arriba comen muy bien, los de abajo regular, y los de más abajo mueren o matan.

Uno de los aspectos llamativos es que el escenario no es la típica estratificación social. No hay clases altas o bajas, porque cada 30 días los ocupantes de cada celda son trasladados a otra, de manera aleatoria. Y la historia se repite, sin ningún tipo de colaboración entre los diferentes niveles. Esto es crucial porque transmite la idea, que es explícitamente considerada en la película, de que el problema humano no es realmente la escasez sino la inmoralidad.

Como declaró el director a El Periódico: «El ser humano es, en mi opinión, una especie miserable. La película habla de luchar contra lo que somos de nacimiento: una bola de egoísmo que llora y llora y pide y pide».

Entre individualistas y estúpidos, los reclusos se niegan a respetar al prójimo y a ponerse de acuerdo para, en aras del bien común, repartir la comida de modo que todos puedan alimentarse adecuadamente. Hay para todos, es la moraleja, pero falta solidaridad, porque todos queremos acaparar y nadie desea compartir. Queda ilustrado por la cita del Quijote que habla de que el gasto y no la posesión de riquezas contribuye a la felicidad.

Es una buena muestra de la libertad como un espejo. La sociedad liberal es la opuesta: las personas cooperamos, solo los delincuentes son encarcelados, hay comida, pero no porque se comparta sino porque se produce, y se produce porque todos pueden ganar, buscando un interés propio que es compatible con la ética.

El misterioso final de «El hoyo» abre la puerta a la esperanza, bien por la fantasía comunitarista, bien por un escenario de mujeres y hombres libres y responsables. Y, sí, que también sepan compartir.

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