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Eleuteria
Milei hunde el riesgo país
Mantener el superávit y el rumbo reformista es el único seguro para que Argentina deje de vivir al borde del abismo, de forma ya irreversible
Antes de que Javier Milei ganara las presidenciales, el riesgo país de Argentina superó los 2.500 puntos básicos. Traducido: el Tesoro argentino tenía que pagar 25 puntos porcentuales más que EEUU por endeudarse en dólares. Si Washington emitía a diez años al 5%, Buenos Aires debía prometer un 30%. Un precio confiscatorio: señal de que los mercados no creían que el Estado argentino devolviera el dinero.
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Con ese peaje, el acceso al crédito quedó clausurado. Y cuando un Estado con déficit se queda sin refinanciación, entra en la cuenta atrás: renueva vencimientos para sobrevivir. Si la rueda se detiene, el impago se acerca. Por eso el peronismo le dejó a Milei dos bombas: hiperinflación en pesos y default en dólares.
La sorpresa es que no explotaron. No por magia. Por política macroeconómica acertada. En su primer mes, Milei alcanzó superávit y lo sostuvo. Al ingresar más de lo que gasta, el Estado mejora solvencia; y al mejorar solvencia, cae la prima de riesgo. De ahí que, por primera vez desde 2018, el riesgo país haya perforado los 500 puntos básicos: hoy, con un bono del Teso estadounidense a diez años pagando el 4,5%, Argentina abona cerca del 9,5% a plazo similar. Sigue siendo caro. Pero ya no es suicida.
¿Por qué la caída se ha acelerado? Por dos vectores. El primero, el superávit. El segundo, el político: la reducción –temporal– del «riesgo peronista», el temor a un retorno kirchnerista que revierta ajustes y reformas. Antes de las legislativas de octubre de 2025, ese fantasma encareció la deuda. Tras disiparse, la demanda de pasivos argentinos subió: pesos y bonos. Por eso, el riesgo país baja el tiempo que el Estado argentino es capaz de acumular mayores reservas en dólares sin que el peso se deprecie (al contrario, se está apreciando).
Que baje el riesgo país importa por tres vías. Abre margen para bajar impuestos al reducirse el monto de los gastos financieros; aumenta la probabilidad de refinanciación y activa un círculo virtuoso de credibilidad; y abarata la financiación privada: si el Estado deja de absorber ahorro a tipos prohibitivos, familias y empresas podrán financiar inversión, capitalizarse y elevar productividad.
Romper los 500 puntos básicos es una buena noticia. Mantener el superávit y el rumbo reformista es el único seguro para que Argentina deje de vivir al borde del abismo, de forma ya irreversible.
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