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Cuartel emocional

El rostro impenetrable

En un panorama político donde la gestualidad exagerada y la emotividad explícita suelen dominar, esa contención resulta llamativa

El rostro impenetrable de Marco Rubio -también el del otro robot que flanquea a Donald Trump, Pete Hegseth-, se ha convertido en una de las señas más reconocibles de sus figuras públicas. No son rostros que delaten fácilmente emociones ni intenciones; al contrario, parecen construidos para resistir la lectura rápida, para mantenerse en una zona de control permanente. En un panorama político donde la gestualidad exagerada y la emotividad explícita suelen dominar, esa contención resulta llamativa y, para muchos, calculada. Lo opuesto a la incontenible vehemencia del Presidente, que no es que gesticule mucho pero sí es expresivo y locuaz. También muy faltón. Rubio aparece con frecuencia con el ceño ligeramente fruncido, la mirada fija y la boca contenida en una línea neutra. No es la dureza de un gesto agresivo, sino la firmeza de alguien que ha aprendido a no mostrar más de lo necesario. Ese rostro transmite disciplina y vigilancia, como si cada aparición pública fuera un ejercicio de autocontrol. En él no hay lugar para la improvisación emocional; todo parece medido, ensayado, filtrado por una conciencia constante del poder de la imagen.

Esta impenetrabilidad, que en el caso de Hegseth choca un poco ya que ha sido presentador de televisión antes que Secretario de Guerra de Estados Unidos por su trayectoria como militar en Bagdad, puede interpretarse de múltiples maneras. Para sus seguidores, su expresión refleja seriedad, responsabilidad y temple frente a la presión. Es el semblante de quien carga con decisiones complejas y no se permite el lujo de la ligereza. Para sus críticos, en cambio, ese mismo rostro puede parecer frío, distante o incluso opaco, una máscara que dificulta conocer las verdaderas convicciones que se esconden detrás del discurso. Personalmente me quedo con la primera opinión, ya que la locuacidad y la mímica pueden llegar a significar debilidad e inseguridad.

El rostro de Rubio también habla de su trayectoria. Hijo de inmigrantes, formado en la dureza de la competencia política estadounidense, ha aprendido que cada gesto puede ser analizado, amplificado y utilizado en su contra. La impenetrabilidad se vuelve entonces una estrategia de supervivencia: mostrar poco para protegerse mucho. En ese sentido, su expresión no es solo personal, sino el reflejo de una política donde la vulnerabilidad rara vez es recompensada. Así, estos rostros impenetrables de los personajes del momento funcionan como un símbolo. Revelan que resisten, que se mantienen firmes, son rostros que no buscan empatía inmediata, sino autoridad y control. Y en esa resistencia silenciosa, se concentra buena parte de la narrativa que los rodea: la de unos políticos que han hecho del autocontrol su principal lenguaje, lo cual suma puntos a sus respectivas personas.

Es muy de resaltar que, baza mayor quita menor, y que el desmadre de las concesiones presupuestarias a Cataluña por parte de Sánchez, recibiendo en Moncloa para ello a un inhabilitado por el Supremo y sin ninguna representación institucional, a quien se le dota de coche con chófer para ver al jefe del gobierno y garantizarle el apoyo de un partido separatista a cambio de prebendas para su región, no recibe como noticia tanto peso como las novedades que llegan desde los Estados Unidos.

CODA. Ha muerto Junot, el playboy por antonomasia. Es el fin de una era.