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Desayuno informativo

Luis Argüello, en LA RAZÓN: "El tiempo moderno ha reducido a la persona a un individuo autónomo con pretensión de poder"

Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Episcopal Española, apunta durante el desayuno informativo de LA RAZÓN a la necesidad de combatir el relativismo moral que impera en nuestra sociedad

Las tres vías de la pretensión cristiana han sido abordadas esta mañana por Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Episcopal Española, durante el desayuno informativo de LA RAZÓN, celebrado en la sede del diario.

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El arzobispo de Valladolid comenzó su intervención asegurando que “vivimos unas horas en las que aparece con fuerza el misterio del mal y de la muerte. La guerra, los conflictos, las dudas, la manera de afrontarlos y la tragedia que supone para tantas personas vivir en medio de la violencia nos interpelan profundamente”.

Ante esto, y en tiempo de Cuaresma, dijo, “queremos anunciar la esperanza que brota de proclamar que el Cristo al que Valladolid procesionará por las calles es Señor de la vida. Sacar el Cristo y hacer la señal de la cruz supone fundar una esperanza: ni el mal ni la muerte tienen la última palabra”.

De ahí surge una pretensión, la pretensión cristiana, según Argüello, que se articula en torno a tres ejes y que, en un ejercicio de diálogo racional como este, plantea algunas cuestiones que quiso poner sobre la mesa.

Para él, la primera vía es la de la comprensión de la persona. Desde la luz de la “Palabra” afirmó Argüello tenemos una comprensión de la persona unida a experiencias humanas elementales: “tenemos padre y madre, somos hermanos, vivimos en relaciones. La convivencia es un dato inevitable, lleno de gozo y también de conflictos”.

“Decimos que el ser humano, la persona, es libertad y gracia; es razón y fe; es relación. Sin embargo, en el mundo en que vivimos, esta comprensión no es pacífica: está en discusión. El tiempo moderno ha reducido a la persona a un individuo autónomo con pretensión de poder. De ahí surgen posibilidades, pero también conflictos y desafíos”, aseveró.

Por “si fuera poco”, continuó el presidente de la Conferencia Episcopal, al final de la modernidad se han añadido nuevos cuestionamientos sobre lo que es la persona: la inteligencia artificial, los algoritmos, la posibilidad de sustituir parte de nuestra capacidad de razonar y decidir por las máquinas. “Todo ello supone un desafío nuevo. Vivimos un tiempo para reivindicar la dignidad de todo ser humano, de la vida, de las relaciones, de la razón, de la libertad y del afecto; la interacción entre razón, libertad y capacidad de decidir como asunto central en la plaza pública”.

Durante el coloquio apuntó que nuestra propia comprensión de lo humano” nos hace caer en la cuenta de que nuestro corazón está herido y dividido: eso que llamamos la condición humana. Por eso, en el anuncio del Evangelio, el perdón es imprescindible y queremos ofrecerlo a la sociedad”.

Remató esta primera pretensión cristiana diciendo que vivimos un tiempo con gran sensibilidad hacia “el mal que produce víctimas, pero con menor sensibilidad hacia el perdón”. Hay gran capacidad para señalar culpas, pero impotencia para perdonar. Y sin perdón no podemos vivir, apuntaló el arzobispo de Valladolid.

Y es que, según él, en las relaciones públicas y en la política, el perdón también tiene una dimensión política:” no como un buenismo ingenuo, sino como una actitud que supone una mirada sobre el otro en la que reconozco en mí la herida y la división. Eso me ayuda a comprender mejor incluso lo que me parecen errores radicales de los demás”.

La segunda dimensión de la propuesta cristiana que abordó Argüello es la dicotomía entre iglesia y sociedad, la cual, dijo, nace del bautismo. En el bautismo se pide la fe, se entra en la Iglesia como Cuerpo de Cristo y se recibe la promesa de la vida eterna.

“La Iglesia está situada en el mundo, en la sociedad, y vive un aprendizaje costoso. Durante siglos hubo una identificación entre sociedad e Iglesia, entre trono y altar. Hoy reconocemos una distancia, que no es indiferencia. Solo sabiendo que existe esta brecha es posible un diálogo con pretensión evangelizadora. Ni el mal ni la muerte tienen la última palabra”.

Este debate entre Iglesia y sociedad marca muchos de los diálogos con los medios de comunicación y con las iniciativas culturales. Y por eso dijo Argüello que “estamos en una época de transformación. ¿Cómo articular esta propuesta en una sociedad de la que formamos parte como ciudadanos? Nos gustaría ofrecer, en una época en la que se habla cada vez más de crisis de la democracia, una contribución específica. En los últimos años parece que el poder ha decidido mostrarse sin velos: los mecanismos democráticos, el Estado de derecho y la división de poderes no siempre logran resolver los problemas complejos del mundo global”.

Destacó, además que vivimos nuevas formas de capitalismo que buscan dominar recursos escasos y espacios estratégicos, como en otras épocas se pretendió dominar los mares. “Todo esto configura un escenario nuevo. Ante ello, nuestra contribución podría ser fortalecer la conciencia del valor de la democracia, ayudar a hacer pueblo, cultivar lo que el papa Francisco llamaba amistad social, ofrecer ámbitos de encuentro para que exista un verdadero demos”.

Afirmó además que el individualismo fragmenta la sociedad en grupos de interés con sabor tribal. Recomponer el demos, pare él, es fundamental y devolver al poder referencias éticas que la democracia no puede darse a sí misma. El relativismo moral, que parecía imprescindible en nuestras democracias, muestra sus límites.

Pueblo, amistad civil y referencia ética: “La Iglesia, en este aprendizaje de situarse en la vida social, no debe tener complejo ni vergüenza en ofrecer la referencia ética que nace del Evangelio, de la Escritura, de la dignidad sagrada de la persona, del mandamiento nuevo y del bien común que parte del elogio de la comunión”.

Antes de concluir su intervención abordó la tercera dimensión de la propuesta cristiana que consiste en la relación entre historia y vida eterna.

“Creemos en la vida eterna. Estamos aquí peregrinando hacia la plenitud que llamamos cielo, aunque no sepamos cómo es el cielo. Pero hay un latido en el corazón humano que ansía plenitud. Con esos anhelos debemos entrar en diálogo”.

Mientras caminamos hacia esa plenitud -desarrolló- vivimos en la historia y queremos asumir un compromiso con aquellas realidades que, según la Escritura, están más vinculadas al Reino de Dios.

“Queremos ser fieles a todo aquello que en la historia contribuya a la dignidad, al bien común, al desarrollo pleno y a la vida humana. En lenguaje cuaresmal: a la santidad como perfección de la caridad”.

La pretensión cristiana, aseveró Argüello, hace dos aportaciones importantes para todo tiempo, y especialmente para el nuestro.” La primera: no creemos que sea posible hacer el paraíso en la tierra. Sospechamos de las ideologías que prometen instaurarlo plenamente aquí. El camino hacia el cielo es un camino de germinaciones, de parábolas, de pequeños signos que abren brechas en los muros que se levantan en la sociedad y en el corazón humano. La plenitud del Reino no es de este mundo, aunque germine en él”.

Tuvo también unas palabras especiales para los empobrecidos, una realidad que quiebra el plan de Dios y donde nace la justicia y la paz; donde aparece una traducción concreta del Reino.

“La pobreza en sus múltiples niveles es un grito que nos dice que algo no va bien. No va bien si hay personas sin comida o sin techo. No va bien cuando la violencia parece ser la única solución a los problemas. No va bien cuando el consumo de drogas entre los jóvenes se convierte en una preocupación creciente y el narcotráfico deja de ser una realidad lejana”, dijo.

Para Argüello, “somos peregrinos. En nuestra peregrinación construimos relaciones con mirada atenta y misericordiosa, crecemos en amistad civil y social y seguimos sembrando en la historia signos de que la humanidad puede desarrollarse verdaderamente. Así es posible una dignidad cuidada y cultivada en el horizonte del bien común”, sentenció.