Estreno

Steve Carell protagoniza en “Rooster” una comedia tan amable como inofensiva

La nueva serie de Bill Lawrence en HBO Max ofrece un entretenimiento ligero, cálido y accesible que se ve con facilidad, aunque rara vez se atreve a ir más allá

Siempre es un gusto ver al bueno de Steve Carell en pantalla, da igual lo buena o mala que sea la serie
Siempre es un gusto ver al bueno de Steve Carell en pantalla, da igual lo buena o mala que sea la serieHBO Max

Llegas a casa después de una jornada laboral que vampiriza, como poco, un tercio de tu vida, y en el poco tiempo que te queda intentas hacer algo de deporte, alimentarte dignamente, tener la casa mínimamente ordenada y mantener una vida social como buenamente puedas. En esas circunstancias es normal que, cuando por fin te sientas en el sofá dispuesto a ver una serie, el cuerpo te pida algo que no sobrecargue aún más tu exhausto cerebro. En este drama, otro de tantos que el mundo ultracapitalista nos ha traído, hay quien ha encontrado un nicho. Me refiero a los guionistas, productores y directores de esas series —normalmente comedias ligeras, amables y cargadas de buenas intenciones— con las que sonreímos (porque su humor blanco y accesible quizás no nos haga estallar en carcajadas) sin tener que pensar demasiado y que además nos enseñan la mejor cara de las personas.

A Bill Lawrence, co-creador de “Rooster”, que acaba de llegar a HBO Max, se le podría considerar un experto en este tipo de ficción. Sólo en esta última década, el que fuera creador de ‘Scrubs’ (2001) y guionista de uno de los “comfort shows” por antonomasia, ‘Friends’, nos ha dado dos ejemplos tan celebrados como ‘Ted Lasso’ (2020) y ‘Terapia sin filtro’ (2023), ambas para Apple TV, y en las que Lawrence comparte la creación con sus actores protagonistas: Jason Sudeikis y Jason Segel, respectivamente. En ‘Rooster’ también se reparte el crédito con Matt Tarses, pero la serie destila por los cuatro costados las señas de identidad que también definen sus producciones para la compañía de la manzana.

Para la ocasión, ha recurrido a uno de los rostros fundamentales de la comedia americana de este siglo: Steve Carell. El actor, cuya incursión en el mundo del cine vino bajo el sello de Judd Apatow en películas como “El reportero: La leyenda de Ron Burgundy” (2004) o “Virgen a los 40” (2005), se convirtió en casi un icono mundial al ponerse en la piel de Michael Scott, el jefe de Dunder Mifflin, la empresa protagonista de la mítica “The Office” (2005-2013). Carell, que personifica como nadie el tono de comedia amable que maneja Lawrence, interpreta a Greg Russo, el autor de una popular saga de novelas que da nombre a la serie. En un intento de ayudar a su hija Katie (Charly Clive), una profesora universitaria que acaba de descubrir que su marido (Phil Dunster) la engaña, Greg acaba aceptando un puesto como docente asociado ante la insistencia del excéntrico rector Walter Dann (John C. McGinley).

Greg, que tampoco pasa por su mejor momento —hace años que se divorció de la madre de Katie y no tiene mucho contacto social—, se verá, de la noche a la mañana, compartiendo campus con su hija, con su antiguo yerno y con un montón de alumnos que le hacen chocar con la brecha generacional, cuestionando incluso la representación racial o de las mujeres en sus novelas, protagonizadas por una especie de proyección aspiracional suya: Rooster, un héroe varonil que parece una ocurrencia de Arturo Pérez-Reverte.

Como en otros productos de Lawrence, y por mucho que se sugiera una ligera crítica al sistema universitario americano, todo en “Rooster” transita por el camino de lo cálido y lo accesible. Su humor, defendido con profesionalidad por un reparto curtido en mil batallas, es “el de toda la vida”: el de los enredos, las torpezas, el ridículo involuntario y los personajes que, por mucho que la caguen, siempre son mirados desde la bondad. Esto hace que su visionado sea cómodo y deje una sonrisa en la cara, pero que no vaya mucho más allá de ahí.

La serie se permite pocas veces desatarse, apostar por el absurdo manifiesto y “morder” algo más, y precisamente son estos momentos, potenciados por Carell y compañía, los que sacan de un encefalograma algo plano, tan comedido en los chistes que acaba resultando un poco anacrónico (por ser elegante y no decir directamente “rancio”). La parte emocional, otro buque insignia de su creador, no funciona tan bien como en “Ted Lasso” o “Terapia sin filtro”, ya que, bien por ser una primera temporada o bien por una dispersión excesiva del guion, ni sus conflictos ni sus personajes terminan de estar del todo definidos.

Aun así, si estás leyendo esto en el sofá con la cabeza ya en modo avión, si ya vas por la décima revisión de “Friends” o la cuarta de “Cómo conocí a vuestra madre”, los ocho capítulos de media hora de “Rooster” pueden cumplir su función, ofrecerte algo disfrutable y llenar ese hueco para que, con suerte, la próxima que venga a llenarlo sea mejor.

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