Viajes
Bruselas, elegante e irreverente
La capital belga se desprende de su etiqueta institucional para mostrarse como una urbe de inesperados y magnéticos contrastes
Subestimada a menudo por quienes solo ven en ella un laberinto de oficinas y sedes políticas, lo cierto es que Bruselas guarda su mejor versión bajo un disfraz de sobriedad, como si la ciudad prefiriera no impresionar a primera vista, reservando su carácter para quien decide quedarse un poco más. Aunque persista el tópico de que se trata de un destino gris y una escala técnica en el corazón de Europa sin el magnetismo de otras capitales. Basta con alejarse unos pasos de los edificios institucionales para descubrir una metrópoli efervescente que ha hecho del surrealismo su seña de identidad y del contraste su mayor encanto.
Aquí, en la capital belga, la monumentalidad convive con el humor, la tradición con una imaginación desbordante. Y es que las fachadas góticas dialogan con murales de cómic que trepan por las paredes de barrios enteros, mientras cafeterías centenarias comparten calle con galerías contemporáneas y tiendas de diseño. Con esta mezcla inesperada de elegancia, irreverencia y vida cotidiana, consigue, sin pretenderlo, conquistar a ese viajero que busca la autenticidad.
Entre historia, arte y cómic
Más allá de su papel institucional, Bruselas despliega un patrimonio que mezcla historia, arte y cultura urbana con una naturalidad sorprendente. Pero Bruselas no se revela de golpe, se descubre poco a poco. Desde plazas medievales hasta museos de referencia y rutas dedicadas al cómic, la capital belga ofrece motivos más que suficientes para detenerse y descubrirla con calma.
Ineludible resulta el paso por la Grand Place, considerada una de las plazas más bellas de toda Europa. Corazón histórico de Bruselas y punto de partida natural para explorar la ciudad, está rodeada por las antiguas casas gremiales y presidida por el imponente Ayuntamiento gótico. No es casualidad que esté declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
A pocos minutos de distancia, el ascenso hacia el Mont des Arts regala una de las vistas más icónicas del casco antiguo. Este complejo urbanístico, diseñado para ser el pulmón cultural de la ciudad, sirve de antesala a los Museos Reales de Bellas Artes, donde conviven obras maestras de Rubens o Brueghel con la colección del Museo Magritte, un espacio dedicado por entero al universo onírico y surrealista del genio belga.
Capital indiscutible del noveno arte, Bruselas convierte el cómic en parte de su propio paisaje urbano. La llamada Ruta del Cómic recorre fachadas y medianeras del centro histórico con decenas de murales dedicados a personajes tan emblemáticos como Tintín, creado por Hergé, o Los Pitufos, nacidos de la imaginación de Peyo. A este universo se suma el Centro Belga del Cómic, instalado en un elegante edificio modernista diseñado por Victor Horta, que permite recorrer la historia de un género profundamente ligado a la identidad cultural belga.
Donde se vuelve refinada
Bajo una impresionante estructura de doscientos metros de vidrieras, las Galerías Reales Saint-Hubert ocupan un lugar privilegiado desde 1847. Conocidas en su momento como el «Paraguas de Bruselas», estas galerías —divididas en la de la Reina, del Rey y de los Príncipes— fueron el punto de encuentro de intelectuales y artistas como Víctor Hugo. Hoy, caminar bajo su cúpula de cristal permite disfrutar de un ambiente que conserva ese aire señorial en sus librerías históricas, teatros y en los escaparates de algunas de las chocolaterías más antiguas de la ciudad, como Neuhaus, donde nació el primer praliné del mundo, o la refinada bombonería Mary, proveedora oficial de la corona belga.
Cerca de este refinamiento arquitectónico se alza la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, el principal templo católico de Bélgica. Es el contrapunto solemne a esa Bruselas más gamberra que representan el Manneken Pis y su réplica femenina, la Jeanneke Pis, dos fuentes que resumen su innegable espíritu irreverente.
Dominando el paisaje hacia el sur, el Palacio de Justicia se impone como una mole de piedra casi inabarcable que recuerda la ambición urbanística del siglo XIX, mientras que el Parque del Cincuentenario ofrece un respiro verde coronado por un gran arco de triunfo. Construido para celebrar el aniversario de la independencia belga, este espacio alberga museos de referencia. Sus caminos invitan al descanso y sirven de transición perfecta hacia el Atomium, un símbolo futurista de la Expo 58. Y junto a él, el parque de Mini-Europe permite recorrer en miniatura algunos de los monumentos más emblemáticos del continente.
Un mosaico de identidades
Si el centro impresiona por su escala monumental, es en la vida de sus barrios donde la metrópoli revela su cara más auténtica y alejada de los prejuicios de la Bruselas más administrativa. La capital se fragmenta en pequeñas ciudades con alma propia, cada una con un código visual y un ritmo propio.
En Sablon, la elegancia se expresa con naturalidad. Anticuarios, galerías y chocolaterías históricas se suceden alrededor de la plaza, dibujando uno de sus enclaves más refinados. La silueta gótica de la Église Notre-Dame du Sablon domina el conjunto y aporta una atmósfera casi teatral, especialmente durante los fines de semana, cuando el mercado de antigüedades convierte el barrio en un pequeño salón al aire libre donde conviven coleccionistas, curiosos y amantes del diseño.
Hacia Ixelles, la atmósfera se vuelve más cosmopolita. El corazón del barrio late en torno a Place Eugène Flagey, una animada plaza rodeada de terrazas y presidida por el edificio cultural de Flagey. Muy cerca, los elegantes Étangs d'Ixelles ofrecen uno de los paseos más agradables de la urbe, entre mansiones modernistas y zonas verdes, mientras que la cercana Abbaye de la Cambre aporta un inesperado remanso histórico rodeado de jardines. Una mezcla de arquitectura, vida cultural y gastronomía que convierte a Ixelles en uno de los distritos más atractivos para explorar la Bruselas contemporánea.
El espíritu más bohemio se concentra en Saint-Gilles, uno de los barrios más creativos y eclécticos de Bruselas. Sus calles combinan elegantes edificios art nouveau con galerías, cafés alternativos y pequeñas boutiques que atraen a artistas y diseñadores. Entre sus joyas destaca la Maison Horta, antigua residencia del célebre arquitecto y hoy convertida en museo, que permite descubrir de cerca uno de los máximos exponentes del modernismo belga.
Al norte, el distrito de Laeken ofrece una cara más monumental y ligada a la historia de la monarquía belga, albergando el imponente Castillo Real de Laeken, residencia oficial de los reyes. Está rodeado por amplios jardines que tres semanas al año, durante la primavera, abren al público.
Finalmente, Sainte-Catherine concentra una de las escenas gastronómicas más animadas de la ciudad. Antiguo barrio portuario, hoy combina su aire histórico con terrazas, mercados y restaurantes especializados en marisco. Es aquí también donde aguarda una de las curiosidades más simpáticas de la capital: el Zinneke Pis. Esta escultura de un perro callejero levantando la pata en una esquina termina de completar la irreverente trilogía de estatuas «meonas» de Bruselas.
No hay duda: Bruselas es mucho más que edificios administrativos y una capital política. Es uno de los secretos mejor guardados de Europa. Anímese a hacer las maletas para poner rumbo a la cuna de Tintín y deje que la ciudad le muestre todo lo que ofrece al viajero.