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Destinos

Cerdeña: el secreto de la longevidad

La isla presume de una de las poblaciones más centenarias del mundo, una gastronomía sabrosa y un legado emocional engarzado en su geografía indómita

Plazoleta de Calgliari, Cerdeña Cedida

Existe un adagio que se ha transmitido de generación en generación, con esa cadencia mediterránea (y contagiosa) que deshoja los calendarios en Cerdeña, la joya turquesa que enamora bajo el estrecho de Bonifacio. «Fai cummenti fainti in Bosa, chi candu proiri, lassant’a proi» (cuando llueve haz como en Bosa, deja que llueva) les gusta repetir a los sardos, entonando cada palabra con el peso de las certezas evidentes. Con la naturalidad de un legado familiar que enseña a no preocuparse inútilmente ante lo irremediable. Como una poesía rítmica, glosada a golpe de esas gotas de lluvia que, de vez en cuando, irrumpen en esta ínsula cálida, luminosa, acogedora y, por momentos, tan extraordinariamente genuina.

La pequeña Bosa guarda antiguas tenerías del siglo XIX. También una «trattoría» de nombre Sa Nassa, donde es fácil rendirse ante el sabor de un «antipasti» llamado Agliata alla bosana o una delicia sarda titulada «Lorighittas al ragù di polpo». Y, entre sus callejuelas empedradas, conserva un regusto medieval que conviene descubrir sin prisa. La belleza inesperada de la encantadora Bosa también dormita en el barrio de Sa Costa, un laberinto en el que se multiplican los rótulos antiguos que nos hablan de pasta fresca y las ventanas vestidas de encaje, una bonita secuencia de libros acristalados para entretener a los vecinos más observadores. Tampoco faltan las fachadas de color oliva, y las de tonos pastel, durante el recorrido hacia el duomo o rumbo a la Iglesia de San Pedro Extramuros, ejemplo de un románico temprano.

Pero el pequeño pueblo sardo, además de por la mirada, también engatusa por el aroma dorado de su pequeña DOC Malvasía de Bosa, una de las denominaciones más apreciadas de Italia desde 1972. En la bodega Columbu, en la céntrica Via Carmine, donde las casas tienen dos entradas (una de ellas directa a la bodega), conocen bien cómo expresa su dulzor en las grandes celebraciones, en los velatorios o durante las catas comentadas que tienen lugar en Su Camasinu. En esta cantina que data de 1550, el relato de Vanna Mazzon se acompaña con unas galletas amaretti, la presencia de fósiles encontrados en los viñedos y un afiche que inmortaliza la historia de su suegro. Aunque en la actualidad exportan dos tercios de las cerca de 10.000 mil botellas que producen anualmente, el fundador Giovanni Battista Columbu sigue dando la vuelta al mundo gracias, también, a otro arte. El séptimo. Su sonrisa protagoniza el cartel de un clásico del cine como «Mondovino», donde se recuerda que, para elaborar este producto milenario, se necesita un poeta.

Detalle en las calles de Bosa, CerdeñaCedida

Si se busca inspiración, nada como subir al Castello Malaspina para disfrutar de su fortaleza y de las policromías de la iglesia de Nuestra Señora de Sos Regnos Altos. Tras este paseo que se remonta al siglo XIII, la realidad se ameniza con el rumor del río Temu. Su meandro habitado se transforma, a última hora de la tarde, en un espejo de aguas tranquilas donde se mecen las barcas de recreo y los atardeceres de ensueño. Los versos sueltos se hilan, como si de un delicado filèt se tratara (famosos encajes de la zona), con la armonía desordenada de sus casas de colores, de sus tejados de terracota y del sosiego del mar, que se esconde entre playas de arena clara y vecinas calas de aguas cristalinas.

La Fede Sarda es una declaración de amor que resume siglos de orfebrería. Este anillo identitario de la isla, cuya filigrana de hilos y granos también embellece pendientes, collares, botones para cerrar los bustos de los trajes regionales y otras joyas, es una pasión heredada que, en el caso de Vincenzo Vadilonga, se remonta a finales de la Segunda Guerra Mundial. Fue entonces cuando su «nonno», el maestro a quien le debe el nombre y la vocación, introdujo en la ciudad de Bosa esta artesanía cuyo origen antiguo data del tercer milenio a.C. Han sido muchos los aprendices, convertidos en referentes, los que aprendieron que se necesita oro de 18 quilates para moldear esta virguería preciosa que requiere del calor de un soplete sobre la piedra pómez, polvo de oro para fundir cada miniatura en la pieza, tiempo, diseño y mucha paciencia.

Fe Sarda, CerdeñaCedida

El «mindfulness» de la filigrana

La joven Stefania Arzu recuerda este aprendizaje junto a su madre, Rosanna Sechi, mientras acaricia con su mirada, y el fuego intermitente, una sortija a medio hacer. La sabiduría rural en Cerdeña reza la sentencia «Chentu ‘ortas a medire e una sola a segare», que no significa otra cosa que reconocer el valor de la experiencia y la importancia de meditar antes de actuar. Este refranero popular, enmarcado en el «mindfulness» de la filigrana, significaría que cualquier fallo durante el proceso supondría volver a fundir todo para ¡volver a empezar!

Cuenta la leyenda que fueron las Janas quienes tejieron, en sus telares mágicos, los hilos dorados bajo la luz de la luna. Si hubiera que elegir un escenario para recrear esta atmósfera onírica, nuestros pasos nos llevarían al Pozo de Santa Cristina, a escasos cuatro kilómetros de Paulilatino: un viaje en el tiempo con destino a la civilización nurágica, de la que la isla conserva más de 8.000 megalitos. En este yacimiento arqueológico, entre el musgo jugoso que coquetea con olivos salvajes, asoma una pequeña nuraga de seis metros de altura.

Nurage cercano al Pozo de Santa Cristina-Lali, CerdeñaCedida

Otra opción sería dejarse llevar por las delicias gastronómicas que propone Sa butega de tzia Domantiglia en un bosque misterioso, a la sombra del Monte Arci, llamado S’arangiu Aresti. Una iniciativa del joven Daniel Meloni que, con una determinación proporcional a la inmensa gratitud por el legado de sus abuelos y otros mayores, ha creado en Campidano di Oristano una casa museo experiencial invadido de recuerdos, recetas ancestrales, respeto generacional y una transmisión del conocimiento con generosas dosis de creatividad.

Gastronomía de CerdeñaCedida

Si cae la noche, porque aquí el tiempo se va volando entre viandas sardas, encinas y alcornoques, las mantas tejidas en el Laboratorio Su Trobasciu, la cooperativa que dirige Vilda Scano (se exportan a todos los continentes) serían una buena compañía para arroparse mientras se saborea un pan joya o Il Gattó sardo, un dulce de almendras, azúcar caramelizado y limón que hornean en honor a la memoria de la señora Domantiglia. O para escuchar las historias de la isla, bajo las estrellas. Entre ellas, la receta de una longevidad que, según los expertos, tiene como ingredientes principales los lazos emocionales, la genética, la actividad física (en parajes de película, dicho sea de paso), el sentido de pertenencia y la buena gastronomía, donde no falta ni el pescado, ni las verduras.

¿Y si las Janas quisieran conversar con las musas que juguetean en el mar y descansan en residencias nobles que para sí quisieran los más sibaritas? En Cagliari, la capital, se ubica el Palacio Boyl, una maravilla neoclásica levantada en las antiguas murallas pisanas medievales. La obra del arquitecto Carlo Pilo Boyl, miembro de una familia noble que llegó a Cerdeña en el siglo XIV, durante la conquista aragonesa, conserva pasadizos secretos, piezas de anticuario de valor incalculable, un gimnasio bajo una majestuosa lámpara de araña y mucha categoría en cualquiera de sus seis suites. Las cuatro alegorías de su fachada no disimulan su felicidad, porque todos los días observan los amaneceres prometedores de la isla y escuchan la banda sonora que suena a sus pies, como una versión del clásico de Nico Fidenco «Con te sulla spiaggia» que alegra un soleado día de octubre, perfecto para pasear en bicicleta entre los flamencos rosas del Parque Natural de Molentargius. O para darse un chapuzón en el mar. Definitivamente, en Cerdeña es fácil sentir el regalo del tiempo a tan solo dos horas de vuelo. Y si aún no la conoces, como dicen los sardos, «metzus tardu chi non mai».