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Sin conexión

La vida en el fin del mundo: así es como se construyó el hogar más aislado del Pacífico

En una época dominada por la tecnología y la conexión constante, existe un lugar en el océano Pacífico donde una familia ha vivido durante décadas prácticamente aislada del mundo

Lejos del mundanal ruido la vida es posible en una pequeña isla del Pacífico La Razón

Cuando la familia Humbert se mudó en 1970 a una isla remota del pacífico no esperaban el desenlace que les aguardaría. En realidad la isla es Ahe un atolón, el terreno tiene forma de anillo y dentro hay un lago de agua marina. Cuando la familia desembarcó, enseguida congeniaron con los isleños y les ofrecieron un islote arenoso donde establecerse y construir una casa con hojas de palma.

Una vida lejos de nuestro mundo moderno

Vista aérea del atolón, Ahe en el Pacífico, en el que la familia Humbert viveNASA / Wikimedia

Patrick, el cabeza de familia, pescaba con los lugareños y convirtió el centro de su velero casero en un congelador para transportar pescado fresco desde Ahe a Tahití. Realizar esta ruta dejaba más margen de beneficio a toda la isla, que antes vendía el pescado a los barcos de suministro. Años más tarde el barco chocó con un arrecife y la familia Humbert se mudó y separó poco después.

Pero no quedó ahí, los lazos con Ahe seguían vivos. En los años 90 Patrik y Loie, su hijo mayor, regresaron al atolón y fundaron Kamoka Pearl, una empresa de cultivo y distribución de perlas. Este negocio les ha permitido mantenerse en un entorno extremadamente remoto, combinando tradición, conocimiento del océano y adaptación a condiciones difíciles. Una vida muy diferente a la que empezaron a llevar cuando llegaron a Asia y sobre todo de la vida que llevaban en California. Cambiaron los coches y los autobuses por barcos, las casas de ladrillo por casas de hojas de palma. Una vida en una ciudad de occidente por un atolón en medio del Pacífico.

Josh, el hijo pequeño de la familia, se unió al proyecto después de su fundación cuando su hermano regresó a EEUU. Junto a su padre llevaron el negocio y lo extendieron. Mejoraron sus técnicas para trabajar con las ostras y desde entonces se embarcó en un viaje de investigación y experimentación que, según palabras de Josh, duraría toda la vida. Actualmente comparte su vida en la red social de Facebook donde cuelga fotos de su día a día en el atolón y de cuando vuelve a Estados Unidos.

Sin duda, un estilo de vida que llama la atención, han vivido en un espacio muy diferente al que crecieron durante 50 años. Y es que, su historia refleja una forma de vida cada vez más rara en el mundo actual: desconectada, autosuficiente y profundamente unida a la naturaleza. En un momento en el que la mayoría de la población vive conectada de forma constante, lugares como este recuerdan que aún existen espacios donde el tiempo avanza de otra manera.